01/05/2008 - Antonio L. Golmar
Ni laicistas ni teocons
El 7 de junio de 1797 el Senado de los Estados Unidos aprobaba por unanimidad un tratado de paz y amistad entre su país y el Bey de Trípoli y la Berbería, un conjunto de estados semi-independientes del Imperio Otomano situados entre las costas de Marruecos y Libia. Entre otras cosas, el documento comprometía a las partes a proteger la vida y la propiedad de los nacionales de cualquiera de los dos países cuando se encontrasen en el territorio del otro. También garantizaba del suministro de provisiones a los barcos "a precios de mercado".
En su artículo once, el convenio afirmaba que "puesto que el Gobierno de los Estados Unidos no está en ningún sentido fundado sobre la religión cristiana; puesto que no posee en sí ningún carácter de enemistad contra las leyes, la religión o la tranquilidad de los musulmanes; y ya que los mencionados Estados [Unidos] nunca han tomado parte en ninguna guerra o acto de hostilidad contra nación mahometana alguna, las partes declaran que ningún pretexto surgido de la religión producirá nunca una interrupción de la armonía existente entre los dos países". Entre 1801 y 1815 los incumplimientos de los norteafricanos ocasionaron dos guerras no declaradas entre los Estados Unidos y la Berbería, saldadas ambas con la victoria de la nación americana. En la primera, el Congreso fue simplemente informado por el presidente. En la segunda, el Legislativo autorizó el envío de 10 buques a las costas de Argel.
El origen de los Estados Unidos enfrenta no sólo a liberales y socialistas (los segundos interpretan el "todos los hombres son creados iguales" como una exhortación a la nivelación social), sino también a los partidarios de la separación entre religión y Estado y a quienes invocan una Ley Natural cognoscible, innata y de origen revelado como fuente de legitimidad del Estado-nación occidental.
Una cosa es que los redactores de la declaración no olvidasen a Dios, a quien sólo se refieren por ese nombre una vez, llamándolo "Dios de la naturaleza" después de mencionar "las Leyes de la Naturaleza", y otra que el documento prefigurara un Estado teocrático o animado por una religión en particular. Así, entre las verdades auto-evidentes figura que todos los hombres "han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad", no de la virtud. En cuando al origen del Estado, la declaración afirma que "se instituyen entre [por] los hombres y que deriva sus poderes del consentimiento de los gobernados" y que "es el derecho del pueblo alterar o abolir" ese Gobierno cuando "deviene destructivo para estos fines", (vida, libertad y búsqueda de la felicidad). Por consiguiente, el Estado es una sociedad civil y no una comunidad de creyentes.
En ningún momento los autores de la Declaración de Independencia citan a la divinidad para sostener sus argumentos a favor de la separación de Gran Bretaña. Simplemente apelan "al Juez Supremo del mundo para la rectitud de nuestras intenciones", aunque inmediatamente después declaran su independencia "en nombre y por la autoridad de la buena gente de estas colonias" y comprometen a esta causa sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor "con una firme confianza en la protección de la Providencia Divina".
Ni la emancipación de los EEUU fue proclamada en nombre de Dios ni sus firmantes se ufanaron, como los gobernantes europeos en los siglos anteriores, de tener a Dios de su parte o de estar creando un Reino de los Cielos en la Tierra. Es importante reiterar que el documento no habla de virtudes, sino de derechos, y entre ellos figura el de la búsqueda de la felicidad, no el de encontrarla y menos aún el deber de obtenerla o de impartirla. Una felicidad que no se define, como sí ocurre con la tiranía, descrita por medio de la enumeración de distintos actos llevados a cabo por el monarca británico y que a juicio de los americanos violan sus derechos. La expresión de la esperanza en la actuación conforme a las Leyes de la Naturaleza y a Dios, que no se sabe si rige o es regido por esas leyes, no equivale a hablar en su nombre, tal y como hacen los partidos políticos y los movimientos sociales religiosos, sean musulmanes, cristianos o judíos, que existen en diversos lugares del mundo.
Quince años después de la Declaración de Independencia, la primera enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, en la que Dios sólo aparece en su datación ("el día 17 de septiembre del año de Nuestro Señor de mil setecientos ochenta y siete") declara que "El Congreso no legislará respecto al establecimiento de una religión o la prohibición del libre ejercicio de la misma". Por lo tanto, la alusión al carácter laico de la república contenida en el Tratado de Trípoli es perfectamente coherente con los textos fundacionales de la nación americana, una sociedad política y opuesta a cualquier tipo de teocracia, tal y como la definió John Locke. Una nación laica, pues está creada por y para los hombres y su felicidad terrenal (la sustitución de "propiedad" por "búsqueda de la felicidad" en los borradores de la declaración tal vez proporcione alguna pista al respecto), aunque no laicista, pues esta libertad de práctica religiosa no se delimita ni se circunscribe al ámbito privado.
En los últimos tiempos, los partidarios del estado confesional, bien en los EEUU (los llamados theoconservatives) o en España ("teocons", siguiendo la moda de traducir literalmente del inglés), apelan a menudo al supuesto carácter teológico de la nación americana para defender un fundamentalismo religioso que mucho se parece al laicismo militante de algunos políticos de izquierdas. Ambas posturas, basadas en la falsificación de la historia y en una interpretación falaz de algunos textos políticos, por no mencionar los religiosos, comparten aquel vicio que señalara Montaigne en su defensa del catalán Raymond de Sabunde, el cual había negado que la razón pudiera por ella sola entender o demostrar las verdades de la religión cristiana:
La jactancia es nuestra enfermedad natural y original. El hombre es la criatura más frágil y vulnerable, y al mismo tiempo la más arrogante. Se ve y se siente alojado aquí, entre el lodo y el estiércol del mundo, clavado y remachado a la peor, más letal y estancada parte del universo, en el piso de abajo de una casa en el rincón más alejado de la cúpula celestial (...) y en su imaginación siembra hasta llegar al círculo de la luna y trayendo el cielo bajo sus pies.
Ni nihilismo ni soberbia, con diferencia el más grave entre los pecados capitales, sino sano escepticismo y humilde búsqueda de la verdad, una tarea no apta para iluminados. Que Dios nos libre de ellos.
Opinión de los lectores
Estoy de acuerdo prácticamente con todo este artículo, excepto con su título. Está claro que teocons, no, pero ¿por qué no "laicista"? Al fín y al cabo la expresión del laicismo es eso: una república laica, y a quienes la persiguen y defienden con toda justicia se les debería llamar "laicistas".
Me parece ridículo considerar laica a una sociedad donde cada intercambio comercial se realiza bajo el auspicio del "in god we trust". Si el cine useño deja patente algo es que el mesianismo religioso trapasa todos y cada uno de las actividades que los norteamericanos consideran más propiamente como definitorias de su identidad, desde las celebraciones deportivas, hasta la vida comunitaria, las etapas del proceso educativo, la política exterior, los programas de desarrollo tecnológico, etc., etc. La esencia de la laicidad, como la de cualquier creación ética, se manifiesta en función de la magnitud de la adversidad contra la que se enfrenta el pueblo que la invoca; y por ello resulta más dificil sacar del ámbito público a la cosmovisión religiosa en las sociedades donde imperan las iglesias reformadas.
En todo esto de la laicidad es una farfulla bastante sorprendente.
Un estado puede declararse laico, es decir, no tener ninguna religión oficial, y al mismo tiempo estar gobernado por un partido de marcado carácter religioso, entre otras cosas porque si la forma de gobernarse es la democrática y ese partido gobierna, sin necesitar cambiar el calificativo de laico, puede proponer e imponer leyes desde su prisma religioso, como lo pueden hacer los socialistas desde su prisma totalitario o los liberales desde su prisma liberal.
La esencia de la democracia es esa, gobierna quien más votos saca. Puede haber constituciones mas restrictivas o no a la hora de legalizar partidos políticos, de limitar el acceso al poder de determinadas personas, o, incluso, de prohibir determinadas leyes que atenten contra la libertad religiosa o que permitan la imposición de una determinada religión, pero si existe una mayoría suficiente incluso para cualquiera de esas constituciones puede provocar un cambio en la Norma y ese cambio se hará. De ahí que es muy importante lograr una participación intensa en la vida política de cuantas mas corrientes de opinión mejor y lograr constituciones de mínimos en las cuales se preserve de forma eficiente la libertad y los derechos individuales.
Si no, con los mismos mecanismos con los que un gobierno minoritario está intentando cambiar el régimen en España podría hacerlo un partido ultra católico aquí o como lo está intentando hacer un partido islamista en Turquía.
La acción política es fundamental para cambiar la sociedad. Dejar el camino libre a aquellos que buscan limitar la libertad y los derechos individuales es suicida.
"Laicismo", interesante término de camuflaje y bandera falsa. Teniendo en cuenta que "laico" significa originalmente "el cristiano que no es clérigo", la denominación "Estado laico" sugeriría uno en el que los clérigos en tanto que clérigos no tienen participación en el poder. Y no un Estado en el que se extirpa de la vida pública todo signo, mención, alusión y recuerdo de la fe, como se muestra en el uso de Mikimoss, que si no me equivoco es el habitual.
Y digo yo, ¿por qué no se llaman "antirreligionistas" en lugar de "laicistas"? Sería más sincero. Aunque sonase más feo.
Querido Marzo, como en otras ocasiones tu comentario hace que el que yo tenía pensado hacer sea redundante. Yo tampoco creo que laico y laicista sean lo mismo. Laicistas y teocon manipulan el significado de ambos términos. Los primeros afirmando que laicos y teocons somos lo mismo y los segundos sosteniendo que laicos y laicistas perseguimos lo mismo.
Es que está mal dicho eso de "estado laico". La laicidad es un modo de comportamiento, un cómo, no un qué. Sólo cuando ese comportamiento se convierte en norma colectiva podemos llegar a hablar de sociedades laicas o que se dan a si mismas reglamentos laicos. Nos comportamos de manera laica cuando aplicamos el principio ético de la verdad, según el cual cuando entran en confrontación una verdad religiosa y otra profana en el ámbto público, la primera se supedita a la segunda. Una sociedad que reconoce esto es una sociedad que necesariamente tiene que delimitar muy bien el ámbito intersubjetivo y el privado, para que en aquel circulen sin problemas las diversas creencias religiosas, sentimentales, estéticas o de otro tipo que profesan los individuos en su fuero interno.
La diferencia, Mikimoss, entre lo que dices y entre lo que yo estaría dispuesto a aceptar, es que la laicidad, que impregnaría un estado laico, es una forma individual de comportamiento y no un objetivo político impuesto desde el poder.
Un estado puede ser laico, pero su población profundamente religiosa. No tiene porqué ocurrir otra cosa distinta. Eso sí, es fácil pensar que es difícil que ese estado siga siendo laico y pase a ser confesional. Pero no se sigue. Y si así fuera y fuera mediante mecanismos democráticos nada que decir porque, en esencia, sería el mismo mecanismo que usen los laicistas para imponer su laicidad.
Pero sí es posible la existencia de un estado laico, donde la laicidad sea un comportamiento independiente de la religiosidad individual que cada individuo pueda tener. Este estado laico se fundamenta en el respeto a las opiniones y religiones ajenas.
Si se impone, como he dicho, el laicismo es una corriente política que pretende cambiar la esencia del Estado imponiéndola a la sociedad. No es buena porque haya más o menos gente que la apoye. La pregunta es si la esencia de la laicidad que tu defiendes se puede hacer sin imposición.
Mikimoss, no te sigo en al menos dos puntos: el de los ámbitos y el de las verdades.
1) "Ámbitos" mencionas tres: el "público", el "intersubjetivo" y el "privado". Afirmas además que es necesario "delimitar muy bien el ámbito intersubjetivo y el privado", pero no entiendo si entre sí (lo cual indicaría que el ámbito privado no es intersubjetivo, o sea, que sólo reconoces como privado lo que hace cada uno en solitario y en secreto) o del público (y el que no menciones aquí lo público me sugeriría que consideras que en principio todo es público y que lo privado y/o lo intersubjetivo son excepciones), o ambas.
Es más, si el "ámbito intersubjetivo" es distinto y disjunto del "público", tampoco capto qué entiendes por "ámbito público".
2) Verdades mencionas de dos tipos, las "religiosas" y las "profanas", que pueden entrar en confrontación en el ámbito público. Agradecería algún ejemplo de ese conflicto, con solución deseable para ti e indeseable.
3) (Eran "al menos" dos puntos): ¿qué es eso de un "principio ético de la verdad"? Pensaría yo que un principio referente a las verdades habría de ser epistemológico, no ético. Es más, ese principio "ético" que formulas suena más bien "político".