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Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXIX): Sobre la guerra en Ucrania (III)

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He leído un supuesto documento estratégico del gobierno ruso en el que se describen los objetivos que pretenden alcanzar con la invasión de Ucrania. Dado que parecen haber renunciado a sus objetivos originarios, “desnazificar” Ucrania e impedir la occidentalización de la misma impidiendo su entrada en la OTAN, parece que sus aspiraciones máximas pasan a ser las de controlar la costa del Mar Negro hasta conseguir la unión con el territorio no reconocido de Trandsnistria (algún día habrá que detenerse un poco en esta forma de estatalidad). Esto es. el objetivo ruso parece ser el de integrar a la Federación Rusa territorios poblados por hablantes de ruso o por gentes de cultura rusa. Este tipo de objetivos parecía algo totalmente natural a finales del siglo XIX y buena parte del siglo XX. Debido a las doctrinas de la geopolítica tan en boga en aquellos años, en el imaginario político se producía una suerte de identificación entre poderío político y económico y la cantidad de espacio que un determinado Estado podía controlar.

Si esto ha sido lo natural hasta ahora ¿en que consistiría el problema? Básicamente en que la posesión de tierra en poco afecta al buen desempeño de los estados modernos. El territorio es, en efecto, unos de los rasgos definidores del Estado moderno, tanto en lo que se refiere los recursos que posee como en la capacidad de proyectar poder en el ámbito de las relaciones internacionales, de tal forma que disponer de grandes extensiones territoriales era visto como uno de los rasgos que podrían garantizar la supervivencia de los Estados modernos.

Por ejemplo a Rusia se le presume fuerza simplemente porque es muy grande y cuenta con grandes cantidades de recursos energéticos y mineros, mientras que a muchos Estados europeos se les presume debilidad, simplemente porque son de pequeñas dimensiones y a pesar de que algunos de ellos, Andorra, por ejemplo, se cuentan entre los más antiguos del mundo.  Pero Rusia, a pesar de su gran extensión, sólo cuenta con un PIB global poco superior al español e inferior al Italiano y su debilidad se está poniendo cada vez más de manifiesto en la actual guerra con Ucrania, lo que parece mostrar más debilidad que fortaleza. Analicemos pues los nuevos escenarios espaciales y su relevancia a la hora de explicar el éxito o el fracaso económico de las naciones .

Lo primero es recordar que el concepto de espacio de control de los Estados se ha alterado sustancialmente en los últimos decenios. A los tradicionales dominios de tierra, mar y aire habría que sumar la capacidad de dominio primero del espacio exterior y segundo la del ciberespacio, que si bien tiene cierta base física ya opera al margen del tradicional territorio estatal, como bien saben los usuarios de criptomonedas y otros artefactos de los tiempos modernos en los que vivimos. Incluso para la seguridad y defensa estatal o privada son nuevos dominios en los que operar. Países como Estonia, además de sus ejércitos convencionales, fían cada vez más su defensa a herramientas de ataque y defensa en el ciberespacio. Estas modificaciones en el espacio están afectando sustancialmente a la propia definición de estatalidad y relativizando, por tanto, el papel que el territorio físico juega a la hora de entender el fenómeno estatal.

Putin no parece haberlo entendido bien. Quizás porque es de otra generación o quizás porque los modelos espaciales en los que se apoya siguen anclados en visiones antiguas de la geografía política al estilo de los grandes espacios de Carl Schmitt. Y como no lo ha entendido bien, actúa en consecuencia con los viejos parámetros. Busca proyectar fuerza a través del espacio y parece que ahogar geográficamente a la maltrecha Ucrania. Quiere, al viejo estilo, controlar los territorios que entiende tradicionalmente rusos y cerrar el Mar Negro a las exportaciones ucranianas. También, como buen geopolítico decimonónico, aborrece el enclave y busca unir bajo el estado ruso todas las poblaciones emparentadas, y recupera conceptos como los de corredor para integrar a la Tradsnistria. La imaginación espacial de los mapas sigue a jugar un papel relevante por desgracia en la política espacial, y más si se le suma que uno de los principales mentores de Putin (desconozco cual es su relación actual) no es otro que Alexander Dugin, con sus teorías euroasiáticas y sus cuartas teorías políticas. Este autor es uno de los geopolíticos clásicos más destacados de la actualidad centra sus doctrinas en el control del espacio físico, haciendo uso de determinismos geográficos tanto del espacio ruso como del europeo. El problema es que no entra o no quiere entrar en los nuevos dominios espaciales y esto lastra la visión estratégica del estado ruso y conduce a desastres como los actuales.

Analizaremos en primer lugar los cambios que se perciben en el espacio geográfico actual derivados de la globalización, que aunque maltrecha sigue a operar en buena medida. El fenómeno de la mundialización económica, esto es, la libre circulación de mercancías, capitales y personas, ha permitido a muchos Estados modernos florecer y prosperar económicamente sin necesidad de contar con grandes territorios sometidos a su jurisdicción. Es decir muchos estados pueden permanecer pequeños y aún así disponer de todos los recursos del mundo a cambio de los bienes y servicios que estos producen.

El fenómeno de las ciudades globales podría ser un buen ejemplo. Teorizadas por geógrafos como Parag Khanna  en su Conectografía o Christophe Guilluy  en No society (es su título en castellano), son grandes ciudades que viven en buena medida al margen delos territorios que las rodean. Las relaciones entre estas grandes urbes son más frecuentes y dinámicas entre sí que entre ellas y sus hinterlands. También las comunicaciones y las telecomunicaciones son muchas veces más fáciles. Pensemos por ejemplo en un habitante de Madrid o París que quiera visitar una pequeña localidad en el Bierzo o en el Bearn. Les es mucho más fácil y a veces más barato ir de una metrópolis a otra que viajar a su propio país. Y muchas veces lleva también menos tiempo. Estas grandes urbes consumen recursos de sus territorios, claro está, pero muchas veces sus importaciones lo son a nivel mundial. Un habitante de Londres no recurre para la mayoría de sus consumos a los recursos de la campiña inglesa y uno de Singapur, ni eso. El habitante de esta ciudad-estado adquiere prácticamente todo lo que necesita en los mercados mundiales. En definitiva, no requiere de un espacio propio bajo su soberanía para subsistir. Mucho me temo también que estas metrópolis consideran a sus espacios estatales casi como una especie de carga que tienen que soportar, en el sentido de que los valores políticos, culturales y económicos de ambos espacios difieren. Elecciones como el Brexit o la elección de Trump resultaron sorprendentes porque muchos urbanitas se dieron cuenta de que las poblaciones de sus estados no comparten sus mismos valores.

Con esto, lo que pretendemos transmitir es que la idea del territorio o el gran territorio como clave de la “fuerza económica” de un estado ha perdido mucha virtualidad. Disponer de grandes espacios, por muy dotados de recursos que estén, no garantiza casi nada a día de hoy si no hay una adecuada dotación de capital humano o físico para explotarlos.  Por consiguiente, integrar más tierras a un Estado no precisamente falto de ellas intuyo que tampoco aportará gran cosa, y mucho más si sus infraestructuras están derruidas y buena parte de la población no es afecta al nuevo estado, algo que incrementa los costes de ocupación y conquista.

Se dirá que se pueden explotar las minas u otros recursos naturales en beneficio de Rusia. Esto sólo podría tener cierta lógica si la producción con el nuevo régimen fuese más eficiente y a menor coste; algo que para nada está garantizado y que muy probablemente no se dé. De seguir la pauta habitual, la concesión de minas y recursos se ofrecería a oligarcas amigos del régimen. Pero como éstos no temen la competencia, no creo que realizasen una explotación provechosa de los mismos. Los costes de seguridad y la baja moral de trabajo de una población ocupada tampoco creo que contribuyan mucho a una buena gestión. Esos recursos, se nos dirá, podrían contribuir a reforzar el poder de negociación con potencias extranjeras de la nación rusa, algo que en principio es correcto, pero que en la práctica se concreta en tener que vender el petróleo y el gas mucho más barato a China y a la India. Intuyo que no van a ser compradores tan de confianza como los occidentales y le pondrán a Rusia unas condiciones mucho más onerosas.

Además, el concepto de controlar territorio basándose en criterios geográficos como salidas al mar, ríos o cordilleras bien podía valer para otros tiempos, pero hoy es más bien obsoleto. Esas dificultades en las comunicaciones sí que eran barreras importantes al comercio o a las comunicaciones, pero hoy día puede salir más a cuenta contar con buenas conexiones por internet que controlar el este del Dnieper. Esas antiguas barreras hoy pueden salvarse con mucha facilidad con medios de transporte masivos y baratos y ya no son un obstáculo o una línea defensiva como lo eran antes sino, salvo alguna escasa excepción, un accidente más del paisaje.

¿Qué beneficio puede obtener Rusia entonces de la conquista de esas zonas de Ucrania? Muy poco en el mejor de los casos, si es que llega a obtener beneficios y no pérdidas en el intento, que es lo más probable. Habría que comparar primero si los costes en en vidas, materiales y sanciones son dignos del beneficio, algo que ya adelanto que no. Primero porque es indigno moralmente usar vidas humanas para obtener beneficios materiales y segundo y dejando aparte, si se pude que no se puede, lo primero porque ni aunque no costase vidas no compensaría. Lo que obtendrían los rusos en una hipotética victoria sería un conjunto de ciudades arrasadas y una población que, por lo que se ve, no parece especialmente partidaria.

En el caso de explotar recursos habría antes que reconstruir muchas de las infraestructuras dañadas y conseguir que la población ocupada colaborase, tanto en la reconstrucción como en el funcionamiento diario de la economía y todo eso sin tener que usar una excesiva y costosa coerción que sólo complicaría la tarea. Cómo vemos Rusia y los rusos obtendría bien poco con la operación. Cómo siempre la explicación de esta conducta agresiva nos va a llevar como siempre a la misma conclusión, esto es quien ganaría no son los rusos  sino el estado ruso (Putin y sus oligarcas principalmente) que verían incrementados tanto la tierra para explotar en su beneficio como la base fiscal, pues serían varios millones de personas a las que cobrar impuestos. Mientras no interioricemos la diferencia entre estado y sociedad  y veamos que la primera tiende  a extraer rentas de la segunda mucho me temo que estas conductas seguirán  existiendo y con este grado de brutalidad. Eso sí bien defendidas por las teorías económicas, políticas o geográficas que están a su servicio y que no parecen decaer.

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