León XIV y Rerum Novarum (VII): La relación Iglesia-Estado

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Aprovechando las recientes fiestas de Navidad y Epifanía, vamos, dentro de la serie que estamos planteando, a analizar una cuestión que puede, de primeras, resultar chocante, pero que, creo, ayuda a entender el fondo del planteamiento católico, sobre todo en relación con los papeles que deben jugar la Iglesia, por un lado, y el Estado, por el otro, en relación con la organización social y política de una sociedad ideal desde el punto de vista católico. Y, para ello, vamos a seguir el planteamiento de un filósofo ruso de la segunda mitad del siglo XIX, Vladimir Soloviev, quien en su Introducción de su “Rusia y la Iglesia Universal”[1], analiza el uso que de las herejías cristológicas trató de hacer el poder político bizantino medieval para tratar de apuntalar una organización político-social supuestamente cristiana, aunque sólo en el nombre.

Tras este aparente paréntesis -pero esencial para entender el fundamento de la concepción social y política católica – continuaremos, en entregas siguientes, confrontando los planteamientos de la Doctrina Social de la Iglesia con los planteamientos liberales.

Cristo como modelo también social

Tal y como recuerda Gerhard Ludwig Müller[2]: es cristiano quien se confiesa discípulo de Jesús y creen en Él como Hijo de Dios (Gál 2,16; Jn 6,29), la Palabra eterna hecha carne (Jn 1,14) y el Mesías prometido. Así, para los católicos es dogma de fe que Jesucristo es verdadero Dios e Hijo de Dios por esencia, habiendo asumido realmente un cuerpo -no de manera aparente- y un alma racional, ya que fue verdaderamente engendrado y nacido de la Santísima Virgen María[3].

Estas cuestiones, aparentemente alejadas de las cuestiones políticas, económicas y sociales objeto de esta serie de artículos, son esenciales pare entender el enfoque católico y la Doctrina Social de la Iglesia, aunque generalmente se olviden. Y es que, como señala Soloviev, “la verdad fundamental, la idea específica del cristianismo es la unión perfecta de lo divino y de lo humano, cumplida individualmente en Cristo y en vías de cumplirse socialmente en la humanidad cristiana, donde lo divino está representado por al Iglesia (concentrada en el pontificado supremo) y lo humano por el Estado”[4].

Así, para los católicos, la Iglesia, como sociedad de los fieles, es el cuerpo místico de Cristo, siendo Cristo su cabeza y habiendo sido instituida para continuar en todos los tiempos su obra salvadora[5], habiendo señalado Dios al hombre un fin último sobrenatural que consiste en la participación del conocimiento que Dios tiene de sí mismo, fin cuya consecuencia redunda en gloria sobrenatural para Dios y en dicha sobrenatural para el hombre, hallándose todo -también el fin natural del hombre- subordinado al fin sobrenatural, de forma que el orden natural no es más que un medio para conseguir dicho fin último sobrenatural, de forma que el hombre, por razón de su total dependencia de Dios, está obligado a procurar la consecución de su fin último sobrenatural. Así, si el hombre yerra en este propósito, no podrá conseguir tampoco el fin natural[6].

Es por ello por lo que, como señala Soloviev, tal íntima relación del Estado con la Iglesia supone el primado de esta, puesto que lo divino es anterior y superior a lo humano. Pero precisamente porque las herejías cristológicas del alto medievo atacaban la unidad perfecta de lo divino y lo humano en Jesucristo, se utilizaron por los emperadores bizantinos para destruir por la base el vínculo orgánico de la Iglesia con el Estado y atribuir así, a este último, una independencia absoluta, ya que dichos emperadores, recordemos, querían conservar, en la cristiandad, el absolutismo pagano[7].

Herejías cristológicas bizantinas

Así, las principales herejías bizantinas (las cristológicas conocidas como arrianismo, nestorianismo, monofisismo y monotelismo y la supuestamente litúrgica herejía iconoclasta), y el uso político hecho de ellas, ayudan a entender la forma correcta de interpretar la relación ideal de la Iglesia con el Estado y, con ello, los principios que deben regir la vida económica, política y social para los católicos.

A.- Arrianismo: Arrio (m. 336) enseñó que el Logos (entendido, con San Juan, como verdadera Persona, distinta de Dios Padre, pero también divina[8]) no unió consigo alma humana alguna sino únicamente un cuerpo sin alma, de forma que el principio de las manifestaciones de vida psíquica en Jesús no sería otro que el Logos[9]. Así, los emperadores Constancio o Valente simpatizaron con esta postura, ya que, si la naturaleza y la humanidad están separadas de la Divinidad, el Estado humano puede, a justo título, conservar su independencia y, en consecuencia, no se encontraría sometido a los principios y directrices de la Iglesia, pudiendo ostentar así, en palabras de Soloviev, una suerte de “supremacía absoluta”[10].

B.- Nestorianismo: Para Nestorio (m. 451), el hijo de la Virgen María es distinto del Hijo de Dios, existiendo, análogamente a como hay en Cristo dos naturalezas, también dos sujetos o personas distintas, vinculadas entre sí por una simple unidad accidental o moral, pudiéndose predicar, las propiedades humanas, sólo del hombre Cristo[11]. Esta herejía fue tomada por el emperador Teodosio II abajo su protección, haciendo todo lo posible para sostenerla, precisamente porque a partir de ella se pretendía concluir que el Estado humano es un cuerpo completo y absoluto, que sólo se encuentra en una relación exterior con la religión[12].

C.- Monofisismo (surgido en el siglo V): Se trata de una herejía surgida de la lucha contra el nestorianismo que acabamos de explicar, ya que sus seguidores (Eutiques y sus discípulos) enseñaban que en Cristo no había más que una sola persona y una única naturaleza, afirmando que Cristo constaba de dos naturalezas, pero no era en dos naturalezas[13], de forma que, para algunos de sus seguidores, la humanidad de Jesucristo se transformaba en la naturaleza divina o era absorbida por ella[14]. A pesar de suponer una reacción al planteamiento nestoriano, la conclusión que se derivaba de dicha herejía es similar, en el orden político: puesto que la humanidad de Cristo ya no existe, la encarnación es un hecho del pasado, y la naturaleza y el género humano quedan absolutamente fuera de la Divinidad, de forma que, como señala Soloviev, Cristo llevó a los cielos todo lo que le pertenecía, dejando la tierra al César. No es de extrañar, por tanto, que el mismo Teodosio II al que nos hemos referido más arriba, abandonase a los nestorianos y trasladase sus favores al monofisismo en boga, como fundamento ideológico de sus planteamientos políticos.

D.- Monotelismo (siglo VII): Derivado del monofisismo, los monotelitas proponían que en Cristo hay dos naturalezas, pero una sola voluntad, la divina, y un solo género de operación, de forma que la naturaleza humana no tiene otra significación que la de un instrumento sin voluntad en manos del Logos divino[15], cuando, para los católicos, cada una de las dos naturalezas en Cristo posee una propia voluntad física y una propia operación física, aunque exista unidad moral ya que la voluntad humana de Cristo se conforma, por libre subordinación, de manera perfectísima, con la voluntad divina. Se trató de una herejía sostenida por el Imperio durante más de 50 años, y se utilizó como fundamento para negar la libertad y las energías humanas, condenando al hombre al fatalismo y al quietismo. Dado que el hombre no tiene nada que hacer en la obra de salvación, ya que es Dios quien obra solo, el único camino es someterse pasivamente al hecho divino, representado en cuanto a lo espiritual por una Iglesia inmóvil y, en cuanto a lo temporal, por el poder sagrado del Emperador[16].

E.- Iconoclastia: En este caso no nos encontramos frente a una herejía cristológica, sino “litúrgica”, y que atenta contra el dogma católico según el cual es lícito y provechoso venerar las imágenes sagradas. Pues bien, ¿qué relación puede guardar dicha herejía con las cuestiones político-sociales de las que nos venimos ocupando? Según Soloviev -nacido cristiano ortodoxo, recordemos-, el movimiento iconoclasta, so pretexto de reforma ritual, quería trastornar el organismo social de la cristiandad, nada más y nada menos. En efecto, para la Iglesia, Jesucristo resucitado en la carne demostró que la existencia corporal no quedaba excluida de la unión divino-humana y que la objetividad exterior y sensible podía y debía convertirse en el instrumento real y en la imagen visible de la fuerza divina. De ahí que, combatiendo contra las imágenes, los emperadores bizantinos atacasen no sólo una costumbre -la veneración a las imágenes- sino la posibilidad de que la Divinidad tuviese expresión sensible, manifestación exterior, negando que la fuerza divina pueda emplear, en su acción, medios visibles y representativos; negando, en el fondo, a la Iglesia -ese “milagroso icono del cristianismo universal”, en palabras de Soloviev-, que no es sino un punto materialmente fijado, un centro de acción exterior y visible, una imagen y un instrumento del poder divino[17].

Y es que, como señala Soloviev:

Todos son uno en la Iglesia por la unidad de la jerarquía, la fe y los sacramentos; todos son unificados en el Estado cristiano por la justicia y la ley; todos deben ser uno en la caridad natural y en la libre cooperación. Estos trs modos, o, mejor dicho, tres grados de unidad, están indisolublemente ligados entre sí., Para imponer a las naciones, clases e individuos la solidaridad universal -el Reino de Dios-, el propio Estado cristiano debe creer en eso como en a verdad absoluta revelada por Dios mismo. Pero la revelación divina no puede dirigirse inmediatamente al Estado como tal, es decir, a la humanidad natural y extra-divina: Dios se ha revelado, ha confiado su verdad y su gracia a la humanidad elegida, santificada y organizada por Él mismo, es decir, la Iglesia. Para someter la humanidad a la justicia absoluta, el Estado (producto a su vez de las fuerzas humanas y de las circunstancias históricas) debe justificarse sometiéndose a la Iglesia que le suministra la sanción moral y religiosa y la base real de su obra. Es no menos evidente que la sociedad cristiana perfecta o unión profética, el reino del amor y de la libertad espiritual, supone la unión sacerdotal y real. Porque para que la verdad y la gracia divina puedan determinar completamente y transformar interiormente el ser moral de todos, es necesario que antes tengan fuerza objetiva en el mundo, que estén encarnadas en un hecho religioso y mantenidas por una acción legal, que existan como Iglesia y como Estado[18].

Conclusión

El repaso, en estas fiestas navideñas, de las principales herejías bizantinas y el uso que de ellas hizo el poder político ayuda, creo, a entender los fundamentos últimos del catolicismo, su importancia para el católico y cómo los mismos se manifiestan, o deberían manifestarse, en todos los ámbitos, también en el político y en el social, y, por supuesto, también en lo económico. De ahí el enfrentamiento latente, aunque escondido, de los planteamientos de la Doctrina Social de la Iglesia y del liberalismo, ya que ambas posturas parten de principios y fundamentos diversos, por mucho que, como hemos comentado en entregas anteriores, en la práctica no se manifiesten con la misma rotundidad.

De todo ello seguiremos hablando, tras este aparente paréntesis navideño, en las siguientes entregas.

Notas

[1] Soloviev, Vladimir, “Rusia y la Iglesia Universal”, 1889. Hemos utilizado la  edición de Amazon, traducida al español por el Instituto Santo Tomás de Aquino (Córdoba, Argentina, 1936), revisada y ampliada por Evgeny Shishkin y Camila Batista, 2021.  

[2] Müller, Gerhard Ludwig, “Dogmática. Teoría y práctica de teología”, Herder Editorial S.L., Barcelona, 2009, pág. 257.

[3] Ott,  Manual de teología dogmática”, Herder Editorial S.L., Barcelona, 1968, pág. 211 y ss.

[4] Soloviev, Vladimir, op. cit. Pág. 14.

[5] Ott, op. cit. págs. 411 y ss.

[6] Ott, op. cit. pág. 74

[7] Soloviev, op. cit. pág. 14.

[8] Ott, op. cit. págs. 110 y 111.

[9] Ott, op. cit. pág. 231.

[10] Soloviev, op. cit. pág. 15.

[11] Ott, op. cit. pág. 234.

[12] Soloviev, op. cit. pág. 15.

[13] Ott, op. cit. pág. 238.

[14] Como también explica Ott, op. cit. pág 238, existían, dentro de los monofisitas, otros que consideraban que en Cristo se producía una suerte fusión de las dos naturalezas en una tercera, y un tercer grupo enseñaba la composición de ambas naturalezas en forma semejante a como están unidos el cuerpo y el alma en el hombre.

[15] Ott, op. cit. pág. 240.

[16] Soloviev, op. cit., págs. 15 y 16.

[17] Soloviev, op. cit., págs. 16 y 17.

[18] Soloviev, op. cito, págs. 9 y 10.

Serie ‘León XIV y Rerum novarum: de la revolución industrial a la era digital’

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