Artemis II: por qué los nuevos “récords” de la NASA no son convincentes

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A mí también me gustó Artemis II, y sin embargo la propaganda de la NASA sigue sacándome de quicio. La cruda realidad es que en 1969 estábamos más avanzados de lo que estamos hoy. En aquel entonces, alunizábamos; hoy, apenas pasamos de largo. Se anunciaron a bombo y platillo los “récords” alcanzados porque la misión voló unos cuantos miles de kilómetros más lejos que entonces. 

El verdadero progreso en materia espacial se ha producido a través de los vuelos privados. Los costes del sistema SLS son más altos en lugar de más bajos, mientras que Musk ha reducido los costes de lanzamiento en más de un 90 %. El SLS sigue siendo un cohete desechable, como el Saturno V de la década de 1960.

El 14 de diciembre de 1972, los últimos seres humanos abandonaron la superficie de la Luna. Hizo falta más de medio siglo antes de que los astronautas volvieran a acercarse a la Luna, volando una vez más a sus proximidades. Para los teóricos de la conspiración que llevan mucho tiempo afirmando que los seis alunizajes entre 1969 y 1972 fueron un montaje realizado en un estudio de televisión, este paréntesis parecía una confirmación. Sin embargo, estas teorías han sido desmentidas hace tiempo y, en cualquier caso, los soviéticos habrían desenmascarado el engaño inmediatamente, en 1969.

¿Por qué este medio siglo perdido en materia de exploración espacial? En primer lugar, una vez que se decidió la carrera entre Estados Unidos y la Unión Soviética, no había ningún incentivo convincente para volver a la Luna. En segundo lugar, los esfuerzos espaciales liderados por el gobierno estadounidense en las décadas siguientes (que, en lo que respecta a los vuelos espaciales tripulados, han estado centrados en el programa del transbordador espacial) han resultado profundamente decepcionantes. De hecho, tras el fin del programa en 2011, Estados Unidos ya ni siquiera era capaz de enviar a sus propios astronautas a la Estación Espacial Internacional en cohetes estadounidenses y, en su lugar, dependía de la anticuada nave espacial Soyuz, de Rusia. Huelga decir que Moscú cobraba mucho dinero a Washington para aprovechar su monopolio en este tipo de operaciones.

El gran avance se ha producido gracias al auge de los vuelos espaciales genuinamente privados. Desde 2020, los cohetes estadounidenses han vuelto a llevar a astronautas estadounidenses a la órbita desde suelo estadounidense, esta vez en vehículos desarrollados y operados por la empresa privada SpaceX. Lo han hecho según su propio diseño y modelo de negocio, en lugar de asumiendo sistemas diseñados por el gobierno y construidos por contratistas bajo la estrecha dirección de la NASA.

La diferencia es espectacular. Los costes de lanzamiento se han reducido en torno a un 90 % en comparación con el transbordador espacial, sobre todo gracias a que Musk fue el primero en construir un cohete reutilizable. ¿Qué vendrá después? Sin duda, ya ha comenzado una nueva carrera hacia la Luna, esta vez disputada por Estados Unidos y China. La próxima, mucho más trascendental, también será entre estas dos potencias, y tiene que ver con la carrera hacia Marte.

Pero el prestigio nacional y el deseo de ser el primero no bastarán como motivación de largo plazo. Tras el alunizaje, se le preguntó a Wernher von Braun, el arquitecto jefe del Apolo, sobre el futuro de la exploración espacial. Su respuesta fue clara: los vuelos espaciales deben demostrar ser útiles, e incluso rentables, para la gente en la Tierra. Los proyectos espaciales, argumentó, “deberían, en última instancia, autofinanciarse”.

Sin incentivos económicos, los grandes pasos que deberíamos ver en el ámbito de la exploración espacial terminarán encallando. Y estos incentivos brillan por su ausencia, porque la cuestión de los derechos de propiedad en el ámbito espacial sigue sin resolverse. En virtud del Tratado del Espacio Ultraterrestre, los Estados tienen prohibido reclamar soberanía sobre los cuerpos celestes o su superficie. Determinar si esta restricción se aplica también a particulares y empresas sigue siendo objeto de debate entre los juristas especializados en derecho espacial, ya que el acuerdo no aborda explícitamente la cuestión. Sin embargo, sin propiedad privada, no existe ni el incentivo ni el marco financiero capaz de respaldar proyectos como la construcción de colonias o ciudades en la Luna o incluso en Marte. 

Elon Musk ha hablado de asentar a un millón de personas en Marte, pero incluso establecer un asentamiento de 1.000 o 10.000 personas sería inconcebible si se financiara únicamente con dinero de los contribuyentes. En la Tierra, los sistemas económicos sin propiedad privada nunca han tenido éxito. ¿Por qué iba a ser diferente en la Luna o en Marte? 

Entonces, ¿quién debería tener derecho a adquirir propiedad en el espacio? La respuesta es sencilla: aquellos que tengan los medios financieros para llegar a ella, desarrollarla y utilizarla. Si SpaceX logra llegar a Marte y comienza a construir asentamientos permanentes, la propiedad de la tierra debería recaer inicialmente en la empresa —no de todo el planeta, por supuesto, sino de un área manejable.

Un marco así también haría posible la obtención de la financiación necesaria para desarrollar este tipo de proyectos. SpaceX, por ejemplo, podría incluir terrenos marcianos en un fondo de inversión inmobiliaria, permitiendo que las fuerzas del mercado determinen su valor. Cualquiera podría convertirse en accionista.

El mismo principio aplica a industrias futuras, como la minería espacial, en particular en los asteroides. Si los cuerpos celestes no pertenecen a nadie —o, como sugieren algunos, a «toda la humanidad»—, entonces el espacio no se utilizará de forma más productiva que la Antártida, donde la ausencia de derechos de propiedad ha impedido en gran medida el desarrollo económico.

Debemos dejar de ver el espacio meramente como un objeto de curiosidad e investigación. Al igual que los satélites ya han transformado el entorno cercano a la Tierra en un ámbito económico, también debemos extender la actividad económica más allá en el espacio, haciendo realidad la visión que von Braun articuló hace más de medio siglo.

Rainer Zitelmann es el autor de “New Space Capitalism”

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