Socialista en el contenido, nacional(ista) en la forma

Tags :
Share This :

En todas las épocas, una de las principales víctimas de la estigmatización (legal o social) de cualquier objeto de estudio ha sido el conocimiento. En efecto, la execración ritual de determinadas figuras y sus obras (o en sentido inverso, la mitificación de otras) impide considerarlas por sí mismas y someterlas a un proceso de falsabilidad por parte de quién quiera aprender primero, para criticar y rebatir, si procede, después.

Continúa siendo un lugar común que el estudioso de una materia  se convierta en apologista de la misma, en lugar de someterla a escrutinio. Así, el arabista tendría una irrefrenable pulsión para ser un fervoroso defensor de las causas musulmanas y un estudioso del marxismo, un gramsciano o un seguidor del más reciente intelectual esloveno Slavoj Žižek. Antes al contrario. Aunque sea muy conveniente para muchos acomodaticios, pienso que un investigador que se precie debe mantener las distancias con las sirenas para no caer rendido a sus cánticos, o, dicho en términos (pos)modernos, identificarse con ellas.

Viene al caso este preámbulo para comprender determinadas situaciones y analizar el papel y los marcos mentales que guían a sus protagonistas. Veamos.

 En pocos casos se ha prolongado más la infravaloración de la influencia intelectual en el marxismo que con el georgiano Iósif Wissarionowicz Dżugaszwili, apodado más tarde como Stalin[1], o el Acerado, en español.

Acusado, una vez muerto en marzo de 1953, por su propio sucesor y camarada Nikita Khrushchev[2] de haber establecido un sistema político basado en el terror, el culto a su personalidad y el totalitarismo, la pirueta que protagonizaron los dirigentes soviéticos tuvo gran éxito. Básicamente, consistió en salvar al padre fundador del partido bolchevique y la Komintern, Vladimir Ilich Ulianov (Lenin)[3] buscando como chivos expiatorios, responsables de las purgas de miembros del partido[4], al propio Stalin y   colaboradores como Lavrenti Beria[5]. Sorprendentemente, otros como Gueorgui Malenkov, Viacheslav Mólotov (que dio nombre al pacto germano soviético de 1939, junto con su homólogo ministro de asuntos exteriores alemán Joachim Von Ribbentrop) o Lazar Kaganóvich fueron presentados como “víctimas” del Terror, al igual que el propio Khrushchev.

Esa “autocrítica” táctica contribuyó a caricaturizar a Stalin, soslayando su faceta como uno de los principales intelectuales marxistas. El ardid de presentarlo como contrario al leninismo fue asumido incluso por muchos anticomunistas. De ahí a hacer creer que tan despiadado dictador solo podía ser un patán, apenas alfabetizado, solo mediaba un paso. Y se dio. La asociación de ideas entre bruto y brutal tuvo un gran predicamento durante muchos años en el imaginario de muchos compañeros de viaje comunistas, pero también de detractores. Y, sin embargo, al contrario que su aliado y némesis sucesivamente, Adolf Hitler, sus estrategias y tácticas políticas para difundir y propagar la revolución bolchevique más allá de las fronteras del Imperio Ruso se prolongaron mucho más allá de su muerte.

En efecto, ya en 1913, urgido por Vladimir Ilich Ulianov, Stalin desarrolló la primigenia táctica[6]: “Si bien los socialistas deben apoyar el derecho de una nación a la autodeterminación para derrotar la opresión imperialista, deben oponerse con vehemencia a cualquier “autonomía nacional-cultural” que divida a la clase trabajadora por motivos étnicos”.

Sin embargo, el pensamiento marxista se caracteriza por el avance de la dialéctica[7], o, dicho de otro modo, la adaptación más descarnada del discurso político a la conveniencia del momento para la élite dirigente del partido[8]. Por encima de toda la retórica de ayer y de hoy, todo se supedita a conseguir y mantenerse en el poder. Así, en un discurso pronunciado (1925) en un encuentro de estudiantes de la Universidad Comunista de los obreros del Este[9], como secretario general del partido comunista, poco después de la muerte de Lenin, Stalin elabora una idea más astuta para captar apoyos entre los diversos pueblos del imperio ruso, a los que en gran medida sometieron los bolcheviques después de la Revolución de 1917 y la I Guerra Mundial:

“Proletaria (socialista) en su contenido, nacional en su forma: así es la cultura universal hacia la que avanza el socialismo. La cultura proletaria no suprime la cultura nacional, sino que le da contenido. Por otro lado, la cultura nacional no suprime la cultura proletaria, sino que le da forma (…) Quien no comprenda la diferencia fundamental entre estas dos situaciones jamás comprenderá ni el leninismo ni la esencia de la cuestión nacional”

¿Qué significaban todas estas disquisiciones en la práctica? Pues que el partido comunista dirigido férreamente por su cúpula (bajo el principio del centralismo democrático) se camuflaría con cualquier disfraz en su lucha por llegar al poder. El caso era copar cualquier movimiento político que se percibiera con potencial de subvertir el orden al que se enfrentaban los dirigentes comunistas. Y el llamado sentimiento nacional lo era. A la postre, sería exacerbado o perseguido, según el cálculo del momento. Tanto dentro, como fuera de la Unión Soviética. No obstante, la obediencia ciega a Moscú de los partidos comunistas -pertenecientes todos a la III Internacional – era la mejor muestra de la impostura del respeto a “las culturas nacionales”.

En última instancia, el hecho de que el partido bolchevique surgiera en Rusia comportaría la preponderancia de los dirigentes soviéticos de ese origen, por encima de la retórica del “internacionalismo y la cultura proletaria”. En aquellos países que quedaron bajo la órbita soviética después de la II Guerra Mundial, los estados nacionales no eran más que una cáscara del poder real, localizado en Moscú y en manos mayoritariamente rusas.

Esos clichés estalinistas fueron exportados a lo largo del orbe, obviamente. Agentes tan serviles como Dolores Ibárruri Gómez o José Díaz Ramos los trasplantaron a España, salvando las no menores diferencias con la Rusia soviética. Por ejemplo, en 1932, en Cataluña, y en 1935, en el País Vasco, los comunistas fundaron partidos en apariencia diferentes del español y dar pábulo a unos movimientos manipulables, entendían. Una línea que continuó con el ensayo de absorción del PSOE en Cataluña que dio en llamarse PSUC, a principios de la guerra civil española – un paso más delante en la estrategia de los frentes populares- el cual sustentaría al grupo principal de comunistas en la región hasta la implosión producida a finales de los años 80, con las escisiones, redenominaciones, refundaciones y coaliciones acaecidas desde entonces en la extrema izquierda española, en general.

La verdad es que durante años me ha interesado más escudriñar la telaraña urdida por el PSOE. Entre otras razones porque ha sido el partido del Poder, con mayúsculas, aquél que ha gobernado casi treinta años España desde la promulgación de la Constitución de 1978. Sin embargo, una vez constatado desde el giro posmoderno del imputado José Luís Rodríguez Zapatero, que esta minoría intransigente pretende asegurarse el poder omnímodo con una política de alianzas en los extremos ¿ Qué intereses o razones explican que una amalgama de partidos de extrema izquierda, así como separatistas vascos, catalanes y gallegos o incluso particularistas canarios, aragoneses, valencianos o cántabros se hayan prestado a hacer de comparsas del caudillo con pintas del PSOE en el gobierno central ?

A pesar de los graves escándalos que le afectan resulta imposible en este momento aunar una mayoría suficiente en el Congreso de los Diputados para destituir al jefe del gobierno mediante una moción de censura (Art. 113 CE). Al menos en apariencia. Ni siquiera para convocar elecciones generales de manera inmediata.

Como se ha apuntado, aquí confluyen diferentes factores. No se debe despreciar, por un lado, que los partidos de extrema izquierda se han visto reconfortados por la deriva del PSOE, que recuerda más que en la retórica a aquellos frentes populares auspiciados por la Internacional Comunista a las órdenes de Stalin. En la actualidad, comparten una red de intereses y negocios con partidos de la izquierda neocomunista y populista iberoamericana en el grupo de Puebla. Las conexiones con dictaduras como la venezolana y china forman parte del acervo común.

Muchos de los señuelos de enganche enarbolados (las leyes de excepción feministas, adoctrinamiento histórico, más tarde la descacharrante ley de autodeterminación de género o las “medidas sociales”) permiten distribuir subvenciones a grupos de presión existentes o en construcción. El banco de pruebas que supuso la telaraña andaluza les dio una experiencia práctica para gestionar la corrupción institucional con dos elementos claves: la creación de una administración paralela y el recurso a las trapacerías más burdas para vaciar de contenido la legalidad presupuestaria. Todo ello se traspasó en bloque a la Administración del Estado, como se comienza a ver con los casos de corrupción en fase de investigación o alguno ya juzgado.

A muchos analistas españoles les choca el entendimiento con Bildu, el partido separatista heredero de la ETA. No en vano un gobierno del PSOE contrató a mercenarios para aplicar a sus miembros la pena de muerte sin juicio previo, del mismo modo que la banda terrorista asesinaba a militantes socialistas, entre otros muchos objetivos. Sin embargo, olvidan que su nacionalismo convive y coexiste con la ideología marxista-leninista, un marco mental de análisis muy próximo, por su falta de escrúpulos al marxismo macarrónico recauchutado con Michel Foucault, Ernesto Laclau o Carl Schmitt del PSOE. Las contraprestaciones evidentes: la suelta acelerada  de los presos de la banda terrorista y un marco compartido de referencias políticas y  sociales y, veremos, si también de “negocios”. Con permiso del PNV, en este último punto, ya que, recordemos, el gobierno autónomo vasco es el fruto de una coalición con los socialistas.

Salvando las distancias, parecida podría ser la cercanía con Esquerra Republicana de Cataluña, que compite y coopera estrechamente con la sección catalana del PSOE. Decididamente desde los tiempos de Pascual Maragall, el PSC adopta la fórmula socialista en el contenido, nacionalista en la forma para asentar sus apoyos entre una población que envía a muchos diputados al Congreso de los Diputados español. En el caso de Junts Per Catalunya, la envolvente comunicada por emisarios como Santos Cerdán y José Luís Rodríguez Zapatero a quiénes dependen tanto de la Ley de Amnistia, les deja con poco margen. Intentan zafarse en algunas cuestiones, pero no quieren romper con quién les puede dar placeres inconfesables en secreto porque ha sustituido la Ley anual de Presupuestos por su voluntad.

¿Y los votantes? ¿No se dan cuenta de la trampa de la fórmula acuñada por el Acerado georgiano? El presidente del gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, les podrá contar lo que queda del Estatuto de Autonomía, el reparto de competencias e incluso las veleidades nacionalistas de PSOE en el archipiélago, cuando a un gobierno socialista central le urge imponer sus contenidos sobre las formas.


[1]  De “stal”, que significa acero en ruso y otras lenguas eslavas. Sin embargo, como recuerda Martin Amis en “Koba el terrible, la risa y los 20 millones”, el primer apodo que adoptó, con el que firmaba sus artículos, vino de la fascinación que le había suscitado en su juventud la novela Parricidio del escritor romántico georgiano Alexander Kazbegi. “Koba”, uno de sus principales protagonistas, es un bandolero que lucha contra los esbirros y las injusticias del zar en la Georgia del siglo XIX defendiendo a los campesinos pobres. Era absolutamente leal a sus amigos y despiadado con los traidores …   

[2] En su famoso Informe Secreto al XX Congreso del PCUS de 25 de febrero de 1956.

[3] En algunos pasajes se llega al colmo del ridículo: “Lenin nunca impuso por la fuerza sus puntos de vista a sus colaboradores“ o “Stalin se desvió del leninismo”. Han pasado los años y, curiosamente, el único culto que se mantiene de aquellos prebostes comunistas está dedicado a la momia de Lenin en su mausoleo de la Plaza Roja de Moscú.

[4] Esas denuncias evitaron mencionar las hambrunas provocadas por las colectivizaciones forzosas de la propiedad agraria, o el Holodomor en Ucrania provocado por ese factor y las confiscaciones masivas de cereales y ganado a los campesinos. Sí hizo referencia a deportaciones al Gulag de grupos nacionales, pero casi siempre en la medida que pudieron afectar a miembros del Partido Comunista. Obviamente en ningún momento se habló de genocidio.

[5] Al que se acusó, asimismo, de trabajar para el servicio secreto azerí, el Mussavat. Fue ejecutado en 1953 junto a Bogdán Kobúlov, Vladímir Dekanózov y Vsévolod Merkúlov. Se les definió como miembros de una “banda criminal” que operaba fuera de la ley del Partido.

[6] En “El marxismo y la cuestión nacional” escrita en 1913.

[7] Tendencia que posmodernos como Michel Foucault han llevado al paroxismo con la “polivalencia táctica de los discursos” en “Historia de la sexualidad, Volumen 1: La voluntad de saber”. Traducción al español de 1977 en Siglo XXI Editores.

[8] Para comprender el funcionamiento de estas manipulaciones, animo a leer las novelas “Animal Farm” y “1984” de George Orwell.

[9] Bajo el título de “Las tareas políticas de la Universidad de los Pueblos del Oriente” el 18 de mayo de 1925. En “Marxists Internet Archive”

Deja una respuesta