La silenciosa resistencia del comercio global

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Si uno se limita a leer titulares, es fácil concluir que el comercio mundial vive al borde del abismo permanente. Amenazas de aranceles a derecha e izquierda, ruedas de prensa incendiarias por parte de los principales líderes mundiales, ultimátum a través redes sociales como X, discursos solemnes sobre el fin del orden liberal y la vuelta de las esferas de influencia, etc. Frente a este escenario, cualquier persona terminaría con la sensación de que la globalización está a punto de romperse en mil pedazos y de que la próxima crisis no será financiera ni energética, sino comercial, con las aduanas como trincheras y las potencias emergentes como víctimas colaterales.

Sin embargo, cuando uno deja de mirar el ruido y se asoma a los datos y a los comportamientos reales de empresas y gobiernos, aparece un cuadro bastante menos apocalíptico, y en cierto modo más interesante. La conclusión incómoda, para quienes viven del alarmismo, es que el comercio global está demostrando una capacidad de aguante notable frente a la política de titulares fáciles. Se resiente, se desvía, se encarece en algunos casos, pero no se derrumba. A pesar de la retórica, sigue habiendo una resistencia silenciosa que mantiene vivos los flujos de bienes y servicios entre países, incluso en un entorno donde las amenazas proteccionistas se han convertido en nuestro pan de cada día.

Basta repasar, con un mínimo de perspectiva, lo que llevamos de segundo mandato de Trump para entender esta tensión e incluso separación entre narrativa y realidad. El presidente norteamericano ha amagado varias veces con choques frontales contra otros grandes países y/o bloques comerciales, desde sus pulsos recurrentes con China hasta episodios increíbles como la insinuación de imponer aranceles a la Unión Europea por no ceder en cuestiones tan kafkianas como la anexión de Groenlandia. Ha amenazado con sanciones a quien comercie con Irán, a quien compre petróleo a Cuba, e incluso ha propuesto subidas arancelarias masivas a países que en teoría son socios. Sobre el papel, todo eso dibuja un escenario prácticamente bélico. Sin embargo, cuando uno observa qué ha pasado después, la imagen se matiza.

Las importaciones estadounidenses, que siguen siendo un componente fundamental de la demanda global, no se han desplomado ni mucho menos. Es cierto que, en los meses previos a algunas tandas de aranceles, se han registrado picos de compras de insumos adelantadas, conformados básicamente por empresas que aceleran la adquisición de insumos necesarios antes de la entrada en vigor de nuevos aranceles, pero esos vaivenes han sido siempre seguidos por normalizaciones posteriores. El patrón es reconocible: se anuncia un incremento arancelario, los mercados reaccionan adelantando operaciones, el comercio se reajusta y, pasado el susto, escenario comercial global vuelve a niveles razonablemente parecidos a los de antes, con algún bache pero lejos del colapso que muchos dan por hecho a cada momento.

El caso más evidente es el de China. La guerra arancelaria de la primera etapa de Trump ya dejó claro que poner trabas bilaterales no equivale en la práctica a la ruptura del comercio global, sino a su redirección, por costosa que sea. Buena parte de las exportaciones chinas a Estados Unidos se encarecieron o perdieron atractivo, y el flujo directo se contrajo de forma apreciable. Pero los huecos no quedaron vacíos, se llenaron en parte con exportaciones procedentes del sudeste asiático, de otros socios asiáticos con posiciones intermedias en la cadena de valor, e incluso con más presencia europea en determinados segmentos de bienes y servicios. Al mismo tiempo, socios como México o Canadá, lejos de amedrentarse por el fuego cruzado, han logrado mantener su cuota de exportaciones a EEUU o incluso reforzarla en algunos nichos de mercado.

En teoría, la Casa Blanca se propuso impedir que China sorteara los aranceles como siempre había hecho, es decir, utilizando terceros países como simple plataforma de reexpedición, y llegó a amenazar con gravar de manera muy agresiva lo que calificaba como “transbordos encubiertos”. En la práctica, más allá de algunos casos mediáticos, el grueso del comercio chino ha encontrado la forma de adaptarse, reconfigurando rutas, ajustando márgenes y repensando cadenas de suministro. Cuando se introduce fricción en un vínculo, los agentes económicos buscan alternativas; no siempre son eficientes, a veces elevan costes y precios, pero suelen ser suficientes para que el flujo comercial, aunque desviándose, no se interrumpa del todo.

Mientras tanto, a nivel global el sector servicios ha visto menos sobresaltadas sus exportaciones que los bienes finales. Es cierto que la tecnología (con el incremento masico de la inversión en IA) se ha convertido en uno de los campos de batalla más visibles, con restricciones a determinadas empresas, controles a la exportación de componentes sensibles -como los chips H200 de Nvidia- y un vocabulario nuevo en torno a la “seguridad económica”. Pero, por el momento, el grueso del comercio de servicios, desde el turismo hasta las consultorías, pasando por la educación o el software, se ha mostrado relativamente inmune al ruido político. No porque sea invulnerable, sino porque es menos visible a la opinión pública y porque cortar ese tipo de flujos exige sacrificar beneficios muy tangibles que pocos Estados están dispuestos a poner en riesgo de manera generalizada.

Todo esto invita a preguntarse si no hemos alcanzado ya una especie de “pico arancelario”, un punto a partir del cual la capacidad de nuevos anuncios para cambiar la realidad se reduce de manera drástica. Trump ha comprobado en varias ocasiones que cuando lleva el órdago demasiado lejos se encuentra con dos fuerzas que le hacen dar marchar atrás o, al menos, moderarse: la reacción de sus socios comerciales y la reacción de los mercados financieros, que no llevan bien los giros bruscos en política ni la volatilidad económica. Cada vez que se ha acercado demasiado a un choque frontal con otra potencia comercial importante, ha terminado reculando, suavizando la amenaza o aceptando algún tipo de salida negociada que le permita salvar la papeleta sin detonar una crisis real.

La escena se repite con variaciones: Washington lanza un globo sonda político, la contraparte responde con sus propias medidas o amenaza con ellas, las bolsas caen, las grandes empresas presionan para que no se vaya demasiado lejos, y, al cabo de unas semanas, el tono se rebaja.

En paralelo, en este escenario, otros actores geopolíticos aprovechan para ocupar espacio. El reciente acuerdo comercial entre la Unión Europea e India, por ejemplo, se ha anunciado quizás con algo de exceso de épica, como si fuera a cambiar de golpe el equilibrio geopolítico en Asia, pero al margen de todo lo demás deja un mensaje claro: no todo el mundo está siguiéndole el juego a EEUU, y entre las potencias intermedias hay una apuesta bastante nítida por mantener una agenda de apertura comercial, con ajustes, sí, pero lejos de una retirada general.

A nivel corporativo, de hecho, las amenazas de EUU en materia comercial se toman cada vez menos en serio. Encuestas recientes a directivos de multinacionales y de compañías exportadoras apuntan a que el miedo a una gran guerra comercial global ha remitido de forma notable respecto a los momentos de máxima tensión. Donde antes se veía el proteccionismo como el principal riesgo para la economía mundial, ahora aparecen por delante amenazas más duras: conflictos militares abiertos, crisis energéticas derivadas de sanciones, bloqueos en puntos estratégicos como el estrecho de Ormuz o el mar de China Meridional, la guerra en Ucrania o en las continuas tensiones geopolíticas en Oriente Próximo. El proteccionismo, sin desaparecer, se ha degradado en la lista de preocupaciones, no porque se haya vuelto benigno, sino porque el sistema ha demostrado cierta capacidad de metabolizarlo.

Principalmente, lo que ha cambiado es la naturaleza del miedo. Más que un pavor difuso a que se caiga el techo de la globalización, lo que hay ahora es una conciencia más clara de que habrá que convivir con un entorno volatil, donde las reglas pueden cambiar con poco aviso y donde las decisiones de inversión deben incorporar escenarios geopolíticos que antes se consideraban casi imposibles. En ese contexto, el comercio se defiende con instrumentos menos vistosos: diversificación de proveedores, aumento de stocks en segmentos críticos, contratos de largo plazo para asegurar suministros esenciales, etc.

La idea de fondo es sencilla, aunque a menudo se olvida en el debate público. El comercio internacional no es un elemento que se pueda destruir a la primera. Es un entramado vivo que se adapta, que se reconfigura, que se resiste a desaparecer porque detrás de cada contenedor, de cada contrato de servicios, hay intereses concretos que empujan a encontrar soluciones. Cuando se cierran unas puertas, se buscan otras. Cuando una ruta se encarece, se exploran alternativas. Esa capacidad de autocorrección y adaptación del mercado no es infinita, por supuesto; tiene costes, genera perdedores, agranda desigualdades entre quienes pueden adaptarse y quienes no. Pero existe, y explica por qué, a pesar de los discursos y amenazas proteccionistas, el comercio global no ha muerto del todo.

Sería ingenuo, no obstante, quedarse en este relato relativamente tranquilizador y concluir que todo va bien. Los riesgos de fondo, en algunos ámbitos, son más serios que hace una década. La tentación de utilizar determinados flujos y rutas comerciales como arma se ha extendido: exportaciones de minerales críticos, acceso a tecnologías de vanguardia, sistemas de pagos internacionales, sanciones financieras. En estos terrenos, los movimientos no son meros fuegos artificiales para consumo interno, sino decisiones con vocación de permanencia que pueden reordenar cadenas de suministro de manera profunda y duradera.

La pugna por el control de las materias primas necesarias para la transición energética, por ejemplo, se está librando con instrumentos mucho más sofisticados que un simple gravamen en frontera. Hay concursos por asegurar minas, refinerías, contratos de suministro a largo plazo o estándares de trazabilidad de origen de los insumos que pueden excluir a determinados actores geopolíticos de cadenas de valor globales de enorme importancia. Lo mismo ocurre con los microchips avanzados o con buena parte de la infraestructura digital. Aquí, la fragmentación sí puede dejar cicatrices difíciles de revertir si se consolida en bloques tecnológicos separados, con poca interoperabilidad entre ellos.

La cuestión interesante es que, incluso en este nivel más estratégico, la lógica de la interdependencia sigue actuando como freno parcial a las medidas proteccionistas. No es casualidad que, cada vez que se ha coqueteado con sanciones totales a grandes potencias energéticas o con desacoplamientos abruptos, se haya terminado optando por fórmulas muchísimo más matizadas. Hay un límite a lo que cualquier economía, por grande que sea, puede absorber sin generar daño a su propio tejido productivo. Y ese límite, de momento, ha preservado un núcleo de racionalidad en las decisiones, suficiente para que hablemos de erosión del multilateralismo, pero no de un derrumbe definitivo de la economía abierta.

Europa se mueve en medio de este paisaje con un cierto complejo de equilibrista. Por un lado, necesita proteger algunos sectores y algunas capacidades que considera estratégicas, desde la industria verde hasta los semiconductores, pasando por elementos críticos de la cadena agroalimentaria. Por otro, sabe que su prosperidad se basa, en buena medida, en seguir siendo uno de los nodos centrales de un comercio mundial denso. Entre el seguidismo de las pulsiones proteccionistas de Washington y la ingenuidad de un aperturismo sin contrapesos, la respuesta razonable parece estar en una autonomía estratégica abierta, es decir, en reforzar su capacidad de decisión propia sin renunciar a ser un actor profundamente integrado en el mercado global.

Para países como España, y para muchas de sus empresas, esta combinación de tensiones se traduce en algo muy concreto: hay que estar preparados para más ruido político sin que eso nos lleve a sobrerreaccionar. Pensar bien dónde tiene sentido diversificar riesgos y dónde, en cambio, sería una mala idea romper relaciones comerciales construidas durante décadas. Es decir, aprovechar los espacios que se abren cuando grandes actores se entretienen en sus guerras de titulares y descuidan mercados donde no están atentos. Y, sobre todo, no caer en la trampa de trasladar al debate interno una retórica de “sálvese quien pueda” que luego no se corresponde con la práctica real de los propios agentes económicos.

La “silenciosa resistencia del comercio global” tiene algo de prosaico y poco de heroico. No se celebra en cumbres, no da grandes discursos, no llena plazas. Se materializa cada día en camiones que cruzan fronteras, en barcos que entran y salen de puertos, en turistas que vuelan de un país a otro, en proveedores que negocian plazos y precios. Es un flujo constante que no se deja intimidar tan fácilmente por la frase fácil del político de turno, porque detrás de esos movimientos hay millones de decisiones individuales buscando oportunidades y evitando pérdidas.

Es probable que en los próximos años veamos más episodios de tensión, más amenazas, más gestos teatrales contra la globalización. También es probable que, mientras tanto, el mapa del comercio siga adaptándose sin estridencias, esquivando golpes, encontrando resquicios por donde seguir circulando. Conviene no confundir jamás la batalla por el relato con la realidad de los intercambios. La primera hace ruido, puntúa en encuestas y genera clics. La segunda, callada y obstinada, sigue siendo una de las pocas cosas que, con todas sus imperfecciones, nos hace objetivamente más ricos y menos vulnerables que si cada país se encerrase en sí mismo. Y, de momento, esa realidad resiste mejor de lo que muchos están dispuestos a admitir.

Álvaro Martín
Author: Álvaro Martín

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