01/12/2008 - Berta García Faet
¿Imperialismo capitalista?
Cuando los liberales queremos criticar la teoría leninista del imperialismo como la fase superior del capitalismo, nos encontramos con la trampa de la polisemia. ¿Qué significa "imperialismo"? ¿Es una actitud o es una acción? ¿Es propio de un afán político o más bien económico? ¿Es producto del totalitarismo, del nacionalismo o del capitalismo?
La tradición imperialista es milenaria y abarca, por poner los clásicos ejemplos, desde los imperios chino, mesopotámico o romano –y sus diversas "reconstrucciones"– hasta los modernos imperios europeos occidentales, esencialmente colonialistas –en competencia con los "orientales" mongol, japonés, otomano...–, sin olvidar la "Doctrina Monroe" y, sobre todo, los totalitarismos nacidos en el primer tercio del siglo XX (paradójicamente, muchos de ellos, fueron las autodenominadas "potencias antiimperialistas": la China maoísta, la URSS estalinista y postestalinista, la Ghana de Nkrumah o el Egipto de Nasser). Hasta este punto, a pesar de las muy heterogéneas realidades que el término abarca, las diferentes corrientes de pensamiento aceptan la validez del concepto "imperialismo", en base al denominador común de las ansias de dominio per se; lo que nos da una idea de que, en gran medida, subyacía en todos estos casos todo un complejo nacionalista y/o ideológico consciente.
El debate no está, por lo tanto, en determinar los imperios clásicos y sus características, asunto en el que hay relativo consenso, sino en otras dos cuestiones mucho más sugestivas: la primera es la de si entra el imperialismo en la lógica del liberalismo; la segunda es la de si puede hablarse de imperio si no hay dominio político o militar efectivo.
Respecto a si el imperialismo es intrínsecamente liberal o capitalista, es cierto que entre 1885 y 1914, período de liberalismo económico más o menos acusado (aunque intermitente; y, además, el liberalismo político era muy censitario), se afianza un nacionalismo radical y hegeliano que se concretará en la competencia entre estados-nación, que desembocará en la Primera Guerra Mundial (y, en última instancia, también en la Segunda Guerra Mundial, por la reacción revanchista al revanchista Tratado de Versalles). Sin embargo, lo que hay que preguntarse es si esto se correspondía con una ideología efectivamente liberal, tanto en lo político como en lo económico, o más bien con una perversión total del término en aras de lo que se ha venido a llamar "capitalismo de Estado", basado en una discrecional alternancia entre librecambio y proteccionismo y en un sufragio censitario que, por lo tanto, acababa en la práctica con la retórica de la garantía de los derechos individuales.
En este sentido, el imperialismo no puede ser liberal, por varios motivos. En primer lugar, porque gira en torno a la idea de estados rivales (cada uno de los cuales enarbola su propio "designio histórico" y sus "necesidades vitales" de expansión territorial), cuyas relaciones tienden a ser de suma cero, bien porque son de conflicto –a veces sólo periférico–, bien porque sus relaciones comerciales están intervenidas: el Estado se entiende como ente a todas luces superior al individuo, que sólo es un punto ínfimo de la masa, de la "comunidad" cultural, política y lingüística común. En segundo lugar, porque se basa en una ideología totalmente contraria a las premisas liberales de igualdad ante la ley y de ley garantista del derecho a la propiedad privada y otros derechos individuales: la superioridad civilizatoria y el deber moral de la expansión ("white man’s burden", que diría Joseph Rudyard Kipling y que, incluso, impregnó la lucha antiesclavista). En tercer lugar, si lo que caracteriza al capitalismo es precisamente la coordinación y la eficiencia que la libertad individual permite, hay que ser mucho más escépticos respecto a los beneficios económicos de los imperios y sus supuestos saqueos sistemáticos: los beneficios de la "ampliación de mercados" se vieron en la mayoría de los casos estrangulados por los altos costes de implantar estructuras burocráticas, de la incertidumbre por la deficiencia de las instituciones y de la subdesarrollada demanda de los indígenas, entre otros factores. Tal y como explica Joseph Schumpeter (como plena refutación a la teoría de Rosa Luxemburgo –y también de John Hobson– de que el imperialismo es fruto de la necesidad de ampliar mercados por estancamientos de la demanda interna), el imperialismo, definido como "propensión, sin objetivo, por parte de un Estado, a la expansión violenta ilimitada", no se corresponde con el espíritu racionalista y de cálculo económico del capitalismo: en general, los imperios son, a la postre, económicamente ruinosos. Recordemos que los colonos estaban fuertemente subvencionados.
El segundo debate que he señalado se debe a la inflación de acusaciones a Occidente y, en particular, a Estados Unidos, de "imperialismo cultural", agujero negro en el que caben toda suerte de demagogias, exageraciones y falsedades. ¿Tiene algún sentido este concepto, dentro de la lógica del imperialismo tal y como lo hemos definido?
Según Paloma García Picazo, el imperialismo es "una especie de hipertrofia o desarrollo exagerado de una determinada conciencia nacional" o, dicho de otra manera, una "expansión de una comunidad política que, mediante la imposición de un dominio efectivo, somete a otros territorios y poblaciones a su soberanía, lo que se asegura no sólo con medios militares, políticos, económicos y sociales, sino también con procedimientos ideológicos y culturales". Es decir, tal y como hemos concluido antes: el imperialismo, si bien puede justificarse con argumentos económicos que a la postre se desvanecen o, al menos, se relativizan, se caracteriza por ser político. ¿Qué sucede cuando no existe ya ese elemento de ligazón política? ¿Es razonable acusar a Estados Unidos de "imperialismo cultural" por beber su Coca Cola, copiar sus centros comerciales y supermercados, ver sus películas e imitar su modo de vida?
Este tipo de acusaciones desconocen la lógica de las instituciones espontáneas y la descentralización propia del mercado libre. La moda es un fenómeno natural: nunca hemos sido iguales, siempre hemos tratado de diferenciarnos, y siempre ha habido "diferencias" (características, cualidades, formas) que han sido más valoradas que otras, de forma masiva y por motivos difícilmente delimitables, en tanto que la subjetividad y los mecanismos de socialización y aceptación grupal juegan un papel esencial: si pudiera conocerse a priori la moda (que es, sencillamente, el valor más repetido en un momento dado, presente o pasado, nunca futuro), si pudiera controlarse de antemano lo que va a triunfar, ninguna empresa quebraría jamás.
Prudentes escépticos en muchos otros ámbitos, caen alegremente en la falacia de la omnipotencia de los medios de comunicación y las empresas. Hace medio siglo aún era "lo francés", y ahora es "lo americano", aunque, gracias precisamente a la libertad, la soberanía del consumidor y la variedad propia de la globalización económica y cultural, en la actualidad el abanico de posibilidades de consumo (¡e incluso de no consumo!) se ha multiplicado maravillosamente, y uno puede decidir articular su modo de vida, si quiere, en torno a los valores y la estética más variados. La idea de la conspiración no tiene la menor credibilidad: no podría imponerse la cultura "desde arriba" ni aunque se quisiera, porque tampoco la moda se libra de aquella verdad económica que afirma la imposibilidad de la planificación centralizada y del cálculo económico en la intervención.
El imperialismo, en definitiva, casa muy mal con el liberalismo. Al juicio histórico, para que no resulte apresurado e imprudente, hay que añadirle teoría económica. Las teorías del imperialismo, como teorías de las relaciones internacionales, han resultado impotentes a la hora de ligar liberalismo e imperialismo, fundamentalmente por su terco y desafortunado empeño en encadenar liberalismo y pobreza y liberalismo y coacción.
Opinión de los lectores
Este artículo merecería una respuesta en forma de post pero no tengo tiempo estos días. Sólo unas consideraciones.
En realidad la confusión que sugieres en cuanto al imperialismo es bastante salvable si tenemos en cuenta que "todos los estados son imperiales". El Globo está políticamente bastante roturado pero cualquier descompensación en las fuerzas, incluso hoy, puede alterar el equilibrio dejando a unos estados en manos de otros: a su merced.
Si todos los estados son imperialistas esto no dice que todos sean imperios. El imperio, lejos de ser una forma particularmente malvada de gobierno, es una forma de estado mucho más usual en la historia que los estados-nación. Como "forma de estado" el imperio puede ser "una fuerza para el bien" o por contra un ente destructor y genocida. Como lo puede ser, claro, un estado-nación: exactamente igual.
Te olvidas de mencionar que EEUU además de ser el imperio más poderoso de la historia es fundamentalmente un imperio antiimperialista. Ello se debe a los fundamentos constitucionales e históricos de dicha nación.
Una vez se admite la política como algo inevitable y susceptible de ser mejor o peor entonces no hay problema en considerar que un imperio pueda ser liberal. Máxime cuando el liberalismo no se halla necesariamente ligado a un imperativo democrático. Entonces, como decía antes, un imperio podrá ser liberal (en realidad "más o menos liberal": nada es liberal y punto dado que el liberalismo es un movimiento histórico mudable tanto como mudable es el concepto de libertad) o no serlo del mismo modo en que la actual España o Reino Unido podrán ser o no liberales. Y siempre teniendo en cuenta que resulta falaz hablar de "proteccionismo" y "no proteccionismo" como estadios puros o constantes meramente posibles de la actitud de un estado ante el comercio. Eso no existe.
En definitiva: yo apostaría mis energías antes por Atenas que por la neutralidad ante ésta y Esparta. No en vano ninguno quiere acabar como los milenses. Y es eso, precisamente eso, la clave de la política y el Derecho.
Berta articulo muy interesante, yo te diría que bebo cocacola gracias al llamado imperialismo capitalista pero que jamás he sentido la coacción del citado imperio cada vez que pido una…..
Berta por cierto cual es para ti, la lógica de las instituciones espontáneas???
La definición de García Picazo es, al menos en la primera parte que citas, inoperante. La inmensa mayoría de los imperios se han dado en ausencia del concepto de nación. Es una perspectiva típica de politólogo o contemporaneísta: la historia empezó anteayer y todo se estudia ex novo.
¿Imperialismo liberal? Si planteamos la discusión en términos esencialistas, parece que hay contradicción. No obstante, si vamos a lo histórico y concreto, a lo factual, hay que distinguir grados y no categorías absolutas. Y, en ese sentido, cabe hablar de imperialismo liberal. El Imperio romano no era capitalista ni liberal en el sentido moderno, pero la Roma de los Antoninos se asemejaba más a una monarquía liberal que cualquier otro estado de la tierra o cualquier sociedad tribal, y su economía era también más asimilable al capitalismo.
La pregunta es si un sistema liberal -por comparación, porque un sistema liberal "perfecto" es un ente de la imaginación, aun en el caso de que pudiéramos definirlo- puede imponerse sin una coacción fundamental, la imposición de determinadas leyes y la definición de un mercado. Los que crean que sí, renegarán de la posibilidad de un imperialismo liberal como de hecho reniegan de la necesidad del Estado. Pero sus argumentos me parecen extremadamente débiles. O inexistentes, desde el punto de vista histórico.
Gracias por los comentarios y perdón por el retraso (causado por una pseudo-gripe).
Eugenio: Para mí la lógica de las instituciones espontáneas reside en que éstas, precisamente, sólo son “lógicas” en el sentido de que demuestran su utilidad históricamente. Su validez no es absoluta o ahistórica sino estrictamente coyuntural; pero para que algo que funciona coyunturalmente pueda ser calificado de institución espontánea, tiene que funcionar a lo largo del tiempo (aunque siga siendo coyunturalmente) y, con toda probabilidad, también en distintos espacios. De esto se deduce que nadie crea una institución espontánea sino que ésta “surge” de una concatenación e imbricación de acciones individuales en gran medida imitativas y por supuesto adaptativas (alias, utilidad percibida intersubjetivamente).
Respecto a las críticas de Isidoro y J: el realismo no es la única postura válida (o incluso existente: parecéis afirmar que mi punto de vista es marginal, cuando la teoría de la racionalización y limitación del poder y los contratos/acuerdos, creo, está bastante extendida) en la teoría de las relaciones internacionales. No digo que no tenga sentido; de hecho, aunque no creo que la Historia “a secas” suponga una evidencia empírica, puesto que hay que filtrarla por alguna teoría, es cierto que, si se trata de argumentos históricos, desde luego el realismo tiene mucho material, en el sentido de afirmar que la política internacional es una política de fuerza, y en el sentido de afirmar que tiene que ser necesariamente así porque es así como se sanciona el derecho. Pero francamente esa manera de ver el asunto me parece reduccionista y poco sofisticada (sí, puede que sufra de cierta deformación profesional). Yo veo algo más que eso en las relaciones internacionales, y ello a pesar de estar dominadas por Estados: veo (a veces, y también) mutua fe contractual, conciliación, cooperación -si se quiere, desde una perspectiva neorrealista (Waltz)- y sobre todo veo que cada vez más las relaciones internacionales no son entre Estados sino entre personas, empresas, sociedades, organizaciones, en definitiva, entidades privadas sin las aspiraciones que se supone que tienen los Estados (ánimo de expansión territorial, control de recursos, monopolio de la violencia… Imperialismo, en breve): lo cual me lleva a pensar que hay muchas más relaciones más allá de lo político (que cada vez más cuentan los individuos: la cutre-llamada “glocalización”) y que, por mucho que haya ejemplos históricos como el que traes tú (te doy la razón, evidentemente, respecto a los Antoninos, ¡viva Memorias de Adriano!) no es el caso ni de EEUU ni de la UE, en absoluto. Ni debería serlo. También hay que tener en cuenta la teoría económica que subyace. Hoy conocemos mucho mejor los fallos del Estado, de la intervención y de la planificación centralizada, y hoy es del todo prescindible apelar al imperio para defender la defensa de los derechos individuales. Creo que la defensa del máximo liberalismo político y económico (utilizando el léxico dicotómico común, que en realidad no comparto) es la mejor y la única manera. En conclusión: el Estado pierde protagonismo, lo cual para mí, no sólo es deseable desde mis estrictas preferencias personales, sino que además, desde un punto de vista económico, es lógico y tiene mucho sentido.
De todas formas, mi crítica a los que relacionan imperialismo con capitalismo no iba por donde vosotros vais, porque lo que afirmáis es que un imperio puede reconocer mucho mejor los derechos individuales de las personas incluidas territorialmente en él que un Estado cualquiera o que la anarquía (¿y qué hay de los territorios anexionados o potencialmente anexionables? ¿acaso no financió Pericles sus reformas con los tributos de las ciudades de la Liga?), y yo lo que estaba criticando es la teoría según la cual, siendo los rasgos característicos del imperio la conquista de otros territorios y la desigualdad ante la ley dependiendo de la nacionalidad, el imperialismo se liga al capitalismo, lo cual es falso por contradictorio.
Sobre el concepto de nación: sí, estoy de acuerdo en que no tiene mucho sentido en una definición “general” de imperialismo. Pero es sólo una palabra; creo que la idea de García Picazo está clara, y su definición no es inoperante, sólo hay que ser razonables y ver a qué se refiere, sin atascarnos en los términos: nación como modelo cultural e ideológico, formas, mitos y costumbres, autopercepción de la opinión pública, etc. Por ejemplo, ¿en la Guerra del Peloponeso, por mucho que, en puridad, estallara por la política exterior de Atenas durante la Pentecontecía, acaso no hubo en juego también valores culturales? La expansión “porque sí” no se dio ni con la “expansión vital” nazi.
En primer lugar, como autora, mi agradecimiento por la mención. Continúo con alguna precisión, siquiera por meras alusiones.
Es evidente que el imperialismo como fenómeno universal, europeo y extra-europeo, precede a la formación de cualquier idea de nación, tanto en el sentido de depositaria de la soberanía - como quedó instituida a partir de proceso revolucionario francés a partir de 1789, fruto de la ideología del Tercer Estado, esto es, la burguesía liberal-, como en su evolución posterior dentro del Romanticismo, donde la nación adquiere otros caracteres inmanentistas, seguidos de una deriva posterior. Dos ejemplos interesantes porque responden a tradiciones distintas, son Fichte y Renan. Sólo una de sus ramas es el nacionalismo totalitario y agresivo, de diverso corte y sostenido por ideologías variopintas. Los debates en torno a naciones y nacionalidades florecieron en toda la Europa regida por Imperios (Germánico, Austro-Húngaro, Ruso, Otomano) y cristalizaron en las posiciones sobre la autodeterminación nacional mantenidas, desde el campo liberal, por el presidente estadounidense Thomas Woodrow Wilson, y desde el ámbito marxista, por Lenin. Previamente, el debate sobre las nacionalidades fue un tópico recurrente del denominado "austro-marxismo" (Otto Bauer, Karl Kautsky).
Existen diversas concepciones críticas del imperialismo. Dos de las más inteligentes son las de John Hobson y de Joseph Schumpeter (traducido al español y comentado por Fabián Estapé). Este último centra muy bien la dimensión cultural y civilizatoria del imperialismo al establecer cómo determinados pueblos, constituidos en Estados y naciones o no, muestran una especie de disposicíón "atávica" hacia el imperialismo por sus ansias de dominio, expansionismo y sojuzgamiento de otros pueblos, bajo diversos pretextos. La base ideológica y cultural justificadora de esa violencia es inextricable del propio proceso.
Por último, la tradición milenaria del imperio (como realidad histórica universal: desde Asia hasta Europa y África, y con una gran antigüedad) se ve ampliada a mediados del siglo XIX. Su primera asociación terminológica se da en Francia con los partidarios del "bonapartismo" (Napoleón I y su dinastía), régimen que se reanuda con Napoleón III. La versión más concreta se produce en Gran Bretaña (hacia 1850) donde el imperialismo designa al régimen de Luis Napoleón, por su afán de gloria militar y prestigio militar. Pasados veinte años, en la propia Gran Bretaña, Gladstone, desde el liberalismo, se opone a la política colonial de Disraeli. El término evoluciona entre los propios liberales británicos (Salisbury, Chamberlain) y adquiere connotaciones más complejas. En 1898 el "imperialismo" en Gran Bretaña era un término que carecía de las connotaciones posteriores y era "popular". Hannah Arendt estudia muy bien el fenómeno y sus consecuencias en uno de sus tres volúmenes consagrados al totalitarismo, en particular, las repercusiones entre lo que ella denomina el "populacho", sustrato social del que surgieron muchos de los que en las colonias practicaron el "snobismo" (de "sine nobilitate"), esto es, los "parvenus" que en las colonias eran "alguien" y se comportaban de forma abominable con las poblaciones locales.
La evolución terminológica del "imperialismo" en el siglo XX ha sido aún más compleja y ha servido de comodín semántico a los más diversos dirigentes para acusar a sus rivales, reales o supuestos.
Un excelente estudio sobre la génesis y relaciones mutuas en términos tanto estructurales como ideológicos entre capitalismo e imperialismo es el de Immanuel Wallerstein, intelectual marxiano que trabaja en la Universidad Binghampton, de Nueva York. Su obra, un clásico contemporáneo, es The Modern World System, 3 volúmenes. Nótese que hablo de "génesis" y de "relaciones mutuas", no de identificación entre uno y otro. Wallerstein sostiene que el fenómeno capitalista contribuye a desmantelar los viejos imperios en tanto que éstos son ineficaces en la gestión económica del propio capitalismo. Pero una cosa es el imperio y otra el imperialismo, una ideología popular que, en el cambio de siglo XIX al XX, sirvió como arma propagandística y vocinglera para infectar la opinión pública de las potencias de entonces (europeas y extra-europeas) con sus proclamas chovinistas. Arendt destaca el componente totalitario ligado al ascenso de las "masas" como categoría de análisis político relevante.
¿Qué parte de totalitarismo sigue vigente y latente hoy? La película "La Ola" es una señal de alerta, susceptible de análisis muy profundos.
Hola Paloma,
Muchísimas gracias por tu aclaratorio comentario y las recomendaciones y aprovecho para darte la enhorabuena por tu manual Teoría breve de las relaciones internacionales, que considero muy bueno y que me está siendo interminablemente útil a modo de “mapa” (aunque naturalmente no estoy de acuerdo con varios puntos/sugestiones). Desde luego, además del manual en sí, son muy inspiradoras la primera parte (Prefacio, Pragmatismo universitario) y el epílogo (Educar en los límites de una civilización, Desaprender, etc.) para alguien a quien también le apasiona (en mi caso, apasionaría/cree que le apasionaría) la docencia.
Me quedo con la crítica de Schumpeter, como ya he comentado. Según he entendido, incluso Wallerstein –cuya teoría del sistema-mundo, que tuve la oportunidad de estudiar en diversas Historias económicas, no comparto para nada, por estar implícita la que considero muy incorrecta y dañina teoría de la dependencia: la mejor refutación tal vez sea, por sernos tan cercana, la década dorada española- admite que el sistema capitalista acaba por minar el sistema económico imperial, por ineficiente, pero que otra cosa distinta es el imperialismo como forma de pensar, como actitud o como ideología.
Bajo mi punto de vista, los problemas del cálculo económico centralizado, de la hipertrofia burocrática, de las subvenciones a los colonos (o dicho de otra manera: la distorsión consciente y a la desesperada de la estructura de incentivos), del coste del control militar, etc., ya son razones más que suficientes para desligar liberalismo de imperialismo, al menos en el plano de la estricta teoría económica. Pero es todavía más deslegitimadora, en este sentido, la filosofía política: es en los clásicos textos de filosofía liberal donde se afirma el sustrato común de todas las escuelas (y momentos) liberales (no confundir con la Ilustración como en ocasiones se hace), que es la igualdad ante la ley (o ante la garantía de la ley), entendida ley como derechos individuales (o derecho de propiedad privada y derivados, como se quiera: son sólo palabras). Reivindico simplemente leer a los clásicos, o no perder el mínimo común denominador de los liberales (no hablo de los contemporáneos porque su crítica al imperialismo es tan explícita que no cabe confusión). Aunque por supuesto admito que el término, como todo término, ha evolucionado, y que nada es puro*. Mi comentario se centra en criticar una concepción del imperialismo en concreto, aunque resbaladiza: esa que mezcla alegremente “mercado libre”, con subvenciones a la agricultura europea y norteamericana, con “intervención exterior ilegal”, con agujeros físicos “alegales” o “ilegales”, con licencias que permiten monopolios, con patentes, con “explotación mediante la deslocalización”, con pseudo-Estado del bienestar para los occidentales, con barreras a la migración, con “imposición cultural mediante la publicidad” y numerosos inexactos etcéteras que se rematan con un etiquetado de lo más curioso, “capitalismo salvaje”: una definición insostenible desde cualquier punto de vista y simplemente deshonesta desde el punto de vista de la ética del debate.
*Sí, la impureza es obvia. y constante. Como he dicho, un ejemplo de ésta serían los argumentos que se enarbolaron en la lucha antiesclavista, una lucha que hoy se entiende en la lógica de la igualdad ante la ley pero que, en su momento, tanto desde su vertiente cuáquera norteamericana como inglesa, no la afirmaba tan concienzudamente: había discriminación de las mujeres en las asociaciones abolicionistas y, sobre todo, la justificación del abolicionismo era, no en base a la isonomía, sino en base a la compasión y la misericordia. Lo que quiero decir es, por una parte, que en la Historia podemos encontrar ejemplos a favor o en contra de casi cualquier postura, si la utilizamos acríticamente; y, por otra, que esta heterogeneidad de la Historia, si algo “demuestra” (habráse visto término más ingenuo), es la impureza. Por eso considero prudente huir de las teorías o argumentos “historicistas”.
Hola Berta y hola a todos los miembros de esta comunidad de debate,
de nuevo, muchas gracias por las referencias a ese libro mío en el que intento aportar una revisión abreviada de las principales teorías de las relaciones internacionales.
Un valor principal es la libertad, el más frágil, el que primero se intenta desmantelar en cuanto algún autoritario (camuflado o no) accede a algún puesto de poder. Intrínsecamente ligado a la responsabilidad, el valor y el ejercicio de la libertad implican un uso congruente de la razón, sometida a juicio. Esto podría decirlo Kant y lo dice también un filósofo de la ciencia (o epistemólogo: no sé qué hubiera preferido él) al que admiro sin reservas en ese terreno concreto como es Popper. Sólo del diálogo libre, sin anteojeras de ningún tipo, surge algo semejante a la "verdad" -la "certeza" que prefería Wittgenstein- y de esa confrontación de argumentos sobrevivirán sólo los que resistan mejor su falsación. La prueba empírica de los argumentos puede ser lógica y racional, pero el último determinante es su adecuación a la realidad, a los hechos tal como se producen de verdad, no como queramos verlos.
En este sentido, las ideologías -que Hannah Arendt resume según la fórmula de la "lógica de una idea": esto es, una única idea que actúa como premisa y de la que se extrae todo un corolario de conclusiones concatenadas que pretenden explicar el funcionamiento de toda la realidad- creo que son insuficientes como herramientas de un conocimiento eficaz.
Me pregunto, respecto del liberalismo, si sus premisas son sólo de orden ideológico o comportan otras dimensiones. Leer a Isaiah Berlin sirve de vía esclarecedora, pero no ha llegado a convencerme más que de forma parcial. Y le considero, por lo demás, una de las mentes más brillantes del siglo XX.
En cualquier caso creo que lo fundamental es despejar de trabas al conocimiento. En ese aspecto me adhiero plenamente a la visión kantiana de la sociedad, formada por individuos libres y autodeterminados, esto es, esclarecidos, críticos, cuyo pacto social sea constituyente de una sociedad articulada sobre valores positivos cuyo fundamento elemental "exagerado" sería el "imperativo categórico" (Metafísica de las costumbres), y, en términos más pedestres, un mínimo de decencia que podría expresarse como "no hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran a ti". Suena a las "Minima Moralia" del desencantado Adorno, que huyó de la Alemania nazi, se instaló en unos Estados Unidos donde escribió sus maravillosos "Estudios sobre el carácter autoritario" (halló más ejemplos de los que hubiera querido en la sociedad americana) y se desesperó por la cultura de masas, y por fin regresó a Alemania, de nuevo, preguntándose si era posible la poesía después de Auschwitz.
Respecto del totalitarismo lo cierto es que en la sociedad británica del período de entreguerras -la más "liberal" de toda Europa en aquellos momentos- no pudo florecer más que de forma marginal (Mosley y su grupo). Quizá ése sea uno de los mejores avales de un liberalismo político. Pero no lo tengo tan claro con el liberalismo económico, que, para empezar, actúa según lo que se denomina la "Teoría del Como-Si" (Theorie des Als-Ob: Hans Vaihinger). Se presenta a la economía "como" regida por un libre mercado... cuando los acuerdos sobre recursos de valor estratégico mundial (desde productos energéticos y minerales fundamentales hasta textiles y alimentos básicos) distorsionan todo el flujo económico internacional. Bajo un paraguas pretendidamente "liberal" las reglas económicas las fijan los que pueden hacerlo por disponer de monopolios más o menos encubiertos (que se protegen mediante argucias de todo tipo, que incluyen las intervenciones militares). Ellos son los únicos agentes económicos que disponen de "libertad", entendida en su sentido más pobre como carencia de restricciones para obrar.
Por otro lado, ¿qué clase de liberalismo endosa las ganancias a los particulares que controlan el "Mercado" y las pérdidas a las instancias públicas que representan el "Estado"? Las reglas, si las hay, deben funcionar para todos. Y un aspecto básico que destacas muy bien, Berta, es el principio liberal de la "igualdad ante la ley". Y ahora, ¿de qué "ley" hablamos?
Paloma cuando preguntas: ¿qué clase de liberalismo endosa las ganancias a los particulares que controlan el "Mercado" y las pérdidas a las instancias públicas que representan el "Estado"?. Yo la verdad es que yo tampoco conozco ese liberalismo económico. El principio liberal de igualdad en cambio si lo conozco y Berta puede decirte en que consiste.
Eugenio, está muy bien la distinción entre uno y otro. John Stuart Mill, hijo, consideraba que la más grave restricción a la libertad reside en la pobreza. En esa pobreza de la que son las propias condiciones de la sociedad las que impiden salir, anulando toda esperanza individual y colectiva. Esa pobreza es achacable a toda clase de regímenes políticos, históricos y actuales. El problema está en los individuos que ostentan un poder irrestricto, aun cuando intentan arroparse con visos de respetabilidad, democrática o de otra índole.
Por otro lado, el "liberalismo" como tal no actúa en y por sí mismo, como cualquier idea o proceso. Sí lo hacen las personas, en su nombre o en cualquier otro. Ésas son las responsables de sus acciones y omisiones.
Muchas gracias por el comentario. Estoy segura de que Berta es una auténtica maestra.
Hola Paloma,
De nuevo muchas gracias por participar en el debate. Comparto la opinión de que, apelando a la ideología liberal, contradictoriamente, se pide la intervención pública si es para salvar a los gigantes. Por supuesto esto es injusto (y no sólo por ser corporativo), y lo que hay que aclarar es que esto no es en absoluto liberal, se mire por donde se mire. En todo caso es utilitarista (y sobre todo: la teoría económica implícita es la neoclásica, no la austríaca): “no socializamos los beneficios privados porque esto afectaría a la estructura de incentivos -lo que entorpecería la creación de riqueza- pero sí socializamos las pérdidas en situaciones de alto riesgo porque si estas empresas quiebran se volatizan ahorros y se destruye empleo.” Creo que la mayoría de los que nos consideramos liberales estamos en contra de esta medida y, más que nada, somos escépticos respecto a sus resultados: si no hemos sido capaces de evitar la crisis, ahora hay que afrontarla, si es posible sin alargarla innecesariamente, porque las malas inversiones se han de liquidar tarde o temprano.
Hay varias preguntas interesantes que podemos plantear: ¿quién es responsable de estas quiebras masivas? ¿Qué o quién ha causado (o permitido) conductas, como mínimo, temerarias? ¿Son las empresas, en este caso en concreto, las responsables absolutas de su iliquidez o definitiva insolvencia? ¿Lo son los bancos? ¿O acaso son los políticos? Y, ¿qué políticos (puesto que rotan cada cierto tiempo)? No tengo la respuesta, por supuesto; de momento, tengo una opinión, formada en base al contraste entre lo que me enseñan en clase (la explicación neoclásica de la crisis internacional es ciertamente interesante, pero veo varias lagunas, como por ejemplo: no admiten un vínculo entre el exceso de numerario y los tipos de interés exageradamente bajos –ver 2003- ) y lo que señala la teoría económica austríaca (y los fantásticos análisis de Rallo en el Observatorio de Coyuntura Económica –ver http://juandemariana.org/coyuntura/ ). Esta opinión es básicamente la siguiente: las reglas del juego han jugado un rol importante, determinante, en esta crisis, que han permitido que los agentes económicos se equivocaran de forma masiva y emprendieran acciones poco recomendables, como financiar a largo plazo con fondos de deuda a corto plazo . ¿Quién o qué ha causado o permitido que esta conducta fuera considerada “racional”? ¿Quién o qué ha causado o permitido que se considerara rentable prestar incluso a personas con una gran probabilidad de resultar insolventes (subprime)?. Estas reglas del juego perniciosas son tres: una, el arbitraje ilícito del tipo de interés (o su manipulación ad libitum, como si no fuera un precio como cualquier otro: veáse teoría monetarista); dos, la confusión –posiblemente deliberada- entre depósito a la vista y préstamo; tres, el no respaldo del dinero en activos reales. Una cuarta regla del juego perniciosa es que el coeficiente de caja no sea del 100% (que está relacionado también con la confusión entre préstamo y depósito para guardia y custodia), pero no estoy segura de comprender las críticas de Rallo y otros a este requisito, por lo que no voy a comentar nada.
Otra pregunta pertinente: si estamos culpando, en gran parte, a las instituciones, ¿acaso no deberían solucionar ellas el problema? Es decir, ¿acaso no deberían afrontar ellas las quiebras que indirectamente, pero con certeza, han contribuido a gestar? La respuesta, creo, es NO: el hecho de que hayan tenido su responsabilidad, puede solucionarse (¡incluso castigarse!) con un rediseño de las instituciones. Pero no es una responsabilidad en el sentido que entendemos comúnmente, en el sentido de la restitución, o de la compensación. No, porque si precisamente el problema es la presencia y las características de esas instituciones, esas reglas, lo que tienen que hacer es desaparecer. De ahí que, además del problema moral que supone que el Estado acuda a “salvar” empresas (como has comentado: ¿dónde estaría, efectivamente, la igualdad ante la ley?), es muy importante considerar las consecuencias.
Supongamos a efectos dialécticos que el Estado DEBE acudir a salvarlas; la pregunta es: ¿de verdad PUEDE “salvarlas”? No: por una parte, el mal ya está hecho; por otra, el Estado no puede, por sus características, por los problemas del cálculo económico y por los efectos distorsionadores de la intervención, actuar “neutralmente”. No está en sus manos salvar a nadie, sino prolongar la agonía, tapándola. Un ejemplo claro de esta intervención “con intencionalidad benigna” y de “consecuencias malignas” sería la protección a la agricultura durante todo el s.XIX y s.XX (hay muchos otros: el INI, la protección a la industria naciente, etc.): ¿acaso no incentivó esa supuesta “protección” a los sectores menos ineficientes, distorsionando las señales económicas, y a la larga perjudicándolos? El problema perdura hasta nuestros días: nada, ni nadie, ni siquiera coactivamente, puede luchar contra el cambio espontáneo y libre en la demanda; de nada servirá controlar precios, intentando que sean “garantistas”, porque las preferencias son las preferencias. Lo mismo sucederá/sucedería con las “inyecciones de liquidez”: esconderán el problema, pero ese problema no se evapora por arte de magia, y volverá a la superficie, en su forma original o modificada (inflación, y todo lo que ella conlleva, por ejemplo).
En definitiva: totalmente de acuerdo en que esa intervención se contradice con el liberalismo (ésa, y muchas otras), además de que es oportunista desde un punto de vista político, y seguramente ineficiente, a medio y largo plazo, desde un punto de vista meramente económico/científico.
Respecto a la pobreza, es una discusión también muy interesante. Si consideramos que la pobreza es el estado natural del ser humano, lo que hay que averiguar es cómo salir de ella, es decir, cómo se genera la riqueza: qué instituciones son necesarias para que ésta pueda surgir (aunque no necesariamente surja). En mi opinión, entre otras (no debemos despreciar las variables psicopolíticas, como explicó Weber), pero fundamental, está la de la propiedad privada. Un abrazo, y muchas gracias por pasarte a debatir
Paloma con citas de economistas clásicos me dices que la pobreza es una restricción a la libertad. No me digas. El liberalismo y no se de que liberalismo me hablas por que hay muchos, es una palabra y según que significado le des podremos llegar a algo mas que lo que me dices. No entiendo tu respuesta a mis comentarios y que Berta es una autentica maestra es mi opinión aunque a lo mejor me equivoco….
Berta, siguiendo tu argumentación por que va a ser esa lógica mas lógica que un orden elegido al capricho????
Cuando los liberales quieren criticar a la teoría leninista del imperialismo -que no es sólo la fase superior del capitalismo ni sólo ni esencialmente, político militar- deberían en principio estudiarla.Aunque si se cita a Hobson y a Rosa Luxemburgo se supone que se habrá leído... ¿o no?