En este año 2026 se cumplen algunos aniversarios memorables. Uno de ellos, que está pasando bastante desapercibido, es el que se refiere a al fallecimiento del pensador británico-escocés David Hume (1711-1776), quien sacudió los cimientos de la filosofía al desarrollar un empirismo radical. Su objetivo no era tanto destruir la idea de conocimiento propia del racionalismo idealista y subjetivista, sino limpiarla de lo que él consideraba “fantasías metafísicas” que no tenían base en la realidad. Con Hume, la ética y la filosofía del Derecho y del Estado volvieron a enmarcarse en una filosofía general, pues llevó las implicaciones de su empirismo al ámbito de la moral, del derecho y hasta de la religión. Y la formulación de sus consecuencias en estos campos fue seguramente el propósito fundamental de su obra.
Si su filosofía general y su pensamiento político son considerados como de los más importantes de la Ilustración británica, su importancia como historiador no es menor. Fue el autor de una Historia de Inglaterra, iniciada en 1754, y aspiró a escribir una historia universal. Una historia famosa, que tiene la peculiaridad de estar escrita hacia atrás y fue la principal, si no la única, historia general del mundo británico durante dos siglos, hasta la aparición de la gigantesca obra de Churchill (1874-1965) Historia de los pueblos de lengua inglesa, escrita en los años 50 del siglo XX. También le dio una importante orientación para la formación de su pensamiento, pues sus estudios de la moral y de la política estuvieron muy influenciados por su visión de la historia, como les también le había sucedido a Maquiavelo (1469-1527) o a Juan de Mariana (1536-1624).
El empirismo de Hume
Hume parte de la crítica de la metafísica tradicional y pretende establecer «un sistema completo de las ciencias, edificándolo para que las ciencias pueden estar fundamentadas con plena seguridad». Para ello, consideraba necesario fundar y desarrollar una ciencia del hombre, fundamentando el saber desde la teoría de la naturaleza humana, siguiendo el ejemplo y método de las ciencias experimentales (física de Newton y química). Un estudio del hombre que aspiraba a abarcar y comprender el estudio y análisis del entendimiento y comportamiento humano. Estuvo muy influenciado por Newton (1642-1727), Locke (1632-1704) y Berkeley (1685-1753), y tuvo como gran enemigo teórico al racionalismo de Descartes (1596-1650).
Para el alemán Kant (1724-1804), fue Hume y su crítica al racionalismo quien le despertó del “sueño del dogmatismo” (el racionalismo idealista-subjetivista). El empirismo, recibido de la tradición de la escolástica franciscana en la que se situó Locke, fue llevado por Hume hasta sus últimas consecuencias. Para él, únicamente la experiencia, de suyo contingente y particular, permite inferir que la misma “causa” tendrá siempre el mismo “efecto”: la correlación entre “causa” y “efecto” es puramente fáctica, nunca racional. El hombre está seguro de que la causa existe por el hábito o la costumbre. Al ver la conjunción constante miles de veces, la mente genera una expectativa mecánica: que el sol saldrá mañana no procede de una certeza lógica absoluta (el principio de inducción es lógicamente indemostrable), sino porque la naturaleza humana se guía por la costumbre. La causalidad no es una ley objetiva del universo, sino una ley psicológica de la mente. El hábito o costumbre es la gran guía de la vida humana, no la razón.
Filósofos como Descartes basaron todo su sistema en el “pienso, luego existo”, defendiendo que el “yo” es una sustancia estable e idéntica a lo largo del tiempo, dirigido por la razón. Hume se miró a sí mismo y desmanteló esas ideas. Cuando se intenta conectar con el “yo”, siempre se tropieza con alguna percepción particular (calor, frío, amor, odio, dolor). Jamás puede captar a un “yo” aislado de esas percepciones. Y tampoco la conducta se establece desde la razón, pues no es ella la que da el criterio de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. La razón solo pone los medios para conseguir un fin deseado o evitar un mal indeseado. La razón guía a la voluntad, pero es ésta la que determina su tendencia o su aversión a algo. Es pues el principio de utilidad lo que hace que sea vicio lo que produce malestar y virtud lo que produce satisfacción. No es mediante la razón, sino mediante convenciones que los hombres establecen que es lo bueno y lo malo, y lo adoptan por cuanto les resulta útil.
Si en lo filosófico la crítica de Hume lleva a la negación de la metafísica, en la ética destruía los cimientos del Derecho Natural, pues éste deriva del uso apodíctico de los dictados de la razón. En su obra Investigación sobre los principios de la moral (1751), que él consideraba la mejor expresión de su filosofía, también rechazó el utilitarismo ramplón basado en el puro egoísmo de Hobbes (1588-1679) o D’Holbach (1723-1789), y su posterior desarrollo por Bentham (1748-1832). No es solo del egoísmo o del hedonismo de donde procede la moral, sino del conjunto de los sentimientos morales, como la simpatía y las demás virtudes.
El pensamiento político de David Hume
Su pensamiento es uno de los pilares del realismo político contemporáneo, del utilitarismo temprano y el conservadurismo filosófico. A diferencia de los pensadores de su época que buscaban justificar el origen del Estado mediante teorías abstractas o divinas, como el “contractualismo” Hume aplicó un enfoque empírico y escéptico: observar cómo se comportan los seres humanos en la realidad. Los tres ejes fundamentales de su filosofía política son:
– La crítica al concepto del “Contrato Social”: En su famoso ensayo Del contrato original, Hume desmontó la idea (defendida por Locke y Rousseau) de que los gobiernos nacen de un pacto o contrato social voluntario entre ciudadanos libres. La realidad histórica, argumenta Hume nos enseña que las sociedades pre-existen a los gobiernos y no hay que fundarlas, así como que casi todos los gobiernos que son o han sido en el mundo han nacido de la fuerza, la guerra, la conquista o la usurpación, nunca de un acuerdo pacífico. La obediencia a los gobiernos procede del hábito y la costumbre. La mayoría de las personas no obedecen a su gobierno porque hayan suscrito un contrato, sino por hábito, costumbre y educación. Se nace dentro de un Estado y se lo acepta porque es lo que se conoce y porque garantiza la paz.
– La Utilidad como Base de la Justicia y el Estado: Si el Estado no nace de un contrato ni del poder de dios o del derecho divino, ¿por qué debe ser obedecido? La respuesta de Hume es la utilidad pública, que deriva de la escasez y de la naturaleza humana. Para Hume, los seres humanos son egoístas por naturaleza, pero disponen también de una “generosidad limitada” (les importan ellos y su círculo cercano). Y eso sucede en un mundo en el que los bienes materiales son escasos. Por eso es por lo que se han inventado las leyes, para evitar el caos de la competencia por los recursos escasos. A esos efectos, la sociedad desarrolla de forma artificial tres leyes fundamentales: la estabilidad de la propiedad, la transferencia de propiedad por consentimiento (comercio) y el cumplimiento de las promesas (contratos). Por ello existe el gobierno, porque es útil. Su función principal es obligar a las personas a cumplir estas leyes de justicia a largo plazo, superando la tendencia natural a preferir el beneficio egoísta e inmediato.
– Conservadurismo Pragmático: Hume es un pensador profundamente pragmático que estimaba en mucho el valor del orden, pues la política no es una ciencia de principios abstractos o de derechos naturales, sino el arte de mantener la libertad, la propiedad, el orden y la justicia mediante instituciones que hayan demostrado ser útiles a lo largo del tiempo. Para él, lo fundamental es establecer el equilibrio entre libertad y autoridad. Es preferible un gobierno que funcione y mantenga la paz a uno perfecto sobre el papel, pero inestable y débil. Hume fue un firme enemigo de las utopías y desconfiaba de los reformadores radicales y de las “utopías” políticas. Cambiar un sistema político de golpe basándose en teorías abstractas suele terminar en tiranía o guerra civil. Para Hume, toda sociedad vive en una tensión constante entre la autoridad (necesaria para el orden) y la libertad (necesaria para el progreso). Aunque defendía las libertades civiles y el comercio, creía que el orden y la estabilidad debían priorizarse, ya que sin ellos la libertad es imposible. Una libertad en cuya defensa podía lucharse contra las tiranías, si bien con muchas cautelas, por los indicados riesgos de las revoluciones.
Afirma Dalmacio Negro, en su ensayo La filosofía liberal de David Hume, que en la búsqueda de esa política natural que permita establecer relaciones justas entre los hombres, Kant y los grandes idealistas alemanes, así como Burke, Bentham, Ricardo, Comte o Stuart Mill, por citar sólo algunos nombres, con todo lo que significan, son cada uno a su manera deudores del pensamiento de Hume.
Serie ‘Grandes filósofos’
(II) Platón y la política en Las leyes
