Gregorio Marañón: el liberalismo como conducta

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El liberalismo, más que una ideología o un programa político, es una actitud moral ante la vida pública, tal fue la convicción que sostuvo el Dr. Gregorio Marañón.

Gregorio Marañón y Posadillo (1887-1960) es uno de esos pensadores españoles del siglo XX que pertenece a la larga lista de intelectuales olvidados por el gran público. Médico de reconocido prestigio, miembro de hasta cinco reales academias, padre de la endocrinología española, autor de numerosos artículos y libros, y personaje fundamental para comprender el pensamiento político de su época; pero si algo hay que le caracterizó fue su carácter humanista, tolerante y, ante todo, liberal.

A pesar de ser una de las personalidades más relevantes e influyentes de su tiempo —fue médico de Alfonso XIII, compañero de los también eminentes científicos Fleming y Ehrlich, y retratado, en un mismo año, por Zuloaga, Sorolla y Benlliure—, Marañón sigue siendo ciertamente desconocido, y más aún su faceta liberal.

Pensamiento liberal en Marañón

El liberalismo de Marañón fue, sobre todo, una guía de conducta. Gregorio Marañón fue un liberal en estado puro: un defensor de la vida, de la democracia, de la individualidad y de la libertad. Una defensa de valores y principios que adquiere especial admiración en el contexto de aquellos años poco proclives a respetarlos.

En 1937, desde su exilio en Paris, escribió Liberalismo y comunismo, un ensayo en el que criticó fuertemente a las dictaduras, particularmente a la dictadura comunista-estalinista que consideraba la peor de ellas[1], y donde defendió el liberalismo como el único pensamiento político que respeta la vida y la libertad del individuo.

En este mismo texto, en forma de autocrítica, también analizó el papel que jugaron los liberales durante la violencia extrema en la que desencadenó la República. Según Marañón, no hubo una reacción enérgica por parte de los liberales contra la violencia, quedando sólo el enfrentamiento entre dos totalitarismos y perdiéndose la «tercera vía». Por otro lado, distinguió además dos tipos de liberales: los auténticos —aquellos fieles al humanismo y a la defensa de la libertad, y que, por consiguiente, son perseguidos en cualquier tiranía— y los daltónicos, aquellos que no supieron diagnosticar la realidad social y fueron incapaces de distinguir los matices reales de los bandos en conflicto.

El Dr. Marañón concluyó este ensayo con una idea profética, argumentando que el liberalismo, como fuerza política, había muerto para su generación: «Quedará por ahora [el liberalismo] solo como sentimiento de las almas… y brotará un día, cuando sea purificado de las inevitables dictaduras de hoy.»[2] De esta manera, en pleno periodo de entreguerras, se adelantó afirmando que las ideas liberales iban a quedar completamente despreciadas en Europa como, años después, se cumplió con la II Guerra Mundial, el nacionalsocialismo y otros grandes desastres sociales.

Otra gran obra de Marañón, quizá su mejor libro, son sus Ensayos liberales, publicados en 1946. Comienza este libro con su famosa definición de liberalismo: «Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y, segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta, y, por lo tanto, es mucho más que una política.»[3] Una definición de liberalismo, original y atemporal, que refleja la postura de Marañón ante la vida como una persona guiada por sus principios humanísticos y que entendía el liberalismo como una actitud coherente y tolerante, más que como una simple actividad política.

Esta definición, que puede ser objetada por reducir el liberalismo a una mera conducta la cual puede ser defendida —o debería serlo— por cualquier persona sin ser necesariamente liberal, no deja de mostrar el compromiso y la valentía de Gregorio Marañón para defender una visión liberal en un momento de efervescencia iliberal.

A lo largo de sus Ensayos liberales, Marañón hace también unas importantes reflexiones acerca de la relación entre libertad y responsabilidad. Argumenta que el ser humano, históricamente, ha renunciado a la libertad por miedo a la responsabilidad que conlleva, y defiende que la libertad sólo llega cuando se reviste de responsabilidad. Esta idea anticipa lo que años después desarrollaría Erich Fromm en El miedo a la libertad: la tendencia del individuo moderno a refugiarse en sistemas autoritarios para eludir el peso de la responsabilidad personal. Además de otras muchas reflexiones en este libro, critica también los nacionalismos los cuales «son, en el fondo, medicinas que dañan la individualidad y que solo debemos desear que desaparezcan.»[4]

Marañón en su tiempo

Gregorio Marañón, coherente con su defensa de la libertad, fue un gran crítico de la dictadura de Miguel Primo de Rivera hasta el punto de ser encarcelado durante un mes por acusaciones de conspirar contra el régimen y tras haber apoyado públicamente a su amigo Miguel de Unamuno tras su destierro y cese como rector de la Universidad de Salamanca por criticar, él también, la dictadura. Esta trayectoria revela que su liberalismo no fue oportunista ni circunstancial. Fue incómodo en todas las épocas porque no se alineó plenamente con ningún poder.

Es conocido el apoyo que Gregorio Marañón mostró a la II República en sus inicios, llegando, incluso, a fundar la famosa Agrupación al Servicio de la República junto a Pérez de Ayala y su gran amigo Ortega y Gasset. Sin embargo, a pesar de su apoyo inicial, fue muy crítico con la deriva republicana y no dudó en condenar el totalitarismo al que acabó dando lugar.

Tras su regreso a España en 1942, aunque convivió con el franquismo, jamás lo alabó. De hecho, su popular cigarral en Toledo permaneció embargado hasta 1947 y su labor académica no fue retomada hasta finales de la década de los cuarenta.

En sus últimos años, Marañón reavivó sus críticas al régimen y tras la revuelta estudiantil de 1956, encabezó, junto a Menéndez Pidal, una serie de manifiestos que denunciaban la situación política y solicitaban el regreso de los exiliados[5]. Poco más adelante, en 1958, en una de sus últimas entrevistas públicas a un diario mexicano, afirmó que España se encontraba en un momento sumamente crítico y que deseaba una España libre.

En tiempos en que el liberalismo es atacado con frecuencia reduciéndolo a una etiqueta simplemente económica o política, la figura de Marañón recuerda que el liberalismo es algo mucho más profundo y sustantivo. Ser liberal, para él, era una forma de estar en el mundo y de convivir.

Gregorio Marañón ha sido uno de los grandes pensadores liberales de la historia de España. En palabras de Miguel Artola: «La mayor aportación política de Marañón fue sin duda haber levantado la bandera del liberalismo, de la libertad, en una época en que pocos o ninguno podían hacerlo». Por ello, no debemos olvidarlo ni a él ni a su defensa del liberalismo como guía y conducta.


[1] Pérez-Carro y Fole, M. A. (2024). Gregorio Marañón: La encrucijada de un liberal. (Tesis Doctoral). Universidad Complutense de Madrid.

[2] Marañón, G. (1937). Liberalismo y comunismo. Revue de Paris.

[3] Marañón, G. (1946). Ensayos liberales. Buenos Aires: Editorial Espasa-Calpe (Colección Austral), Prólogo.

[4] Ibid., p. 87.

[5] Antonio López Vega y Gregorio Marañón y Bertrán de Lis, “Marañón: un liberal en la dictadura,” El Mundo.

Carlos Fuentes Nevado
Author: Carlos Fuentes Nevado

Estudiante de Economía e Historia en la Universidad de Salamanca, interesado en pensamiento político y liberalismo clásico.

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