
Para ello se enfrentó a su propio partido, carcomido por la corrupción, el gasto público y las buenas migas con los intereses especiales. El cambio, que en Obama es una bella promesa, lo es de verdad en la experiencia, corta pero significativa, de Sarah Palin.
Pero aún hay más razones que convierten a esta mujer en la mejor de las opciones entre las que podía escoger McCain. Es pro-vida y decidió dar a luz a su quinto hijo a pesar de saber que tenía síndrome de Down. No me achaquen ese "a pesar" a mí; lo usan a diario muchos pequeños Mengueles que se escudan en "los derechos de la mujer" para segar una vida que no quieren cuidar. Además, Sarah Palin es favorable a la libertad de armas, tiene un historial demostrado, como alcaldesa y como gobernadora, de reducción de impuestos, y favorece tanto el control del gasto como la privatización de los servicios públicos, incluida la sanidad.
Es decir, que es una candidata asumible por dos grupos de votantes potenciales que veían con desconfianza a John McCain: la derecha socialmente conservadora y la económicamente liberal. Además, Palin es la primera mujer con opciones reales de convertirse en vicepresidente, y podría ganarse una parte del voto femenino que ha quedado desencantado con la derrota de Hillary ante Obama. "El cambio no viene de Washington; va hacia Washington", dijo ante una enfervorizada masa de militantes Barack Obama nada más ser elegido oficialmente por su partido como candidato a suceder a George W. Bush. Puede que tenga razón, aunque quizá ese cambio no venga del lado demócrata.
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