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Notas de prensa

La verdad nos guiará hacia el comunismo

26 Junio 2023

Salvador García

A lo largo de la historia todos los filósofos que se han preciado de serlo han formulado su propia idea sobre qué es la verdad. Desde el idealismo al materialismo, pasando por el racionalismo o el positivismo, la verdad ha sido definida de múltiples y variadas formas, relacionando esta idea con la del mundo físico, la realidad, la razón, la percepción o la ciencia. Podríamos incluir aquí un preámbulo sobre aquello que las más importantes corrientes de pensamiento han dicho sobre qué cosa es la verdad, pero sería bastante extenso, complejo y poco útil.

También podríamos escribir aquí sobre qué cosa es la verdad en nuestro tiempo, en el que los medios de comunicación, la educación, las ideologías o las redes sociales construyen, cada uno de ellos, un universo perfectamente congruente en sí mismo y que cuenta (todos y cada uno de ellos, hay que reconocerlo), con una extraordinaria apariencia de realidad y certeza. Pero tampoco éste es el asunto que nos ocupa.

Por simplificar las cosas y no llevarlas más allá de lo que nos interesa para nuestro argumento, podríamos convenir, por simple utilidad, en que la verdad es la certeza de lo real, una idea que se asemeja a grandes rasgos, a la propuesta en su momento por Descartes. Aunque admitamos que, de cualquier manera, la verdad es, en definitiva, un producto de nuestra siempre compleja relación con la realidad.

Pero nos interesa distinguir, por sus características, entre dos tipos de verdades o realidades aceptadas como tal: aquellas que pertenecen estrictamente a la esfera del universo material, de la física y de la naturaleza, y aquellas que pertenecen a la esfera del ser humano y de su comportamiento social. En el primer caso podemos hablar de la verdad científica, ajena al hombre, y a la cual accedemos mediante la percepción, y la experimentación. El hombre no puede cambiar las leyes de la naturaleza, sólo puede conocerlas y convertirlas en normas universales, aplicando el método científico.

En el segundo caso, el comportamiento humano depende la voluntad de cada individuo, y su comportamiento social es la suma de los comportamientos individuales de millones de seres que ejercen su libertad para actuar. No existen por lo tanto leyes universales, no podemos aplicar el método científico a la realidad del comportamiento humano. Simplemente porque los experimentos con seres humanos jamás arrojarían un mismo resultado al repetirlo cuantas veces quisiéramos hacerlo, por mucho que las condiciones en las que se realizaran fueran siempre las mismas y asimilables a condiciones de laboratorio.

Podríamos por lo tanto aceptar que existe la verdad científica, reconocible, aceptable como tal e incuestionable (al menos hasta que apareció la física cuántica), estudiada por las ciencias naturales, pero no existe una verdad única sobre el comportamiento humano, porque ésta depende de la libre voluntad de los individuos, la cual no atiende a reglas inamovibles ni incuestionables, y sólo puede ser estudiada por disciplinas a las que podríamos reconocer como ciencias en el caso de aceptar una idea poco limitativa y bastante laxa sobre qué cosa es una ciencia. Estrictamente hablando no podemos decir que la psicología, la sociología o la economía sean ciencias. Pero tampoco ese es el objeto de este artículo.

Por lo tanto, no existe la verdad sobre el hombre ni existe la verdad sobre la sociedad humana. Y no pueden existir porque la certeza sobre la realidad del ser humano y de su comportamiento es perfectamente única para cada individuo. Y cada una de ellas debe ser aceptable e incuestionable, puesto que no obedece a leyes científicas universales.

No podemos negar la verdad del otro porque el otro podría negar igualmente, desde su absoluta certeza, nuestra certeza de las cosas. Y ninguna de esas negaciones posee más valor que la otra, ya que la libertad de pensamiento y la voluntad del individuo no admite jerarquías.

Por definición, la verdad es un concepto absoluto. No hay cosas que sean más o menos verdad que otras. La verdad es única y excluye al resto de las hipótesis o verdades alternativas. Si admitimos que existe una verdad sobre el comportamiento humano, debemos admitir igualmente que existe una única verdad.  

Por lo tanto, aquellos que defienden que sí existe una verdad sobre el ser humano, que es posible formular qué es bueno o qué no es bueno para la sociedad, qué es el bien, y cómo distinguirlo del mal, lo hacen afirmando implícitamente que hay individuos que están equivocados en su concepción de la realidad, que no saben reconocer cuál es la verdad, y no pueden distinguirla de la confusión, del error, o de la simple falsedad.

Afirmamos pues, sin dudarlo, que existe una verdad sobre el hombre, y que es única, irrefutable por definición. Y que su aceptación es lo conveniente para todos. Cualquier discrepancia distorsiona la perfección del mundo y nos aleja del camino del bien y del progreso. Necesitamos imponerla a todos por el bien de todos. Necesitaremos contar con alguna herramienta para imponer la verdad verdadera sobre las verdades frutos del error. Necesitamos de una autoridad dotada de poder suficiente para imponer la verdad única a una enorme multiplicidad de individuos. Es una labor compleja que requerirá de una maquinaria compleja.  

(La religión, la moral, las leyes o los ejércitos han sido algunas de esas herramientas a lo largo de la historia. Hoy en día existen métodos algo más refinados, como la democracia).

Pero supongamos por un momento que efectivamente existiera una verdad única o “verdadera” sobre el bien y el mal de lo que afecta a los hombres, y que existiera igualmente una autoridad dotada de poder suficiente para imponerla. Tal autoridad tendría que imponer como verdad, en primer lugar y con carácter de valor absoluto, la justificación de su propia existencia. En segundo lugar, la infalibilidad de sus propios actos. Y en tercer lugar la justificación de su propia supervivencia material, necesaria para su necesaria existencia.

Esas tres cosas constituirían la idea del bien social, y cualquier subversión de esas tres verdades constituirían simplemente la encarnación del mal, representado por los seres antisociales (hoy negacionistas, insolidarios, o en el lenguaje popular, simplemente fascistas).

Tal autoridad, a la que citamos aquí en abstracto, tendría por lo tanto la capacidad de decidir de forma incuestionable qué es lo mejor para la sociedad y los individuos, así como imponer tales verdades incuestionables a todos los individuos, con todas las herramientas a su alcance, violentando nuestra propia voluntad y nuestra libertad de pensamiento y de acción.

Podría declarar guerras y disponer de nuestras vidas para sacrificarla en sus batallas, promulgar leyes, dotarse a sí misma de más poderes, ilegalizar pensamientos y acciones, condenar a los individuos por ello, y por supuesto disponer de las rentas y el trabajo de toda la población, que no es otra cosa que disponer de su tiempo y de su vida. Sin ninguna limitación, porque no pueden imponerse limitaciones a la verdad absoluta y al bien común.

Tal cosa es el comunismo.

Por lo tanto, imaginemos un sanedrín de sabios economistas (liberales si queremos o incluso libertarios ¿por qué no?) decidiendo acerca, pongamos como ejemplo, de la reserva fraccionaria de los bancos, un asunto muy de nuestro gusto. Supongamos que llegan a la conclusión de que hay que imponer una reserva fraccionaria a los bancos. O por el contrario deciden que sin lugar a dudas no hay que hacer tal cosa. Sea cual sea la conclusión a la que hayan llegado, dictaminarán (porque para eso se habían reunido) que esa es la verdad absoluta e incuestionada respecto a esa cuestión.

Pero tal dictamen no tendrá virtualidad alguna si no existe una autoridad capaz de imponerla al sistema bancario, y al sistema económico en general. ¿A quién recurriremos? Cualquier imposición de este tipo requerirá de una potente capacidad coercitiva, (legisladores, inspectores, policía, funcionarios, jueces, recaudadores) una capacidad de la que sólo dispone una estructura de tal tamaño y poder que atenderá, indudablemente, a su propia supervivencia antes que a cualquier otro interés, y que evolucionará con el tiempo de manera inexorable hacia un sistema totalitario de poder.

La verdad absoluta sobre el hombre requiere de su imposición violenta porque no existe como realidad. La imposición violenta requiere de la existencia del estado. Y cualquier estado evoluciona más o menos rápidamente hasta el comunismo.

Nuestra arrogancia es la primera etapa de un viaje que nunca deberíamos emprender.

Eduardo Gabriel Lopez
Escrito por

Eduardo Gabriel Lopez

Editor de prensa y artículos

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