Vindicación de la ley y el orden con motivo de las manifestaciones violentas
La libertad es hija del orden. De hecho, si no me falla la memoria, Edmund Burke sostuvo que del orden derivaban todas las bondades políticas. Lo contrario del orden es el desorden, está claro. Pero también el caos. Y el caos —o el desorden, si se prefiere— es precisamente lo que caracteriza a las revoluciones. Burke desarrolló sus Reflexiones sobre la Revolución en Francia para desmitificar la heroica y el romanticismo que acompaña a los movimientos revolucionaros y exponerlos como lo que son: puro caos.
Que sean el caos significa lo siguiente: que el grupo de gente que conduce tales revoluciones actúa como pollo sin cabeza para derrocar el status quo sin tener la base necesaria para instaurar ellos uno nuevo y más deseable. Pero las revoluciones políticas son algo tan raro como indeseable, y por eso quiero centrarme en algo más concreto: las revoluciones en miniatura, que son las manifestaciones. Estas no provocan un terremoto como el de las revoluciones, y por eso son más inocuas. Pero lo que sucede entre los huecos de esas marabuntas nos ofrece un testimonio interesante de lo que es la esencia de las revoluciones. Porque como ellas, tienen su heroica, su violencia, su emoción, su valentía y su desorden.
No estoy intentando decir que, como las revoluciones son perversas, las manifestaciones también lo sean necesariamente. Hay momentos en los que no existe mejor medida de presión al alcance de los ciudadanos para detener las iniquidades de sus gobernantes. Pero también las revoluciones pueden encontrarse deseables en algunos casos extremos (aunque esto no vaya a evitar sus consecuencias negativas).
Revoluciones en miniatura
La cuestión es que las manifestaciones, como las revoluciones, se amparan en la lucha contra la injusticia y, como estas, provocan desorden. Como digo, son revoluciones en miniatura. ¿Pero qué ocurre con el desorden? Que es, en principio, mucho peor que la injusticia. Las casi cuatrocientas páginas de disertación de Burke sobre la Revolución Francesa fueron sintetizadas por Goethe en un simple aforismo que escribió con ocasión de lo mismo: «prefiero cometer una injusticia que soportar el desorden».
Yo creo que está claro que se pueden encontrar matices. Evitar un pequeño desorden nacional no justifica una injusticia de proporciones históricas: no se puede encerrar en la cárcel arbitrariamente a gente que porte tatuajes aunque se demuestre que son los causantes de nueve de cada diez desórdenes públicos soportables.
Pero está claro a lo que se refería Goethe: a la Revolución Francesa y la reacción, igualmente desordenada, de la contrarrevolución. La injusticia tiene que ser demasiado aberrante para justificar un pequeño desorden. El motivo lo explica Josep Pla magistralmente: «Tan injusta como pueda ser una injusticia determinada, aún hay algo más injusto, porque amenaza con extenderse fatalmente a un mayor número de personas, a una gran masa de inocentes. Se trata del desorden».
El desorden es peor que la injusticia porque es la injusticia sistemática. En medio del desorden puede suceder cualquier arbitrariedad, cualquier forma de iniquidad. Y no existe sólo el riesgo de que se justifique o de que no se castigue a los culpables, sino que tales actos pueden quedar ahogados en un mar de iniquidades en el que las unas solapen a las otras, mientras los ángeles de Dios tengan que recurrir al ábaco para contabilizar los estragos del pecado in situ.
Protesta y crimen
Como digo, las manifestaciones no son grandes revoluciones. Su desorden no es el completo caos, y por tanto tampoco someten al país a la arbitrariedad total. Pero sí lo hacen en sus márgenes, y amenazan siempre con expandirse. Véase lo que sucede en cualquier manifestación desordenada, en la que para ejercer una presión quizás merecida se inician enfrentamientos con la policía y se comienza a apostar por la violencia: la marabunta es incontrolable, nadie la lidera; unos quieren mantenerse pacíficos y otros comienzan a atentar, pero todos forman parte de lo mismo; la policía recibe golpes que no merece, y normalmente responde también con violencia a los manifestantes.
Algunos de ellos sí que lo merecen por cuanto han agredido primero, pero en medio del caos y la rabia no es posible seleccionar y pagan justos por pecadores. En la mayoría de casos, tanto las injusticias de los violentos ciudadanos como la respuesta desproporcionada o arbitraria de la policía será imposible de rastrear y quedará finalmente en el olvido. Y si ven el suficiente caos, los rufianes se infiltrarán para saquear comercios. No es un acto de protesta: es un robo. Pero nada se puede hacer contra ellos, porque ese pequeño territorio de protesta, mientras aguante, es un territorio sin ley.
Y cuanto más éxito tenga la movilización violenta, mayores serán las iniquidades que allí se produzcan. Para protestar contra una injusticia se permite que acontezcan decenas, cientos, o miles de ellas. Entre la multitud el individuo desaparece y pierde casi por completo su capacidad volitiva. En medio de la lucha es impotente, porque allí no hay nada más que una marabunta furiosa, ante la cual sólo se puede resistir con violencia.
Desorden y ley
Pero he dicho que el desorden es la injusticia sistemática. Podemos decir entonces que el desorden es lo opuesto a la Ley, aunque no sean antónimos directos. El desorden es lo opuesto a la Ley porque la mata. Si el desorden es indeseable es por las injusticias y arbitrariedades que produce; justo aquello que combate la Ley. Sucede entonces que aunque sea desproporcionado y contraproducente arreglar una injusticia a base de desorden, lo que nos presentan muchos Estados democráticos es una injusticia sistemática, o sea desorden. Eso sí, en un grado muy soportable para el desarrollo de la vida y la prosperidad. En esto siguen aventajando a la mayoría de autocracias contemporáneas. Pero no obstante su injusticia es también sistemática.
Como denunciaba Lord Acton respecto a la democracia ateniense, «el legislador está por encima de la ley». No existe eso que llaman imperio de la ley; lo que impera es el paquete de legislaciones fruto de la voluntad de la mayoría de turno. La mayoría, que son un grupo de hombres, y sus representantes, que son otro. Cada uno hace lo que le parece mientras respete —más o menos— ciertas normas también mayoritarias llamadas constitucionales (que no por esto dejan de ser legislación y no ley). Precisamente para cumplir con la agenda legislativa que demanda la mayoría pisotean y desvirtúan constantemente la Ley: ignoran principios de neutralidad, irretroactividad, igualdad, propiedad, ignorancia de los beneficiarios, etc. Lo que vulnera los principios generales del derecho no puede ser llamado ley.
Ley, legislación y legitimidad
La ley nunca es injusta; la legislación, sistemáticamente. Y que sea soportable no la hace menos injusta. Y si hemos dicho que el desorden es la injusticia sistemática, podemos decir que nuestros Estados son desordenados y arbitrarios. Las manifestaciones son desordenadas porque funcionan con arreglo al capricho de la masa. Las elecciones funcionan de la misma forma.
El problema de las manifestaciones es que no tienen ley. El problema mayor es que el Estado tampoco. Eso que llaman orden no es sino obediencia y sumisión, cosa distinta. Porque nadie tratará de ordenada una sociedad en la que todos obedezcan sin rechistar a su cabecilla si lo que este dicta es la violencia sistemática o la arbitrariedad, igual que no consideramos ordenada, que sí organizada, una manifestación violenta porque tenga quien la encabece.
¿Es legítimo el desorden para parar el desorden? Sólo puede justificar la violencia o el desorden la búsqueda de orden mayor —de la vuelta a la Ley—. Bajando a la actualidad, si el problema con la amnistía a los protagonistas del conflicto catalán es que es injusta, hay que condenarla y señalarla, pero si sirve para evitar desórdenes mayores no se debe recurrir al desorden para ir contra ella.
Orden y desorden
Si no obstante el problema es que desordena la administración, o sea que ahonda en la corrupción de la Ley por estar socavando los principios del derecho o vulnerando la división de poderes —que no separación, porque todos dependen de la mayoría— , entonces el ejecutivo se ha sobrepasad0. De tal manera que, como explicaba Locke, se ha revolucionado contra la nación y hay que restablecer el orden a su costa. ¿Con una nueva revolución? Eso no lo creo, porque la injusticia y el desorden será mucho mayor que el que ya produce la democracia, al menos por un tiempo.
Fíjense en que las manifestaciones alteradas consisten en una marabunta imposible de organizar. Es una pura anarquía donde puede ocurrir cualquier cosa. El problema social no es la violencia, sino la violencia generalizada. No es la injusticia, sino la injusticia sistemática. Si hay que restaurar la ley, no se puede conseguir vulnerando sus máximas. Simplemente porque quienes enseguida justifican esas medidas como excepcionales razonan igual que los burócratas a los que se pretende combatir.
Invirtiendo los papeles, la iniquidad será la misma. No puedo esperar ley y orden de quienes se desordenan más que el Estado. Pero tampoco puedo considerar a las fuerzas del Estado las garantes de la ley y el orden porque la injusticia del Estado es también sistemática. La legislación no es justa, es inicua; no es ley, es legal; los funcionarios que la defienden no son magistrados, son burócratas. Por sus iniquidades no tienen más legitimidad que la de soportarlos como mal menor. Su única alternativa con poder de acción en muchos casos demuestra ser la pura marabunta anárquica, la injusticia todavía más generalizada y dañina.
Traición al nombre de Ley
El Estado democrático y las manifestaciones violentas a veces demuestran ser muy parecidos. A ambos hay que decirles «no» en nombre de la Ley y el orden. Pero si con los medios pacíficos no se logra nada, ¿qué se pretende con la violencia? Se olvidan que estamos en democracia. Tal es lo que desea la mayoría, que siempre es lo más poderoso, y lo que vaya a ejercer la minoría violenta —o la exacta mitad del país, o la mayoría simple, lo mismo da— es más o menos lo mismo, si no mucho peor.
No hay poder que se resista a las masas, que son la mayor de las tiranías. Pero hay dos grandes masas en un país. Una se ha colado en las instituciones en virtud de la mayoría; la otra resiste en la calle. En cada disputa habrá quizás quien tenga la razón, pero los métodos son los mismos. Búsquese la Ley y el orden. Pero no se espere encontrar en la masa, sobre todo cuando está desatada y ningún poder se le resiste. Tampoco en los burócratas, sobre todo cuando están controlados. La receta que ambos ofrecen es la tiranía de ellos mismos. A la Ley, como a la libertad, todos la traicionan en su nombre. La solución a un mal actual puede venir de la violencia.
Pero precisamente para evitar que se convierta en un nuevo mal aún mayor se hace indeseable recurrir a ella. Haya manifestaciones o no, dictadura o democracia, violencia o tranquilidad —que no paz—, la llave siempre la tiene la mayoría o la cuasi-mayoría que milite con firmeza por su causa. Que esta sea la de la Ley y el orden es demasiado improbable. Y por eso la violencia casi nunca está justificada. Porque es la prueba de que quien la ejerce descuida a su prójimo de tal manera que no milita por la Ley sino por rehacer al país a su imagen y semejanza.
Ver también
Manifestaciones contra la libertad. (Alberto Illán Oviedo).
La política de las turbas. (Alberto Illán Oviedo).






