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El riesgo moral de Kate Moss

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El reciente despido de Kate Moss por parte de H&M, y otras firmas de moda, a causa de la foto publicada de esta modelo consumiendo cocaína en privado, pudiera contemplarse como ejemplo evidente de riesgo moral entre agente y principal, pero quizá las certezas sobre este asunto – considerando la libertad íntima de Moss por medio– no subsistan con tanta rotundidad.

La literatura económica dice que la relación de agencia se define como un contrato en el cual una persona (principal) recurre al servicio de otra (agente) para que cumpla una tarea en su nombre y provecho, lo que implica que el principal delegue en el agente parte de su actividad. Ambos, principal y agente, maximizan su utilidad individual; no obstante, para el caso que nos ocupa, no es fácil descubrir condiciones de asimetría informativa antes del contrato –pues era conocido en su profesión el agrado de Kate por las drogas– ni después del mismo, considerando tales antecedentes de nuevo expuestos por los medios de comunicación sin que las empresas contratantes pagaran cantidad alguna por investigar el oportunismo de la modelo. Es decir, ni selección adversa ni información oculta se presienten en este asunto.

Además es probable que aquí aparezcan incluso free-riders o usuarios gratuitos que se hayan beneficiado de la información que concluyó en despido. Ningún accionista, que se sepa, decidió costear una comprobación sobre Moss para después no podérsela cobrar al resto de los socios. Como la mayoría de los accionistas suelen pensar de ese modo, nadie practicó el control: los managers fueron los que ejercieron el poder real y decidieron la expulsión de Kate.

¿Luego, de quien deviene el oportunismo? ¿De la controvertida modelo o de los responsables que se atemorizaron ante la noticia y aseguraron sus puestos? ¿No será que el moral hazard debería cambiar de orientación y enfilar contra la actuación directiva? ¿No se han estado beneficiando hasta ahora estas compañías asociando la quebradiza belleza de la top-model con parte de su clientela, compuesta por jóvenes adolescentes en trance de iniciar voluntariamente ciertas experiencias iniciáticas en su vida?

Por otra parte, surge por enésima vez la falsa disyuntiva entre ocio privado y trabajo. Moss y sus excesos no fueron obstáculo para que cumpliera adecuadamente las condiciones de su contrato y no practicó en su asueto daño a terceros. No hubo posibilidad alguna para la disculpa de ella y el perdón de la empresa. Peor para todos. Es más: la táctica de la defenestración acaso anulará la estrategia de la marca. Numerosas consumidoras abandonarán tales productos, hastiadas por la sempiterna hipocresía entre vicio individual/virtud pública que se retroalimenta a sí misma y que acaba derrotando a otra mujer con éxito.

El puritanismo vacuo en los medios y la opinión pública consentidora encuentran tiempo suficiente en reprimir la libertad de hacer cada uno con su mente y su cuerpo lo que le venga en gana. Con seguridad la vida de Kate Moss no es estimulante para muchas personas, más se está emplazando con demasiada rapidez una omnipresente cámara oculta que enfocará severamente las acciones particulares de cualquiera de nosotros.

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