¿Llegaremos a ver el Estado moderno tan negativamente como hoy vemos la esclavitud?
Cuando vemos una película ambientada en un contexto de esclavitud, discriminación racial o violencia política hacia alguna minoría, solemos preguntarnos: ¿de haber vivido allí, habríamos sido de los outsiders que se enfrentan a la injusticia o de los que la perpetúan? Creo que la mayoría piensa que habría sido el outsider capaz de ver con claridad un problema moral y político evidente. Pero sabemos que, lamentablemente, esto no puede ser cierto. Si en el pasado hubiese sido tan evidente que algo como la esclavitud estaba mal, simplemente no habría existido.
Y no porque la esclavitud fuese defendida únicamente por quienes se beneficiaban directamente de ella —los dueños de tierras y esclavos—, sino porque, en los distintos lugares y momentos donde ha existido esclavitud, raramente han surgido grandes movimientos abolicionistas. En realidad, estos fueron siempre una minoría.
Esos outsiders que logran ver más allá del paradigma político y moral predominante, y que se enfrentan a todos mostrando un camino correcto mucho antes de que ese camino sea aceptado, son minoría por una razón sencilla: para ser esa persona se requieren características que siempre han sido escasas en la población. Algunas de ellas son: un alto grado de consciencia (como rasgo de personalidad), pensamiento crítico, capacidad de abstraer tu ética de lo que te conviene circunstancialmente, baja respuesta a la presión de deseabilidad social, entre otras.
Cuando estás dentro de un paradigma político y moral, como ocurre con cualquier paradigma, es muy difícil pensar fuera de él. Incluso, al evaluar la historia, el paradigma actual puede impedirte comprender la naturaleza humana y las ideas que hicieron posibles ciertos sucesos. Este es el caso de la esclavitud. Para comprenderla, es necesario estudiar su historia y los argumentos que se utilizaban para defenderla. Al hacerlo, veremos que no son tan lejanos ni tan extraños en comparación con los argumentos que hoy se emplean para defender ideas completamente aceptables, como la existencia del Estado, las fronteras o el Estado del Bienestar.
Las distorsiones modernas sobre la esclavitud
Si no entendemos correctamente qué es la esclavitud, será muy difícil comprender por qué ha estado presente a lo largo de la historia y cómo fue posible que tanta gente la defendiera. Podemos enumerar varias ideas erróneas frecuentes sobre la esclavitud. Algunas de las más comunes son:
• “La esclavitud se caracteriza por el maltrato, las malas condiciones laborales, la explotación o el aprovechamiento de la necesidad ajena.”
Esto no es cierto. Puede haber esclavitud con buen trato y buena “remuneración” en especie, así como puede haber trabajo libre en contextos de extrema pobreza, con enormes esfuerzos, inseguridad y salarios mínimos. Lo que caracteriza a la esclavitud no es la dureza de las condiciones, sino la ausencia de libertad sobre las propias acciones. De hecho, muchos esclavistas creían sinceramente que estaban ofreciendo a sus esclavos una vida mejor de la que tendrían siendo libres.
• “La esclavitud fue una invención de los blancos, europeos o colonos para explotar a minorías o regiones pobres.”
La realidad histórica es que la esclavitud ha sido universal y milenaria: Roma, Grecia antigua, el Imperio otomano, reinos africanos, el mundo árabe-musulmán, Asia, América precolombina… En el comercio transatlántico participaron activamente reinos africanos que vendían prisioneros de guerra. Además, hubo esclavos blancos: eslavos (de ahí proviene la palabra slave), irlandeses capturados, europeos sometidos por corsarios berberiscos, etc.
• “El esclavo es más barato que el empleado y permite abusos ilimitados.”
La historia es más compleja. No todos los capítulos de la esclavitud son iguales.
– En sociedades con abundancia de esclavos, provenientes de territorios o culturas muy diferentes a las del amo, la deshumanización era más fácil. En el Caribe y Brasil de los siglos XVII y XVIII, por ejemplo, era más barato comprar esclavos nuevos que invertir en mantener a los que ya se tenían. Eso incentivaba prácticas brutales.
– Pero en otros contextos la esclavitud fue más “benevolente”. En la Antigua Grecia o en el Imperio romano, muchos esclavos podían recibir dinero, usarlo con relativa libertad e incluso ahorrar para comprar su libertad.
En esos casos, “invertir” en los esclavos tenía sentido económico y moral dentro de su lógica institucional.
• “El Estado combate, y no facilita, la esclavitud.”
Esta también es una simplificación. El sistema moderno de ciudadanías, pasaportes y registros civiles facilita la esclavización y trata de personas indocumentadas, precisamente porque crea enormes masas humanas sin protección jurídica real. El orden estatal internacional no permite la aparición de mecanismos alternativos para proteger a quienes no pertenecen a un Estado fuerte o bien constituido. Eso hace que millones de personas queden fuera de toda estructura de derechos, convirtiéndose en población vulnerable explotable —de forma muy similar a la servidumbre histórica.
Similitudes entre esclavitud y estatismo
- El esclavo no elige su condición.Al ig ual que quien nace en un Estado moderno no puede elegir si firmar o no el “contrato social” que permite que otros (supuestamente por su bien o por el bien del colectivo) tomen decisiones sobre su vida, el esclavo nacía siendo esclavo o terminaba siéndolo sin haberlo elegido. En ambos casos, la pertenencia al sistema es obligatoria desde el nacimiento.
- El esclavo no es dueño de su tiempo, energía, trabajo o capital. El esclavo trabaja en lo que su amo le ordena y no es libre de disponer del producto de su esfuerzo. En el caso del ciudadano que paga impuestos, sí puede elegir en qué trabajar, pero al final del día una parte significativa de lo que produce no lo decide él: se destina obligatoriamente al Estado. De cierta forma, trabajar la mitad del día para el Estado sin remuneración directa equivale a trabajar el día completo por tu cuenta y que luego el Estado te quite la mitad de lo ganado.
- Tanto el esclavo como el ciudadano reciben compensación por lo que el amo o el Estado les quita.
Un esclavo no necesita ser maltratado ni vivir en condiciones subhumanas para ser esclavo; puede estar bien alimentado, tener casa, cuidados y cierta estabilidad. De forma parecida, el ciudadano puede ver sus impuestos administrados de manera que produzcan sistemas funcionales de salud, transporte, educación o servicios públicos. Era mejor ser esclavo de un amo rico que de uno pobre, del mismo modo que hoy es más ventajoso ser ciudadano de Noruega que de Italia: la calidad del “amo” importa para la calidad de vida del subordinado, sin que esto altere la estructura de dominación. - El esclavo puede rebelarse o cooperar con la autoridad. Igual que sucede con la ciudadanía, los esclavos toleraban ciertos niveles de injusticia, y no todos se rebelaban ante el mismo umbral de indignación. Tanto el amo como el Estado necesitan propaganda, narrativa moral y mecanismos psicológicos para mantener a esclavos y ciudadanos obedientes. El sistema funciona porque todos los actores creen, de una forma u otra, en su legitimidad. Precisamente por eso, a continuación analizaremos algunos de los argumentos que se han desarrollado a lo largo de la historia para defender la institución de la esclavitud.
La defensa de la esclavitud y del Estado y su intervención
En su libro The Mind of the Master Class, Eugene D. Genovese y Elizabeth Fox-Genovese exploran la ideología y la mentalidad de las élites esclavistas del Sur estadounidense. En ese estudio aparecen argumentos llamativos que, aunque hoy suenen chocantes, no están tan lejos de los que se usan para justificar la subordinación al Estado.
• La esclavitud era presentada como el único “baluarte contra la catástrofe social” generada por el capitalismo.
Para los esclavistas, la esclavitud resolvía el conflicto de clases porque unificaba capital y trabajo bajo una misma figura: el amo. Consideraban que el trabajo libre no solo producía más desigualdad (por la inseguridad del asalariado), sino también más alienación. El trabajador “libre” dependía de conseguir empleo, nadie era responsable de él y eso lo mantenía aislado, sin pertenencia ni protección. El esclavo, en cambio, tenía un amo personal; el trabajador asalariado, un amo impersonal: el mercado.
• La esclavitud era vista como protección frente a la anarquía del individualismo radical o frente a la tiranía de la multitud (el jacobinismo).
Según esta visión, sin estructuras jerárquicas fuertes, la sociedad colapsaría en caos o en violencia popular. La esclavitud, igual que hoy el Estado para muchos, funcionaba como un freno necesario frente al desorden.
• Paternalismo.
George Fitzhugh sostenía que el esclavo no era plenamente competente para autogobernarse. Por tanto, el “bien” que debía hacerse por él no era otorgarle libertad, sino darle lo que realmente necesitaba: protección, alimento, disciplina moral, estabilidad y seguridad de por vida. De manera similar a los políticos modernos, Fitzhugh no consideraba injusto que el amo gobernara sobre el esclavo; lo injusto, decía, era que abusara de él. El amo se presentaba como alguien que se sacrificaba por sus dependientes.
Este paternalismo —esclavista o estatista— produce profecías autocumplidas: cuando el esclavo es liberado, paga un precio muy alto a corto plazo y queda en condiciones de mayor vulnerabilidad que antes. Lo mismo ocurre cuando se desmantela bruscamente el Estado de Bienestar: quienes estaban acostumbrados a depender de él dejan de tener recursos para sostenerse por sí mismos.
• Reivindicación histórica.
Para justificar la presencia de la esclavitud en una república moderna y cristiana, los sureños recurrían a la historia universal. Historiadores y clérigos buscaban evidencias de que la esclavitud y la servidumbre habían sido constantes en todas las civilizaciones: Grecia, Roma, la Europa medieval, el mundo árabe, los imperios asiáticos. Si había sido una institución universal, no podía ser intrínsecamente mala. Este tipo de argumento es muy similar al que sostiene que “si siempre ha habido Estado”, entonces su necesidad sería evidente y natural.
En el contexto español, Juan Ginés de Sepúlveda (1490–1573) defendió explícitamente la servidumbre natural de algunos pueblos, la guerra justa para someterlos y la esclavitud como consecuencia legítima de esa guerra o de su supuesta inferioridad formativa. Su justificación fue filosófica, derivada directamente de Aristóteles: “lo perfecto debe gobernar sobre lo imperfecto, lo excelente sobre su contrario”. Y aquí cabe preguntarse: ¿quién representa hoy lo “perfecto”? ¿El Estado que domina sobre todos los demás poderes —la tradición, la Iglesia, el mercado o la ciencia?
Comentarios finales
El ejercicio que planteo en este artículo es necesario: tomar algo completamente inadmisible dentro del paradigma moral y político actual —la esclavitud— y compararlo con algo completamente incuestionado dentro de ese mismo paradigma —la autoridad estatal y sus intervenciones.
Esto permite ver que, en el fondo, los argumentos liberticidas siguen girando alrededor de los mismos sesgos y aspectos de la naturaleza humana.
Esto nos demuestra que los verdaderos libertarios seremos siempre una minoría; que la historia de la libertad es cíclica; pero también que pueden existir ciertas victorias, como la abolición de la esclavitud. Tal vez no volvamos a ver la esclavitud en su forma original, aunque sí la tengamos presente en su versión suavizada y colectivizada, actualmente más aceptada: el Estado de Bienestar.
Bibliografía
Fox-Genovese, E., & Genovese, E. D. (2005). The Mind of the Master Class: History and Faith in the Southern Slaveholders' Worldview. Cambridge University Press.
Ginés de Sepúlveda, J. (1951). Demócrates Segundo, o, De las justas causas de la guerra contra los indios.






