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¿Reconsiderar la libertad?

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Las recientes reacciones contra un vídeo y unas caricaturas publicados en Estados Unidos y Francia, que los musulmanes del mundo entero consideran ofensivos, merecen una atenta reflexión sobre los enormes peligros que acechan a la libertad de expresión en el mundo.

Comencemos por repasar la cadena de acontecimientos. La subida a Internet de un vídeo satírico deliberadamente destinado a la mofa y befa de un personaje histórico como Mahoma, el principal profeta de los musulmanes, sirve como pretexto a unas hordas de fanáticos seguidores de esta religión para asaltar el consulado norteamericano en Benghazi y asesinar a su embajador y otras tres personas de esa legación diplomática en Libia. Durante los días siguientes, las embajadas de EEUU, Reino Unido y Alemania sufren ataques en Sudán y Túnez por parte de similares turbas que arguyen la misma justificación y responsabilizan a los gobiernos de tan representativos países occidentales de promover el antiislamismo.

Días más tarde, una revista satírica francesa, Charlie Hebdo, publica unas caricaturas sobre el mismo personaje que desatan nuevas protestas y amenazas, hasta ahora con un resultado incruento, pero que llevan al gobierno francés a adoptar medidas especiales de seguridad en todas sus embajadas y centros oficiales en veintidós países islámicos.

Desde el momento que se produjeron los crímenes, el debate sobre la naturaleza del vídeo y las caricaturas de marras no pasa de la anécdota frente a la monstruosidad cometida por aquellos que dicen sentirse indignados, ofendidos o damnificados por las burlas. Sin embargo, lejos de centrar la cuestión en lo intolerable de este tipo de atentados que tratan de justificarse como respuestas a una agresión equiparable anterior, la mayoría de los medios de comunicación occidentales tomaron partido por la causa de los supuestos humillados y comenzaron a lanzar mensajes desautorizando a los autores de esos documentales y revistas. Como si fuera su función juzgar los límites de la libertad de expresión. A este respecto, el gobierno norteamericano destacó por su renuncia a defender uno de los pilares fundamentales de su propia constitución. En lugar de aclarar los límites de su función,  presionó al servidor donde se encuentra colgado el vídeo para conseguir su retirada. Al mismo tiempo, no tardó en revelar la identidad del supuesto productor y relacionar aviesamente la revisión de su condena condicional por un delito de estafa -con interrogatorio sin detención por parte del FBI incluido- con una conducta para la que no existe una sanción penal. El gobierno socialista francés tampoco ha destacado por defender esa libertad de expresión, a pesar de una alusión a la misma de su ministro de asuntos exteriores.

Recuerdo la espontánea reacción de solidaridad que en 1989 desató la condena a muerte ("fatwa") por blasfemia dictada por el ayatollah Jomeini contra el autor de los "Versos satánicos", Salman Rushdie. Acaso fue la última vez que un ataque tan brutal a la libertad de expresión suscitaba un generalizado rechazo en las sociedades libres. Lo que entonces eran voces minoritarias de condena al "blasfemo" Rushdie han pasado a ser mayoritarias. Entonces, como ahora, los argumentos que se esgrimían son los mismos. Desde la perspectiva de la libertad de expresión, no cabe entrar en disquisiciones sobre si los vídeos y las caricaturas son subproductos de pésimo gusto frente a la calidad de una novela de un autor consagrado. ¿Qué ha cambiado? Que la agenda de la corrección política se ha configurado como la ideología dominante. El asesinato de Theo van Gogh y la posterior estigmatización de Ayaan Hirsi Ali ya demostraron que la claudicación frente al fanatismo religioso musulmán tenía una amplísima batería de propagandistas. En apenas treinta años, los llamados progresistas occidentales han convertido en tabú toda crítica acerva al Islam y amalgamado en su propaganda a los defensores de la libertad con posiciones de extrema derecha.

Nótese que los países occidentales, sometidos a gobiernos fuertemente intervencionistas y arbitristas, probablemente no han caído en el totalitarismo más absoluto debido, precisamente, a la existencia de espacios de libertad que se consideraban intocables. Así, la libertad de expresión, aun con excepciones, ha venido considerándose por los juristas de ambos lados del Atlántico como una precondición para el desarrollo de una sociedad libre. Con no pocas controversias dentro de la sociedad, dependiendo del sesgo de los supuestos agraviados, un brillante cuerpo doctrinal fue elaborándose en el Tribunal Supremo aplicando a casos particulares la primera enmienda de la Constitución norteamericana. La defensa de esa libertad, que, como una manifestación más de la libertad ideológica y religiosa, sostuviera John Stuart Mill, parecía no tener opositores serios hasta hace poco. Incluso con zonas más ambiguas, las convenciones europeas de derechos humanos y el pacto de derechos civiles y políticos, auspiciados por el Consejo de Europa y las Naciones Unidas, dejaron patente durante muchos años que existe una sustancial diferencia entre los regímenes políticos que respetan esos derechos y aquellos otros donde el gobierno o una mayoría impone una determinada visión del mundo y, por lo tanto, la censura de las opiniones discrepantes.

Pero hete aquí que de un tiempo a esta parte esas claras diferencias están desapareciendo aceleradamente. Durante un tiempo, la BBC británica presumió de una objetividad que incluso reconocían los críticos de una televisión estatal que se financia principalmente por un impuesto especial que pagan los propietarios de aparatos de televisión del Reino Unido. En sus programas podían contemplarse opiniones de muy distinto signo, a menudo discrepantes. Es por esto por lo que la semana pasada sentí un escalofrío al observar la cobertura informativa que su canal internacional daba a la publicación de las caricaturas de la revista francesa. Es cierto que recabaron la autodefensa que el editor de la publicación ofreció a los medios de comunicación sobre su derecho a hacerlo. Pero, en un salto cualitativo, además de unos comentarios del periodista que valoraba las caricaturas "incluso como ofensivas para los no musulmanes", presentaron un primer plano de la portada de la revista donde solo se podía ver su título con las caricaturas cubiertas. La BBC considera que no debe mostrar precisamente el contenido que suscita la controversia y lo censura. Lejos quedan los días de la presentación de los hechos para que los televidentes juzgaran según sus propias convicciones.

Para los que defendemos la libertad, este ejemplo sería anecdótico si solo afectara a la BBC. Sería un problema de sus telespectadores y los contribuyentes británicos soportar las peroratas políticamente correctas de tan conocido medio de comunicación. Lo trágico es que esa deriva está socavando insidiosamente los que parecían bastiones de la defensa de la libertad y pueden llegar a afectar a la judicatura. En las sociedades occidentales parecía asentada la idea de que el ejercicio de la libertad permite la tolerancia de críticas ácidas y burlas, por más que éstas sean de mal gusto o desagradables en opinión de sus destinatarios o un sector influyente. En ningún caso podían equipararse esas chanzas o críticas con un acto real de agresión merecedor de una respuesta defensiva. Ahora se imponen los dobles raseros para, al fin al cabo, reconsiderar el ejercicio de la libertad.

Un aspecto no menos preocupante de esa "comprensión" por sensibilidades tan incompatibles con la libertad guarda una relación proporcional con los desmanes y crímenes que son capaces de cometer quienes se proclaman afectados.

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