Centros de datos: una oportunidad para construir una red eléctrica más fuerte

Tags :
Share This :

El Gobierno prepara un real decreto que pediría a los centros de datos cubrir el 80 % de su consumo con energía renovable en la misma hora en que esa energía se genera.  Un centro de este tipo pide mucha potencia y la quiere casi todas las horas del día y del año. Si la cuenta se hiciera en doce meses, bastaría con haber comprado suficientes renovables en el balance anual, aunque el sol y el viento hubieran llegado a mediodía y los servidores siguieran consumiendo de madrugada. Al pedir la misma hora, el borrador cierra ese desfase: en cada hora, la mayor parte de lo que el centro gasta tiene que estar produciéndose en ese momento.

Esa hora importa por la forma en que se porta la red, y para verlo hay que separar dos cosas que viajan juntas por la línea y se gobiernan de manera distinta. La potencia activa es la que hace el trabajo y la que aparece en el recibo. La potencia reactiva no se consume: va y vuelve en cada ciclo, y es la que sube o baja la tensión. La activa se equilibra en todo el sistema a la vez, y de ese equilibrio sale la frecuencia, que es la misma en toda la península. La reactiva, y con ella la tensión, es un asunto del tramo de red en el que uno está. Las reservas que corrigen un desajuste entre generación y demanda cuidan la frecuencia, de modo que una tensión que ya se ha ido demasiado arriba sigue alta aunque esas reservas actúen, y bajarla exige absorber reactiva allí donde sobra.

Una línea de alta tensión con poca corriente se porta como un condensador: fabrica reactiva y la tensión en el extremo crece, mientras que, cuando va bien cargada, la propia corriente se come esa reactiva y la tensión se queda cerca de la nominal. Una hora de poca demanda resulta así más difícil de gobernar que una hora punta. El 28 de abril de 2025 la península iba en ese régimen, con poco consumo, reactiva de sobra y pocas máquinas síncronas regulando la tensión. Esas máquinas son alternadores que giran a la velocidad de la red y, según se ajusten, generan o absorben reactiva, además de aportar inercia y una corriente de cortocircuito alta, que es la que impide que la tensión se hunda cuando hay un fallo. Aquel día la tensión subió, las protecciones de las plantas abrieron y la cascada dejó el sistema sin suministro, con la frecuencia cayendo cuando ese desarme ya iba en marcha.

Una planta renovable todavía no sujeta la tensión. El inversor que une los paneles con la red podría mover la reactiva según suba o baje el voltaje, y tiene más reactiva disponible cuanto menos activa produce, incluso de noche. Durante años la norma le pidió un factor de potencia fijo, esto es, una proporción constante entre activa y reactiva, sin mandato de corregir la tensión. Las resoluciones de 2025 y 2026 cambiaron esa regla. Aun así, un inversor que se limita a seguir la tensión que encuentra aporta poca corriente de cortocircuito, apenas por encima de la que ya da en funcionamiento normal, y necesita detrás una red que ya sea fuerte.  Sin eso, la energía renovable alimenta el consumo y deja la tensión en manos de lo que haya alrededor.

Ese matiz se cruza con el sitio donde hoy piden conexión los centros. Conectar una planta o un consumo grande exige capacidad de acceso en un nudo, y el nudo se da por saturado cuando esa capacidad se ha agotado. El techo puede ser térmico, si la línea no admite más corriente sin calentarse; de tensión, si al añadir generación o demanda el voltaje se sale de rango; o de fortaleza, si la red es tan débil que un fallo le hundiría la tensión y los inversores se quedarían sin referencia.

Un centro de datos colocado en un nudo lleno, comprando energía indistinta del mercado, tiene muy difícil enseñar que cada hora cumple la proporción renovable, porque la península no va así de renovable a todas las horas.

Fuera de España, parte de esta industria busca un caso más simple, el de una energía renovable que ya está hecha y a la que le falta quien la consuma. Paraguay lo enseña con Itaipú, la gran presa del Paraná que comparte con Brasil a partes iguales. Durante décadas su mitad le quedó grande, porque la demanda paraguaya no alcanzaba a absorberla, y el tratado de 1973 dispone que la energía que una parte no destina a su propio consumo se cede a la otra, a un precio fijado de antemano, en lugar de venderse a quien quiera comprarla. Año tras año, la electricidad que Paraguay no podía colocar en casa pasó a Brasil por esa cesión. Un centro de datos instalado en el país entra en la cuenta que el tratado llama consumo propio, de modo que la energía de los servidores deja de ser excedente entregado al vecino y se usa dentro de Paraguay. El centro aporta la demanda que esa presa no tenía. Desde la península, el ejemplo sirve para ver por qué estos proyectos miran también fuera: van donde hay renovable firme sin un consumo a su medida.

Aquí lo que sobra no es la mitad de una presa, sino generación variable, solar en las horas centrales y eólica cuando sopla, y sobra de una forma que ya hemos visto que es incómoda.

Los servidores no se pueden quedar en un nudo lleno cuando las plantas siguen en otro lado. Tienen que estar los dos en el mismo sitio.

En Paraguay la presa produce todas las horas, y al centro de datos le bastaba con ser la demanda que faltaba. Aquí la generación que a veces sobra no está siempre.  Las horas que el tiempo no cubre, y la estabilidad de la red, piden otra máquina: un ciclo combinado. Quema gas, mueve una turbina y con ella un alternador de los que giran con la red, de esos que dan cortocircuito, inercia y control de tensión, lo que un inversor por sí solo no garantiza. En las horas en que el sol o el viento sí bastan, ese alternador puede seguir girando sin la turbina y sujetar el nudo sin quemar gas. Por eso la generación, en España, tiene que incluir esos ciclos: la presa paraguaya no los necesita para estar ahí cada hora, y la península, con solar y eólica, sí.

Ese ciclo, la renovable, la red nueva y el centro de datos tienen que construirse juntos, porque cada pieza suelta vuelve al problema que ya está contado. La renovable, con el ciclo dentro, es la energía de las horas del centro y la que carga la línea cuando antes iba vacía. La línea y la subestación nuevas colocan esa generación y ese consumo en un tramo donde todavía hay sitio, en vez de encargarle el papel a un nudo de Madrid o de Aragón que ya no admite más. El centro de datos es la demanda que no se apaga, la que da sentido a tender la línea y la que impide que, una vez tendida, vuelva a pasar las horas difíciles casi parada. Si falta el centro de datos, el cable y las plantas buscan comprador lejos y la tensión del tramo depende otra vez de una línea ligera. Si falta la red nueva, centro de datos y plantas no comparten tramo: uno hace cola donde ya no hay acceso y las otras siguen evacuando por donde pueden. Si falta el ciclo, la noche y los días sin viento se quedan sin generación propia y el nudo sigue débil, así que los inversores no tienen detrás la red fuerte que necesitan. Cuando las tres salen a la vez, la línea de la zona lleva potencia en las horas frágiles, esa energía ya no cruza la península para encontrar cliente y el nudo, ahora fuerte, puede admitir más plantas renovables a las que hoy se niega la conexión por falta de fortaleza, con menos centrales encendidas lejos solo para sujetar la tensión.

El futuro pasa por integrar los centros de datos como una pieza nueva que fortalezca todo el sistema, no por debilitar la red que ya tenemos ni por parchearla para que aguante un consumo adicional que solo va a crecer. Un centro de datos construido con su generación, ciclos combinados incluidos, y con la línea y la subestación de una zona pensada para él, carga las horas frágiles, justifica esa red nueva y deja un nudo fuerte del que el resto de la península puede servirse. Enchufarlo donde el margen se acabó, o remendar las líneas que ya existen para hacerle un hueco, deja el sistema más expuesto.

Estamos en una época de cambio. La infraestructura que nos legaron a finales del siglo XX y principios del XXI ya no se va a poder exprimir más. Solo vamos a poder subirnos al tren de la inteligencia artificial concentrando grandes cantidades de capital en las pocas bazas que tenemos para participar en su explotación. No estamos en el mejor momento para algo así. Incluso podríamos decir que es imposible. Pero, citando a Matthew McConaughey en Interstellar, es necesario.

Deja una respuesta