Como sabemos, la década de los años 70 vio el fin de la era de Bretton Woods, un período en el que -con alguna excepción- se vivió en un entorno de estabilidad monetaria y relativa baja inflación (además de bajo desempleo, alto crecimiento y aumento de las rentas en términos reales). Y es que se trató de una época en la que el sistema monetario internacional estaba anclado al oro, al precio de 35 dólares por onza, y con otras monedas sujetas con cambios fijos al dólar, que las anclaba indirectamente con el oro. En la actualidad, si bien no existe un patrón oro, el dólar ha seguido siendo la moneda de reserva mundial, y el precio de las materias primas -oro y plata incluidos- han venido referidos al dólar durante todo este tiempo, con un oro y una plata -dinero desde hace milenios- infravalorados -según muchos, artificialmente- en relación con el dólar y, en consecuencia, con el resto de monedas.
Durante los años 60, pareció, parecía -al menos así lo creyeron buena parte de sus políticos- que Estados Unidos podía permitirse la política de “Guns and Butter” (armas y mantequilla), de Lyndon B. Johnson, con la que se pretendía financiar, simultáneamente, el poder militar estadounidense (y la Guerra de Vietnam), junto con importantes programas sociales. Algo parecido a lo que parecen creer nuestros políticos actuales.
A principios del año 1965, el presidente Charles de Gaulle abogó por un retorno al patrón oro clásico, convirtiendo 150 millones de dólares de reservas en oro y anunciando planes para convertir otros 150 millones. Otros países, como España, hicieron lo mismo, convirtiendo 60 millones de sus propias reservas de dólares en oro. En la actualidad, son muchos los analistas que consideran que China lleva años aumentando sus reservas de metales preciosos -fundamentalmente oro-, y son muchos los países que han empezado a hacer lo mismo.
En el año 1967 se produje el cierre del Canal de Suez, durante la Guerra de los Seis días. En la actualidad estamos sufriendo, como consecuencia de la Guerra de Irán, el cierre del estrecho de Ormuz y, posiblemente, el cierre del estrecho de Bab al-Mandab, si así lo deciden los hutíes, motu proprio o por orden de Irán.
A finales de marzo de 1968, tras el colapso del London Gold Pool, se consideró que el oro debía moverse en un sistema de dos niveles: un precio de mercado determinado en Londres y el precio de 35 dólares por onza del sistema de Bretton Woods, lo que provocó presiones especulativas por razones evidentes. En la actualidad, los precios de los metales preciosos han dejado de fijarse exclusivamente en Nueva York, y existen importantes diferencias, por ejemplo en el mercado de la plata, entre las cotizaciones en el Shanghai Gold Exchange (SGE) y en el Comodity Exchange, y un importante foco de presiones especulativas ante los beneficios de arbitrar ambos precios.
En 1969, el Fondo Monetario Internacional, ante los problemas de supuesta “escasez de oro”, creó una nueva reserva internacional, los Derechos Especiales de Giro (o SDR, por sus siglas en inglés), que algunos bautizaron como “oro de papel”, y que, salvando todas las distancias, recuerdan a las actuales “stablecoins”, que no son sino criptomonedas diseñadas para mantener un valor constante, al estar emparejadas con una moneda fiat -o incluso con el oro-.
Durante los últimos años de la década de los sesenta y principios de los setenta, se vivieron, importantes tensiones en las principales economías (disturbios estudiantiles, protestas laborales, protestas contra la guerra, auge de la contracultura), que, de nuevo salvando las distancias, nos recuerdan mucho a movimientos y tensiones tanto en Estados Unidos como en otros países occidentales en la actualidad.
Además, también en aquella época se produjo un auge tecnológico muy importante, con el cual se empezaron a dar los pasos para generalizar el uso de los ordenadores, que recuerda al actual auge de la Inteligencia artificial.
En el año 1971, concretamente el 15 de agosto, el presidente Nixon presentó en la televisión, una nueva política económica, donde se imponía un arancel del 10 por ciento a las importaciones, además de controles a salarios y precios, y el cierre de la ventana del oro, y ello por cuanto, según sus palabras: “Estoy decidido a que el dólar americano no vuelva a ser rehén de los especuladores internacionales”. Se trató del anuncio de una política concebida en secreto y anunciada unilateralmente, sin consulta previa al resto de socios de Bretton Woods o al Fondo Monetario Internacional.
El Secretario del Tesoro, Connaly, de hecho, propuso poco después a los miembros del G10 una revaluación media de las monedas extranjeras del 11 por ciento y una devaluación del dólares del 10 por ciento frente al euro, lo que equivalía a un aumento de más del 20 por ciento del precio en dólares de las importaciones americanas, si bien los acuerdos posteriores llevaron a que el dólares se devaluase aproximadamente un 9 por ciento frente al oro, mientras que las principales monedas se revaluaron entre un 3 y un 8 por ciento frente al dólar, aunque con importantes excepciones, como Inglaterra y Francia. ¿Acaso no nos recuerda todo esto a los juegos de Trump con los aranceles hace apenas un año?
Menos de dos años después, en 1973, Estados Unidos se encontró en la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial, con caídas del PIB, aumentos del desempleo, una importante crisis petrolera, desplome de los mercados bursátiles y una inflación desbocada, que llevó a un descrédito del dólar que trató de corregirse mediante los acuerdos con Arabia Saudí, en el año 1974, para establecer el sistema de los “petrodólares”, mediante el cual el reino saudí aceptaba vender su petróleo exclusivamente en dólares y reinvertir las ganancias en deuda estadounidense a cambio de la protección militar y la asistencia técnica americana. Así y todo, Paul Volcker, presidente de la Reserva Federal desde 1979, decidió subir el tipo de los fondos federales hasta cerca del 20 por ciento en el año 1981, para conseguir bajar una inflación a poco más del 1 por ciento en 1986.
Los ciudadanos de Estados Unidos, y del mundo, cometieron el mismo error que habían cometido los alemanes en la Weimar de 1921, y fue centrarse en la subida de los precios sin tomar conciencia de que su moneda estaba colapsando. Lo llamativo no es sólo que los mismos errores lleven a iguales resultados, sino que, en el proceso, los aspectos más accidentales se parezcan también tanto. El problema es que el mundo de hoy no es el mundo de los años 70 (Irán, por ejemplo, pretende cambiar el petrodólar por el petroyuán), y eso, posiblemente, no nos ayude. Se mire como se mire, el futuro no pinta nada bien.
