Sobre el anarcocapitalismo (XV): intervención en Irán

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La política exterior, especialmente cuando se concreta en intervenciones violentas en otros países, bien para que modifiquen sus políticas, bien para cambiar su gobierno o bien para conquistar algún territorio, suele implicar un cambio radical de posiciones con respecto al Estado, tanto de izquierdistas como de derechistas, incluidos muchos libertarios.

Los izquierdistas acostumbran a pensar que una intervención estatal adecuada puede corregir la mayoría de los problemas sociales. Así, usando la coerción estatal —a través de impuestos, multas o sanciones penales— se podría crear una sociedad más igualitaria, garantizar precios bajos de los productos de consumo esenciales o educar correctamente a los jóvenes. El Estado solo tendría una cara, y esta es benéfica y bienintencionada, muy atenta a los problemas de la sociedad.

En la derecha, sobre todo en la libertaria, predomina el discurso contrario. El Estado es un ente invasivo y enemigo de las libertades, incapaz de gestionar correctamente sus propios asuntos y causante de fallos en la asignación de recursos debido a sus intervenciones, llevadas a cabo de forma interesada y sin ningún tipo de lógica económica. Existe cierto acuerdo en estos sectores en que el Estado es un ente a reducir o incluso a eliminar.

Pero todo cambia cuando se produce una guerra, especialmente si la promueven los Estados Unidos o alguno de sus aliados, como Israel, y mejor aún si se hace en nombre de la democracia o la libertad, aunque el atacado no suponga una amenaza inminente. El izquierdista intervencionista de repente ve la otra cara del Estado, la del monopolista de la violencia, que puede ser ejercida sobre otros Estados u otros colectivos —como narcos de otros países—, nunca sobre los propios, a quienes se les aplica un régimen legal mucho más garantista. Entonces, horrorizado, clama contra la no intervención del Estado en estos ámbitos, con argumentos muy semejantes a los del libertario. La intervención bélica no solo será fútil, sino que también causará consecuencias no previstas y, como no, solo servirá para atender a los intereses de los más poderosos.

A la inversa, el estatista verá en la cara pétrea del Estado un aliado imprescindible para conseguir los objetivos de libertad, mercados libres, democracia y dinero sano. Bombardear ciudades o infraestructuras críticas, con saldo de muertes inocentes, no solo será legítimo, sino que además permitirá alcanzar los objetivos previstos en la intervención: cambiar un régimen por otro y traer un gobierno mejor al país atacado.

La postura ancap es que ninguno de los dos tiene razón del todo ni está equivocado del todo. No hay nada especial en una intervención bélica, en el sentido de que se pretende modificar por la fuerza un estado de cosas para conducirlo a uno mejor. Es cierto que la situación actual no es buena, pero de ahí no se deduce que la nueva tenga que ser mejor. Si el precio del combustible está muy caro, por ejemplo, a causa de la guerra —algo que no parece buena cosa—, la intervención estatal para topar sus precios puede ser aún peor que la subida, dado que habrá desabastecimiento y colas que obligan a pagarlo en tiempo de espera, o mercados negros que lo encarecerán aún más.

Tampoco es probable que se consigan objetivos como democratizar a los persas, transformando sus hábitos políticos en los de Dinamarca. Parece como si el uso de la fuerza tuviese algún poder mágico para cambiar las costumbres de la gente, algo que muchos libertarios intervencionistas parecen olvidar. El caso de la guerra de Irán es un buen ejemplo para analizar la postura ancap, defendida por libertarios como Ron Paul o por conservadores como Tucker Carlson y otros miembros del movimiento MAGA, a la que se estaba aproximando el difunto Charlie Kirk, de quien los partidarios de la guerra parecen ahora no acordarse.

Ganar o perder una guerra no siempre es algo que pueda determinarse objetivamente y dependerá mucho de cuáles son los objetivos buscados al iniciarla. Incluso victorias militares contundentes e inapelables pueden dar lugar a derrotas posteriores en otros ámbitos, por los costes asumidos para alcanzarlas. De ahí el concepto de victoria pírrica, que es aquella que se consigue a costa de quedar muy debilitado. El viejo rey Pirro derrotó a los romanos a tal coste que quedó casi arruinado e imposibilitado para continuar la guerra.

Es en este sentido en el que me refiero cuando apunto que esta guerra no se puede ganar en los términos planteados al inicio, salvo que los americanos y los israelíes se retiren lo antes posible, algo que los americanos ya han insinuado. En este caso, lo que lograrán es que el daño no sea tan grande, pero precisan de alguna victoria simbólica que les permita una salida digna. Trump viene del mundo de la inversión inmobiliaria y sabe cuándo una inversión es mala y conviene retirarse antes de asumir aún más pérdidas, y este parece ser el caso. Pero el bien conocido problema de los “costes hundidos” —esto es, tratar de lograr algo, por pequeño que sea, que justifique el gasto incurrido— puede seguir operando, dado que la opinión pública norteamericana, no tanto la israelí, precisa de algún resultado ante el enorme gasto en que se está incurriendo.

En primer lugar, esta guerra está debilitando la posición americana y está mostrando a sus enemigos cuáles son las limitaciones del ejército estadounidense a la hora de combatir, al tiempo que está desgastando económicamente al país, ya con muchos problemas de deuda e inflación. El escenario es parecido al de los años de la guerra de Vietnam, en la que los Estados Unidos abandonaron la guerra, a pesar de no haber perdido una sola batalla, simplemente por los costes económicos que implicaba. Estos costes acabaron por forzar el abandono del vínculo entre el dólar y el oro, al no ser capaces de atender las demandas de redención que venían de todas partes tras agotar sus reservas.

Trump puede cometer el mismo error que está cometiendo Putin con una guerra de desgaste que no puede ganar, si por ganar se entiende conseguir los objetivos que se habían marcado al principio de la contienda. China parece estar aprovechando la ocasión y, simplemente con apoyar el esfuerzo bélico de Irán de tal forma que el conflicto se prolongue en el tiempo, ya está consiguiendo sus objetivos. La idea de que, dominado Irán, los americanos puedan impedir que el petróleo fluya hacia China es absurda, pues mientras estos cuenten con medios económicos suficientes nunca les faltará suministro, sea este directo o indirecto.

Tampoco el objetivo de un cambio de régimen en Irán, tras una supuesta e improbable “rendición incondicional”, es factible, al menos a corto plazo. Para que se dé esta rendición sería necesaria algún tipo de invasión terrestre que controle el país y deponga a los actuales dirigentes, algo que, debido a la distancia geográfica, requeriría una logística carísima y un despliegue enorme de tropas, que no escaparían sin bajas. Irán es un país muy grande en extensión y población.

En la línea de lo que ya hemos comentado en otras ocasiones sobre las virtudes de la descentralización, la defensa del territorio iraní está organizada en forma de mosaico, de tal forma que cada una de sus piezas tiene autonomía operativa y no depende completamente de las directrices del centro. Está diseñada para funcionar en caso de descabezamiento del régimen y habría que derrotarla una a una, sin que una hipotética rendición del centro impidiese que continuaran la guerra por su cuenta.

El resultado más probable sería una sucesión de guerras, algunas de ellas civiles, dada la diversidad étnica del país, con consecuencias globales, incluidas migraciones. Además, los ayatolás han entablado una hábil guerra económica que está afectando severamente a los pequeños emiratos del Golfo, hasta ahora centros financieros y turísticos, que ven cómo su negocio se resiente por la inestabilidad generada por el conflicto.

Un cambio de régimen hacia la democracia tampoco es factible a corto plazo, pues este tipo de sistema requiere un cambio previo en las costumbres políticas de la población: tolerancia hacia otras ideas, supresión de la violencia política explícita y aceptación tanto de la derrota como de la ausencia de represalias hacia el perdedor. Estos principios pueden adquirirse, pero requieren entrenamiento y tiempo; no pueden implantarse de forma inmediata.

Lo mismo ocurre con otros rasgos del régimen, como la situación de las mujeres, que no responde solo a las leyes, sino también a normas sociales más amplias del entorno, y que no son privativas de los persas. La adopción de formas democráticas suele producirse a través de un proceso lento y continuado de imitación institucional, no mediante decretos impuestos desde fuera. Lo hemos visto recientemente en Afganistán: en cuanto se retiraron las tropas, el sistema volvió a su estado anterior.

Una intervención con la idea de mejorar la situación de la población iraní solo podría justificarse si el resultado posterior fuese mejor que el actual, y esto no está en absoluto garantizado. En el mejor de los casos, lo que podría lograrse es una “chinificación” o una “turquización” de Irán: una autocracia relativamente blanda, más amigable con Israel y Estados Unidos, pero no una democracia liberal al estilo occidental.

Primero, porque no parece ser el estilo de Trump, que tiende a mantener en el poder a elementos “moderados” del antiguo régimen. Y segundo, porque una democracia construida únicamente por la fuerza rara vez es duradera, especialmente si no se corresponde con las costumbres nacionales.

La intervención estatal violenta puede lograr algunos objetivos a corto plazo, como ocurre en ocasiones con la intervención en los mercados, pero, al igual que en estos, suele derivar en consecuencias no deseadas. Esperemos que esta vez se aprenda la vieja lección que nos enseñaron autores austrolibertarios como Rothbard o Hoppe.

Serie ‘Sobre el anarcocapitalismo’

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