Skip to content

El separatista Naboulione Buonaparte

Compartir

Compartir en facebook
Compartir en linkedin
Compartir en twitter
Compartir en pinterest
Compartir en email

El pequeño corso Naboulione sentía un odio visceral hacia los franceses. Unos meses antes de venir al mundo, Córcega había sido vendida por la república de Génova a Francia como pago de una deuda a su aliada tras verse incapaz de sojuzgar a los ariscos isleños. Era el sino de esta isla. Durante su milenaria historia había sido gobernada por romanos, vándalos, sarracenos, pisanos, turcos, aragoneses, genoveses, para acabar finalmente en manos galas.

Sin embargo, antes de pasar definitivamente bajo soberanía francesa, Córcega, ante el menguante dominio final genovés, conoció un breve periodo de independencia entre 1755 y 1769 que dejó extasiado a todos los ilustrados del momento. Fue la primera revolución auténticamente burguesa de Europa contra el Antiguo Régimen que promulgó, antes incluso que los americanos, una constitución democrática. El héroe de aquella gesta emancipatoria fue Pasquale Paoli. Fue el ídolo indiscutible del joven Naboulione.

La familia Buonaparte era de origen toscano y llevaba más de dos siglos asentada en Córcega cuando se produjo su anexión a Francia. El padre de Naboulione, Carlo María Buonaparte, formaba parte de la aristocracia local con escasos recursos y participó activamente en la resistencia armada contra los nuevos invasores. Su esposa, Letizia Ramolino, también de sangre noble corsa pero con más posibles, contrajo matrimonio a los 14 años aportando una suculenta dote de 7.000 libras genovesas. Pese a las constantes luchas y huidas junto a su marido de los ocupantes, no cesó de parir y cuidar manu militari a sus trece hijos (de los cuales sólo sobrevivieron ocho, Naboulione entre ellos).

Las tropas coloniales de Luis XV sometieron al fin a los sublevados en la batalla de Ponte Nuovo imponiendo acto seguido las leyes y el idioma francés en toda la isla (la matriarca Letizia se negó a aprenderlo y no llegó a hablarlo jamás; menuda era la mamma). Con ello la independencia corsa quedó oficialmente finiquitada. Pese a aquella derrota, en el imaginario corso se forjó una aureola alrededor de su héroe independentista Pasquale Paoli, que huyó rumbo a Londres en espera de una mejor ocasión.

Con Carlo María Buonaparte, lo que se forjó, sin embargo, fue un cambio de estrategia en la aproximación a los nuevos gobernantes galos para ganarse su confianza. Fue tan diestro en dicho empeño que consiguió labrarse una buena posición política como representante real por Ajaccio. Más tarde obtendría sendas becas costeadas por el erario francés para la formación de sus dos hijos mayores: el primogénito Giuseppe (el futuro Pepe Botella) se haría seminarista y Naboulione, militar. Pese a ello, este último siguió cultivando una intensa galofobia y no perdonó a su padre -antiguo secretario personal de Paoli- la traición acomodaticia que perpetró contra la memoria de su sufrido pueblo.

Naboulione partió, pues, a los diez años hacia la Francia continental. Dicha marcha la vivió como una deportación. Antes de ingresar en la escuela militar de Brienne debió aprender francés en un colegio jesuita, pues lo único que sabía era su dialecto natal. Hasta su muerte hablaría la lengua de sus opresores con un marcado acento italiano. Simultaneó su instrucción militar (completada por su paso por la Academia militar del Campo de Marte en París) con sus compulsivas lecturas y posteriores escritos acerca de las costumbres de Córcega, su idioma, su lucha por la libertad y su autogobierno. Parecía antes un hombre de letras que un militar. Apenas tuvo amigos por su carácter intratable, marca de la casa que le acompañaría toda su vida.

A los veinte años hizo la promesa al venerable Abad Raynal de escribir un libro sobre la historia de la indomable Córcega. Su rencor hacia Francia por haber ahogado la libertad de su nación era enfermizo; algún día merecería vendetta aquel ultraje. Un mes antes de que estallara la Revolución escribió a Paoli que temía que se le echaran encima los funcionarios opresores que gobernaban su isla por las ácidas críticas que les dedicaba.

Muerto su padre y siendo ya un oficial de artillería, se trasladó intermitentemente a su añorada Córcega desde la metrópoli gracias a numerosas (y descaradas) bajas por enfermedad en su servicio activo y que el Estado opresor tuvo siempre a bien concederle. Parecía no importarle que Francia estuviera ya en guerra contra media Europa. Se puso inicialmente a disposición del caudillo nacionalista Paoli, convertido entonces en un federalista girondino por conveniencia del momento. Desde que se supo que Luis XVI estaba considerando ceder la soberanía de la isla de nuevo al gobierno de Génova, la secesión estaba en la mente de todo patriota corso que se preciara. En la fratricida lucha de las diversas facciones locales, el enardecido Naboulione se enemistó con todos, incluido el mismo Paoli. Ante sus repetidos fracasos por hacerse con el mando insular, el joven oficial se decantó finalmente por los afrancesados favorables a la Convención republicana. Se produjo su conversión paulina al jacobinismo.

El progresivo deterioro de las relaciones de la saga Buonaparte con los paolistas llevó al cabeza del clan, Naboulione, a hacerse mediante intrigas, sobornos y secuestro incluido de un comisario, con la jefatura militar de la isla obteniendo 522 votos de un censo total de 492 votantes.Como solución final, salió de Bastia hacia Ajaccio con la intención decortar por lo sano y ametrallar a sus antiguos camaradas, devenidos contrincantes. Fracasó miserablemente. Después de aquello tuvo que huir con toda su familia para escapar al saqueo de su casa y al linchamiento por parte de sus sañudos compatriotas. Se refugiaron en Marsella para no volver jamás a su país. Corría el año 1793 y acababa de rodar la cabeza del monarca francés. Nuestro iracundo personaje llevaba siete años y medio en el cuerpo militar francés, de los cuales había estado de baja por vacaciones o simulando enfermedad un total de cinco años completos para poder participar en todas sus aventuras corsas.

En aquella nueva etapa pudo reconducir su ambición (ejercer el mando). Logró llamar la atención del benjamín de los Robespierre y fue nombrado capitán en el 4° regimiento de artillería de Niza. A la sombra de su otro protector providencial, el vizconde de Barras, empezó a labrarse una prometedora carrera militar en el seno del ejército francés. Su éxito bélico durante el sitio de Tolón –principal puerto de la marina de guerra francesa en el Mediterráneo–, tomado por las tropas británicas, le hizo merecedor de los galones de general de brigada. Fue su gran arranque. Le había tocado en Tolón luchar en el bando francés dadas sus circunstancias vitales pero nada le hubiese impedido hacerlo en el contrario, caso de que su difunto padre hubiese decidido acompañar a Paoli en su primer exilio londinense. Naboulione se consideró durante mucho tiempo un condottiero moderno.

Los íntimos anhelos de este antiguo separatista corso se verían sobradamente colmados a través de su oportuno afrancesamiento y de los medios que le proporcionaría su nueva nación adoptiva. El "général Bouona", como le denominaba la soldadesca revolucionaria, no tuvo más principios que luchar por el poder y una fortuna que amasar. Vaya si lo consiguió. El resto de las peripecias de este tirano es historia y mitología a partes iguales.

Aún no hay comentarios, ¡añada su voz abajo!


Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos

La sátira en ‘El problema de los tres cuerpos’

Tener una amenaza creíble a 400 años de distancia sería el verdadero sueño dorado de un político. Cuatrocientos años de excusa para intervenir las vidas de la gente y decirles cómo tienen que hacer las cosas.

Red Hat, convirtiendo el free rider en free market

Red Hat no sólo desarrolla software, sino que mantiene el portal OpenSouce.com y desarrolla con el MIT Media Lab, AMD y otras empresas, el proyecto One Laptop per Child, para conseguir desarrollar un portátil de menos de 100 dólares que permita que todos los niños del mundo puedan tener acceso a un ordenador.