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Las dos Europas

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El ataque sistemático que muchos políticos y pensadores europeos están dirigiendo contra Angela Merkel y su aparentemente férrea defensa de la disciplina fiscal y el rigor monetario está dejando al descubierto las dos alternativas que existen del proyecto europeo.

No es cierto que la canciller alemana personifique de manera recta y coherente la cara más estricta de la moneda común. El euro, con sus ventajas e inconvenientes, no ha sido precisamente la moneda que debería o que se propuso ser en su fundación. En cualquier caso, Merkel trata de afianzar cierta tendencia, más próxima a la idea federativa que a la estrictamente unionista y redistributiva pura.

Quien defiende la austeridad fiscal es favorable a la corresponsabilidad de los Estados dentro de los pactos constitutivos de la moneda única. El euro fue concebido como una divisa internacional, y no como un instrumento al servicio de uno o varios de sus miembros para que pudieran manipularla a su antojo y según la necesidad coyuntural de sus gobernantes.

La muestra de que el proyecto resultó fallido desde el primer momento es que el euro ha sido, entre otras, una causa fundamental de esta crisis. Por lo tanto, no se trata de dejarlo como está, sino de avanzar hacia su consolidación. La cuestión es qué dirección tomar desde hoy: la federativa o la unionista.

Un euro federal se convertiría en una herramienta de control y disciplina para los Estados. Sometidos a unos máximos de déficit y deuda pública, los Estados deberán acomodar su estructura fiscal a los presupuestos que elaboren, siendo responsables externamente de la deriva de gasto que encaren sus cuentas públicas, así como de la intensidad con la que, internamente, decidan redistribuir la renta de sus ciudadanos. Estados en competencia bajo un patrón común, que no debe servir a las necesidades coyunturales de ninguno de ellos. Lo cierto es que el euro no ha permanecido en el pasado ajeno a tales "necesidades" particulares. De ahí que ahora la moneda común genere expectativas y pedimentos que en ningún caso debería satisfacer.

El Euro unionista, sin embargo, ahondaría en esta centralización monetaria destinada a estabilizar y rescatar Estados o Regiones enteras, según su coyuntura y sin la necesidad de que sus gobernantes se sometan al control del déficit y el límite de la deuda pública.

La España autonómica representa el mejor ejemplo de lo que supone realmente un sistema unionista de esta clase, donde no existe corresponsabilidad entre los entes autónomos partícipes. Quien defiende los eurobonos, o la monetización directa de la deuda de los Estados, ambas como soluciones alternativas a la acuciante exigencia de acometer reformas estructurales, liberalizaciones y reducción drástica del déficit y el endeudamiento, pretende también que en Europa se establezca la misma relación de dependencia interterritorial que ya existe dentro de países como el nuestro. Aquí, algunos ciudadanos están pagando más cara la financiación de los servicios que reciben de la administración central por culpa de esa perversa compensación que conlleva la existencia de la redistribución presupuestaria. Es más, no contentos con eso, muchas autonomías aspiran a que nuevamente a nivel nacional, si se vieran en la necesidad de acudir a los mercados financieros en busca de recursos adicionales para sufragar sus excesos presupuestario, tuvieran acceso a un título único de deuda que redistribuyera el coste financiero del más manirroto o insolvente hacia el más comedido y fiable. El Estado no sólo respondería en solitario de su propio déficit en relación con sus competencias, sino que además se convertiría en el parapeto para el déficit autonómico (con más intensidad con la que ya lo viene siendo). Todo esto permite la existencia de entes locales, o en su caso Estados, permanentemente quebrados y situados por encima de las posibilidades de sus respectivas economías.

El unionismo pretende por tanto, que los ciudadanos alemanes paguen más por financiar su déficit a costa de que españoles o griegos paguen algo menos. El resultado final sería catastrófico para todos, pero sus defensores quedarían inmediatamente complacidos ante el nacimiento de una suerte de Europa del Bienestar, donde el gobierno italiano, por ejemplo, se podría permitir con cargo a déficit presupuestario (inmediatamente monetizado por el BCE, o emitido a través de eurobonos), unos servicios sociales que sólo Alemania o los países nórdicos son realmente capaces de permitirse.

La Europa federal, sin embargo, equilibra la unión monetaria con la corresponsabilidad fiscal, lo que implica que los distintos gobernantes pierdan el poder para manipular y envilecer sus extintas divisas, asumiendo además la disciplina presupuestaria impuesta por los tratados. Sin excusa, la única manera de que baje el interés al que se financian en el mercado aquellos Estados que sean más manirrotos, será reducir su endeudamiento, es decir, no gastar por encima de sus ingresos fiscales. En una Europa federativa, y por tanto, corresponsable, los Estados también competirían por atraer inversiones, o al menos, no provocar la fuga o repulsión de capitales, todo ello mediante mercados más libres e impuestos bajos.

En vez de proponer la exportación de un modelo que ya ha resultado fallido en España, nuestros políticos deberían iniciar las negociaciones y reformas que hicieran que, no solo en Europa triunfase el federalismo, sino también, que a nivel nacional las autonomías pasarán a ser entes controlados y realmente responsables de su propia situación financiera. Así, aun admitiendo la existencia de determinados servicios redistributivos a nivel estatal (o comunitario), cada uno de sus componentes (Estados, comunidades autónomas o regiones, cualquiera que sea el caso), quedaría finalmente sometido a un orden competitivo federal y ascendente, al margen casi completamente de la tentación monetaria.

Con esta explicación se entiende además la pugna que existe entre el euro y el dólar por consolidar y extender el modelo que representa cada una de estas divisas. Un dólar unionista y redistributivo frente a un euro federal como auténtico patrón monetario. Los que pretenden para la moneda común europea una salida a la americana, son tan irresponsables como ingenuos. Ese sí que sería el final del euro.

Al hilo de este artículo, recomiendo la lectura de "En defensa del euro, un enfoque austriaco" del Profesor Jesús Huerta de Soto.

@JCHerran

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