En 1902, en Barcelona, se publica Amor y pedagogía. Una obra no muy conocida de Miguel de Unamuno, una joya oculta, que bien podríamos considerar como su primera nivola, aunque no sea hasta Niebla (1914) cuando Unamuno, de manera provocadora, emplee por primera vez este término. En el año de la publicación, Unamuno ya era rector de la Universidad de Salamanca y las teorías positivistas estaban en auge.
En España, la influencia del pedagogismo de Spencer era evidente a través del krausismo y la Institución Libre de Enseñanza. Unamuno, por aquel entonces, ya se había desencantado del socialismo y se encontraba en plena desconfianza del positivismo y del cientificismo. En este sentido, Amor y pedagogía se nos presenta como una burla, una sátira, un ataque frontal contra el positivismo de Comte y la ingeniería social enmascarada tras la pedagogía y la idolatría de la Ciencia. Tanto es así que el fracaso de Avito Carrascal se convierte en un preludio de los fracasos de los grandes experimentos sociales del siglo XX y en una crítica potente a la sociología como religión de la masa y a cualquier intento planificador de la conducta humana.
Avito Carrascal, protagonista al inicio de la obra y agonista al final de la misma, es caricaturizado por Unamuno como una persona que ha renunciado a toda intuición y sentimiento con el objetivo de que «sea en él todo científico»[1]; «anda por mecánica, digiere por química y se hace cortar el traje por geometría proyectiva»[2] leemos en las primeras páginas del libro. Entusiasta de la Ciencia y del Progreso, Avito cree firmemente en aplicar las leyes de la mecánica al ser humano con el propósito de moldearlo a su gusto. Unamuno utiliza claramente a Avito para criticar la base del positivismo: la aplicación del método de las ciencias naturales al ser humano, a la acción humana. Una tentación deshumanizadora y peligrosa que, como sabemos, dio lugar —o, al menos, contribuyó intelectualmente— a los enormes colapsos económicos y sociales de todo el siglo pasado.
La obsesión de Avito por crear un genio —y su fatal resultado— constituye un claro ejemplo del error epistemológico del que décadas después nos advertiría Mises[3] con el desarrollo de la praxeología en su magnum opus La acción humana (1949). El odio a la naturaleza, al ser humano, a su «irracionalidad», como bien pone de manifiesto Unamuno, es lo que caracteriza en el fondo al cientificismo. «La naturaleza es una chapucería» dice Avito. Una clara misantropía y desconfianza hacia el hombre que hemos visto presente en todos los grandes movimientos colectivistas con ansias de imponer su visión correcta de las leyes del universo al resto de la sociedad y que no son otra cosa que fruto del estudio de la acción humana como si de una reacción química se tratase. Acompañando siempre a estas ideas un profundo desdén por lo supuestamente «desordenado» que revela su incapacidad para comprender la complejidad de cualquier orden espontáneo y de la naturaleza misma del ser humano.
En su empeño de crear un genio, Avito, que cree poseer toda la información y conocimiento necesario para llevar a cabo tal empresa, llega a tener la idea de planificar exhaustivamente la formación de su hijo Apolodoro siguiendo métodos pedagógicos estrictos y tratando de moldearlo de acuerdo a la Ciencia y la Razón. Sin embargo, tal intento acabará frustrándose trágicamente con el suicidio del desgraciado Apolodoro, desprovisto de todo amor —salvo el de su madre Marina a escondidas de su padre—, enfermo de pedagogía y convirtiéndose en genio abortado.
Unamuno, guiado por la defensa de la individualidad humana, ridiculiza de esta manera la idea de querer dirigir la conducta humana. Avito representa al gran arquitecto, ese planificador, ese ingeniero social, que pretende imponer un diseño y una vida a su hijo convencido de poseer toda la información necesaria, cayendo en la fatal arrogancia denunciada lucidamente por Hayek[4].
Si don Avito, mediante la pedagogía, quería construir un genio, el Estado, mediante la demagogia, pretende moldear ciudadanos. En el prólogo-epílogo de la obra, Unamuno criticaba la idea de la España de su época de «establecer por cuenta del Estado la pedagogía socialista»[5] y citaba, en este punto, las dudas que Santo Tomás de Aquino se planteaba sobre el derecho de bautizar a un niño contra la voluntad de sus padres. De esta forma, Unamuno mostraba ya cierto recelo y escepticismo de cualquier intento por parte del Estado de decidir sobre la educación y formación vital de los jóvenes.
Este escepticismo unamuniano adquiere especial relación con la actualidad, en la que estamos viendo el creciente interés estatal de dictar a qué espectáculos pueden ir o no los menores y de controlar el acceso a las redes sociales. Intentos, hay que decir, poco novedosos, que prefieren prohibir en vez de educar en responsabilidad como nos enseñaba Escohotado, creando, en consecuencia, sujetos frágiles —auténticos «Apolodoros»— desprovistos de herramientas para la vida.
En última instancia, la historia trágica de Avito Carrascal es la refutación de toda pretensión de organizar externa y deliberadamente la complejidad de la vida humana y de la sociedad. Unamuno nos advierte que la vida, en su inevitable «chapucería» y desorden, posee una sabiduría que la razón pura no puede dominar por completo. La obra de don Miguel nos recuerda que la vida misma es un proceso espontáneo de descubrimiento personal que ningún planificador, científico o pedagogo puede sustituir.
Carlos Fuentes Nevado
[1] Unamuno, M. (2019). Amor y pedagogía. (3ª ed.). Madrid: Alianza Editorial. p. 51.
[2] Unamuno, M. (2019). Amor y pedagogía. (3ª ed.). Madrid: Alianza Editorial. pp. 51-52.
[3] Mises, Ludwig von. La acción humana: tratado de economía. (15ª ed.). Madrid: Unión Editorial, 2023.
[4] Hayek, Friedrich A. La fatal arrogancia: los errores del socialismo. (4ª ed.). Madrid: Unión Editorial, 2020.
[5] Unamuno, M. (2019). Amor y pedagogía. (3ª ed.). Madrid: Alianza Editorial. p. 44.
Author: Carlos Fuentes Nevado
Estudiante de Economía e Historia en la Universidad de Salamanca, interesado en pensamiento político y liberalismo clásico.


