Este 29 de enero de 2026 el presidente Milei y el jefe de gabinete Manuel Adorni firmaron el decreto que establece la obligatoriedad para todos los documentos oficiales de la administración pública nacional de llevar la leyenda “Año de la Grandeza Argentina”. ¿Cuál es el significado político detrás de esta frase?
No cabe duda que Javier Milei corrió para siempre el eje del relato sobre el cual giraba la politiquería barata de antaño. Pateando el tablero, contra viento, casta y marea, hizo trizas el cuentito socialista argentino (en su versión k-peronista) sobre estado presente y justicia social. La oposición no sabe qué hacer, simplemente porque está desnuda e inerme. Siempre lo estuvo, sólo que ahora la gente abrió los ojos y el relato que usaron durante décadas quedó en un cuento de hadas que se desvaneció.
La vieja política enfrenta ahora la era de las redes sociales en donde se hace evidente más que nunca que la verdad sale a la luz sola, y que la mentira necesita ayuda del gobierno. Y como el fenómeno Milei es mundial, en otros países (España, Francia, etc.) al temer despertares similares, ya están debatiendo regular las redes sociales para que los políticos en connivencia con el cuarto poder tradicional (periodistas a sobres) puedan mantener el statu quo.
Vieja política y cambio de paradigma
Durante las semanas previas a las elecciones legislativas del año pasado, se escuchaba preguntar en ciertos sectores ¿qué políticas? ¿cuáles son las propuestas del oficialismo? Si hay algo que quedó claro para la gran mayoría de los argentinos es que el paradigma cambió debido al corrimiento del discurso político. Ahora, el epicentro es la Libertad. Y, en este sentido los temas de discusión política orbitan sobre ella. La pregunta no debió ser esa, sino, ¿cuál es el norte? Y la respuesta del nuevo modelo argentino es bien clara. El norte es hacer a la Argentina el país más libre del mundo. No se necesita otra cosa. Siendo así, la consecuencia inexorable es un país próspero, rico y desarrollado. El país que todo argentino sueña.
Por lo tanto, no hay nada más concreto para potenciar a la Argentina que desregular y liberar la economía, y achicar el peso del estado. No existe otra forma, otro camino. Haciendo eso, luego dependerá del esfuerzo y sacrificio de cada uno de los ciudadanos y como diría Jefferson, su pursuit of happiness.
El resto es cuestión de dejar que el capitalismo, el ahorro y el trabajo duro dé sus frutos. Los capitales y las inversiones no van a llegar jamás si existe riesgo de retornar al modelo anterior (el ahora rebautizado riesgo kuka), el costo de contratar a una persona es elevado, o los impuestos son asfixiantes.
Por eso, para el argentino de bien, trabajador, despierto y que ya no cree en los cantos de sirena y relatos de la vieja política, ¡lo único que le puede ganar a una propuesta de Libertad es otra propuesta de mayor Libertad!
Así, la función empresarial, que es la innata capacidad creativa que poseen los seres humanos para detectar desajustes sociales y darse cuenta de nuevos medios y fines, proveerán las soluciones necesarias.
Los datos indican que cuando los países abrazan el capitalismo de libre mercado pueden crecer rápidamente, más aún cuando aprovechan tecnologías foráneas y permiten liberar la fuerza de la función empresarial. Tal es así que, al hacer esto, y alejarse del estatismo (o lo que comúnmente se llama socialismo) Inglaterra tardó 58 años en duplicar su riqueza a partir de 1780. Japón 34 años desde 1880, y Corea del Sur tan sólo 11 años desde 1980.
El Gen-A y la lección aprendida
Gran parte de la sociedad argentina ha comprendido que el país prospera y se desarrolla a pesar del estado, y no gracias al estado. La gente supo ver a tiempo los ejemplos más recientes de Cuba y Venezuela, que, sumada a la propia experiencia de décadas de estado presente, justicia social, subsidios y altos impuestos llevaron al país al borde de un abismo. Años de asistencialismo y estado presente han hecho arribar a los argentinos a similares conclusiones a las que llegó Peter Bauer en su conocido artículo Ayudas que matan.
Al argentino por naturaleza le gusta competir. Le gusta ganar. Siente euforia al agitar su bandera. El argentino tiene inscripto en su ADN un gen que provoca fuego en el corazón y que despierta una pasión admirada y envidiada al mismo tiempo en todo el mundo. Científicos, empresarios, escritores, médicos, deportistas, equipos, hinchadas y públicos que llenan estadios así lo demuestran.
Sólo hay que redireccionar esa creatividad y energía vital a los proyectos individuales de cada uno, al trabajo, a la empresa, al ahorro y a la inversión. Competir puertas adentro y afuera y los procesos voluntarios de cooperación social y orden espontáneo permitirán, a su turno, ir dando los pasos en la dirección correcta y abrazar la prosperidad. Años de creer que el colectivo es más importante que el individuo provocó la miseria de muchos y la riqueza de una casta política que aún hoy -incluso en prisión- dá sus últimos manotazos de ahogado.
Estos dos años que han pasado desde que asumió el gobierno de Javier Milei se ha puesto el foco en arreglar parte del calamitoso desastre provocado por décadas enteras de estado presente y su peor tumor, la justicia social. Falta mucho por hacer, pero sin dudas es la dirección correcta para liberar el potencial del país y hacer a Argentina grande otra vez.

