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Una llamada al optimismo ante las próximas elecciones generales

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Poco a poco los gobiernos, a pesar de que todo el poder nominal que acumulan no remitirá, irán quedando como molestos vestigios de una época felizmente superada.

No es extraño encontrarnos con muchos liberales que poco menos que vaticinan el apocalipsis tras el 26-J. Es cierto que el panorama, desde luego, no es alentador (no puede serlo cuando nos encontramos ante la perversa disyuntiva de la calamidad rajoyesca, con su carencia de todo principio salvo el del poder por el poder, por un lado, y la chusma podemita, con unos principios inspirados en varios de los episodios más oscuros del último siglo, por otro).

Pero si somos capaces de abstraernos del análisis politiquero del día a día, si logramos prescindir de la visión microscópica y si conseguimos adquirir algo de perspectiva, nos daremos cuenta de que esto que ahora nos parece el fin de los tiempos es una gota en el océano de la historia. Con independencia de quien se instale en La Moncloa en los próximos años —muy probablemente el PP, con o sin Rajoy—, sabemos dos cosas: que nada bueno hará y que lo que haga, aun siendo muy dañino para el cuerpo social, mal que bien permitirá un margen suficiente para que cada día vuelva a salir el sol: la fuerza del capitalismo, de la globalización y de las innovaciones disruptivas (en los próximos años se prevé, por ejemplo, una revolución educativa que dejará sin sentido el monopolio estatal en ese ámbito, piedra angular sobre la que el Estado ha edificado su legitimidad) es tal que poco a poco los gobiernos, a pesar de que todo el poder nominal que acumulan no remitirá, irán quedando como molestos vestigios de una época felizmente superada. 

No se trata de caer en la inconsciencia de pensar que el porvenir ya está escrito (preguntemos, si no, a los incautos venezolanos de 1998 si podían imaginarse que en 2016 se estarían matando literalmente por el papel higiénico), pero si es obligado reconocer que en el marco institucional de la Unión Europea que España disfruta —y padece en muchos casos—, con su Estado de Derecho —si se nos permite el oxímoron— y con sus derechos fundamentales —si es que tal cosa existe— garantizados por Estrasburgo —el lobo vigilando a las ovejas, pero en fin—, resulta harto complicado que todo pueda derrumbarse. Sin ir más lejos, ¿qué fue de Grecia? Antaño, apenas doce meses atrás, ocupando todas las portadas porque iba a dinamitar el euro y hoy sumida en la invisibilidad más absoluta, con ese azote de los mercados llamado Alexis Tsipras recortando las pensiones y el gasto público como si lo fueran a prohibir.

Juan Ramón Rallo decía recientemente, citando a James Buchanan, que si miramos al futuro no queda otra, ante el temor de todo tipo de amenazas políticas, que ser pesimistas; pero que si miramos al pasado, teniendo en cuenta de dónde venimos, es obligado ser optimistas. Y es que el director del Instituto traía a colación el caso precisamente de España: a finales de los años 70 el socialdemócrata Partido Socialista de Felipe González llevaba en su programa electoral nacionalizarlo todo, desde la banca a la industria; ahora, los comunistas podemitas reclaman a Marx y Engels como paladines de la socialdemocracia y han descafeinado de tal modo sus propuestas económicas en apenas dos años que difícilmente se pueden diferenciar de las del resto de partidos.

No olvidemos nunca el funcionamiento de las democracias, sistemas con un único incentivo para los políticos: llegar al poder y conservarlo. A eso se reduce todo. Para bien y para mal, no resulta sencillo darle al votante gato por liebre. Cierto es que el «mercado» electoral se presta a priori al engaño, la manipulación, la demagogia y el populismo. Pero mientras exista la posibilidad de seguir yendo —los que vayan— a las urnas cada cierto tiempo (escenario que cabe reputar como altamente previsible), los políticos apretarán, va de suyo, pero no ahogarán.

Y qué mejor modo, en ese sentido, de rematar este artículo que haciendo nuestras las palabras con las que el flamante Premio Juan de Mariana, Jesús Huerta de Soto, cerró su discurso de recepción en la Cena de Libertad el pasado 3 de junio: 

Que el proceso de cooperación social, a pesar del poder inmenso de seducción que tiene el Estado sobre el género humano, siga desenvolviéndose e, incluso, prosperando notablemente cuando se abre la puerta a la libertad en determinadas etapas históricas y zonas geográficas, es la prueba irrefutable de que a la larga el bien, representado por la propiedad privada, la libertad empresarial, la iniciativa individual y, sobre todo, los principios morales, siempre, con la ayuda de Dios, prevalece y es capaz de vencer al mal encarnado por la arrogancia fatal del ideal socialista y por el “destruccionismo” que caracteriza al Estado. Y es precisamente por esto por lo que debemos ser entusiastas y optimistas: porque en nuestra continua lucha por la libertad no estamos solos, sino que Dios nos acompaña con su misteriosa energía e inspiración.

Así sea.

1 Comentario

  1. Optimismo ante los ataques a
    Optimismo ante los ataques a la libertad y prosperidad de los españoles que realizarán los venideros gobiernos, con el tiempo, la libertad y la prosperidad se acabarán imponiendo y los míseros contemporáneos serán vistos como gotas de mala suerte en el mar de la historia. ¿Tú te lees?


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