Inmigración: cuando el problema sí es que son hombres

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Pocas veces me toca admitirlo: esta vez el problema sí son los hombres. En tiempos donde se nos achaca casi cualquier mal social, resulta paradójico constatar una realidad que apenas se discute desde el feminismo hegemónico. Los flujos migratorios irregulares que llegan a las fronteras del sur de Europa, y que acaparan los titulares sobre delincuencia e inestabilidad, están integrados abrumadoramente por varones.

Está marcada predominancia masculina no es un artefacto propagandístico ni una percepción sesgada por las imágenes de la frontera de Ceuta o Canarias. Los datos de organismos internacionales como la OIM (DTM), ACNUR y el Mixed Migration Centre[1][2] confirman que las llegadas por las rutas del Mediterráneo Occidental y la Atlántica presentan una desproporción estructural. En estos trayectos, procedentes mayoritariamente de países como Marruecos, Argelia, Senegal, Malí, Gambia o Guinea, los varones representan entre el 80% y el 83% de las llegadas, mientras que las mujeres apenas alcanzan entre el 10% y el 12% de las personas registradas y de las solicitudes de asilo en primeros puntos de llegada.

Aun defendiendo la postura de fronteras abiertas, esta desproporción resulta profundamente problemática por dos razones fundamentales

1. Distorsión económica y selección adversa

Porque no responde a una tendencia “natural”. La migración, en esencia, constituye un movimiento de capital humano orientado a optimizar la asignación de recursos en el mercado laboral. Si bien existen motivaciones personales o de seguridad, el vector principal es económico. Sin embargo, el marcado sesgo masculino hacia Europa no responde a una demanda laboral específica, pues sectores altamente demandantes en sociedades envejecidas, como los cuidados de dependientes y ancianos,  suelen requerir mano de obra femenina. La exigua proporción de mujeres migrantes obedece más bien a patrones culturales restrictivos en los países de origen, a la selección adversa provocada por la peligrosidad de las rutas irregulares y a los incentivos perversos de las regulaciones fronterizas.

2. Ceguera ideológica y abandono de las mujeres

Resulta desconcertante el silencio del feminismo institucional ante este fenómeno. Yo sé que para el feminismo el problema no es el hombre, sino el hombre blanco heterosexual occidental y, si se puede, de derechas. Pero no me deja de sorprender como el movimiento que busca monopolizar la protección de las mujeres las deje así de abandonadas. Se denuncian con vehemencia las brechas de género en la alta dirección o en las carreras STEM, pero se ignora una disparidad demográfica radical que afecta tanto a las mujeres europeas como a las que quedan atrapadas en los países de origen sin posibilidad de emigrar. La omisión del debate sugiere una doble vara de medir ideológica donde la perspectiva de género se aplica solo cuando encaja en la narrativa política dominante. Pero no hay que descartar el aspecto biológico, que desarrollaré más adelante en el artículo, que nos invita a cuestionar cuan opuesta sería la reacción desde la izquierda y el feminismo si la migración estuviese constituida por mujeres jóvenes solteras.

El riesgo demográfico de los hombres jóvenes solteros

La literatura académica en criminología, sociología y psicología evolucionista (Hudson & Den Boer, 2004; Courtwright, 1996; Wilson & Daly, 1985; Pinker, 2011) [3][4][5][6] coincide en que los hombres jóvenes y solteros constituyen la franja poblacional con mayor propensión a la conducta violenta y al comportamiento de alto riesgo. Cuando la proporción de este grupo se dispara dentro de un entorno social, se desencadenan dinámicas de inestabilidad, delincuencia organizada y radicalización política.

La razón por lo que los hombres solteros son tan peligrosos tiene que ver con factores biológicos y socioeconómicos, no es tan sencillo como que tengan más testosterona y agresividad y por eso la gran mayoría de crimines son cometidos por hombres entre 15 y 30 años. Responde a un mecanismo de competencia por estatus y recursos. En condiciones demográficas equilibradas, la búsqueda de reputación masculina suele encauzarse hacia la inserción laboral, la cooperación y la formación de una familia. Sin embargo, ante una masa excedente de varones solteros con escasas perspectivas de integración social o matrimonial, los incentivos cambian: la búsqueda de estatus se redirige hacia la agresividad, la pertenencia a bandas y el desafío a la autoridad. Este exceso demográfico erosiona el control social informal que ejercen los adultos mayores y las instituciones tradicionales, relajando las barreras culturales frente al delito.

A su vez, la ausencia de mujeres debilita el mecanismo pacificador descrito por autores como Steven Pinker. Históricamente, la presencia femenina y la perspectiva del matrimonio han actuado como fuerzas civilizadoras, exigiendo a los varones abandonar la violencia competitiva a cambio de estabilidad y estatus social.         

¿Por qué son hombres? ¿O por qué son mujeres? ¿Efecto pacificador o ceguera ante el riesgo?

Este escenario plantea una interrogante profunda sobre la evolución institucional de Occidente. Es factible cuestionarse si la creciente influencia femenina en las instituciones públicas —que históricamente ha promovido valores de empatía, cooperación e inclusión, ha generado, en paralelo, una dificultad estructural para reconocer y gestionar amenazas físicas reales. Planteado sin sesgos ni consignas, cabe preguntarse si la cultura institucional contemporánea ha caído en una forma de tolerancia desmedida que invisibiliza los riesgos asociados a desequilibrios demográficos severos.            

La respuesta puede estar nuevamente en el matrimonio

El matrimonio es la institución que mejor apacigua a los hombres solteros, en diferentes momentos de la historia se ha visto una presión institucional y social hacia los hombres para que se casen y tengan hijos, en ocasiones para ganar estatus y poder, y en momentos más extremos para acceder a extensiones fiscales y derechos políticos y económicos. El matrimonio se ha utilizado también muchas veces como ritual para plantear la transición de niño a hombre y los hombres que no se casaban eran acusados de poco viriles, irresponsable o inservibles.

La institución matrimonial y la vida familiar no solo han servido para encauzar las pulsiones autodestructivas o violentas de los hombres solteros mediante exigencias de responsabilidad y virtud. También han ofrecido a hombres y mujeres un marco de realización personal donde canalizar sus dinámicas biológicas y sociales de manera constructiva.

En el contexto actual, donde la formación de parejas y familias jóvenes enfrenta barreras económicas y culturales complejas, resulta difícil prever el retorno espontáneo de presiones sociales hacia el matrimonio temprano. No obstante, la historia demuestra que las sociedades terminan desarrollando mecanismos de reajuste cuando los desequilibrios demográficos comprometen la seguridad y la cohesión social.


[1]Organización Internacional para las Migraciones. (2025). Women arriving in Europe by sea and land: 2025. Displacement Tracking Matrix. https://dtm.iom.int/reports/europe-women-arriving-europe-sea-and-land-2025.

[2] Mixed Migration Centre. (2025). Mixed movement dynamics on the Northwest Atlantic and Western Mediterranean route toward Spain [Informe]. https://mixedmigration.org/wp-content/uploads/2025/07/372_Mixed-movement-dynamics-on-the-Northwest-Atlantic-and-Western-Mediterranean-Route-toward-Spain-July-2025.pdf

[3] Pinker, S. (2011). The better angels of our nature: Why violence has declined. Viking

[4] Hudson, V. M., & Den Boer, A. M. (2004). Bare branches: security implications of Asia’s surplus male population (p. 329). Cambridge, MA: MIT press.

[5] Courtwright, D. T. (1996). Violent land: Single men and social disorder from the frontier to the inner city. In Violent Land. Harvard University Press.

[6] Wilson, M., & Daly, M. (1985). Competitiveness, risk taking, and violence: The young male syndrome. Ethology and sociobiology, 6(1), 59-73.

Miguél Solís
Author: Miguél Solís

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