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Aprender del bipartidismo británico

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Las pasadas elecciones en Reino Unido dieron la victoria por mayoría absoluta al Partido Conservador. David Cameron no necesitará socio para gobernar.

El laborismo sufrió una derrota, inesperada para muchos, contundente para todos. Ed Miliband presentó su automática dimisión, aunque está por ver si quien le suceda, cuyo nombre se conocerá el 12 de septiembre, opta por regresar a la derecha o si, por el contrario, insiste en la deriva izquierdista que históricamente ha resultado nefasta para sus aspiraciones de formar gobierno.

La luna de miel de David Cameron con el electorado va a resultar compleja de trasladar a nivel del Partido Conservador. ¿Una contradicción? No exactamente, más bien una continuación de lo que viene ocurriendo desde finales de los años 80. ¿Por qué razón? ¿A qué causa obedece esta suerte de paradoja? La respuesta tiene un nombre propio: Unión Europea.

En efecto, la promesa formulada por el Primer Ministro en enero de 2013 de convocar un referendo in vs out, comienza a hacerse realidad. Falta aún por determinar la fecha concreta y, lo más importante, qué va a conseguir Cameron de sus reuniones con los mandamases europeos. Su objetivo de obtener una revisión de los tratados comunitarios parece lejano; más exenciones no saciarán a aquellos diputados para los que formar parte de la UE lastra los intereses británicos.

Esta última afirmación no sólo es susceptible de aplicar a un amplio sector de los tories ya que la aparición de diputados laboristas euroescépticos ha empezado. La transversalidad resulta evidente cuando de oponerse a la UE se trata, si bien resta saber cómo se va a canalizar y quién la va a liderar.

En la actualidad, la eurofilia, como política oficial, parece atributo exclusivo del nacionalismo galés y escocés. Este último sigue jugando un rol protagonista en Westminster. Sus 56 diputados persisten en describir un panorama sensacionalista y poco cercano a la realidad, con mantras muy reconocibles por reiterativos, como por ejemplo, que el hambre azota a muchos británicos. La ultraizquierda con presencia en las instituciones españolas tras el 24 de mayo y sus corifeos mediáticos han comprado este pseudo-argumento y lo repiten sin rubor, arremetiendo (o coaccionando) contra todo el que osa demostrar su falsedad.

Esta es la “gran virtud” de la izquierda: su capacidad para decir qué es ético y qué no, quién tiene carnet de demócrata y a quién se le retira y estigmatiza. La derecha, las más de las ocasiones, ha mostrado escasa capacidad de lucha para revertir esta situación, prefiriendo la auto-justificación (o incluso, la autoinculpación).

Con todo ello, los próximos meses van a ser prolijos en noticias procedentes de Reino Unido. Asistiremos, mitad con envidia mitad sorprendidos, a cómo la disciplina de partido se rompe sin que el sistema democrático se resquebraje. Importante lección. Seguir a rajatabla una postura que no se comparte, sólo genera problemas.

Esta última no es una afirmación retórica ya que en España vivimos hace unos años una situación que lo ilustra claramente y de la que ahora sufrimos las consecuencias. En efecto, el empecinamiento de José Luis Rodríguez Zapatero en dotar a Cataluña de un nuevo estatuto que su ciudadanía no demandaba y que llevaba consigo nociones perniciosas (por ejemplo, considerar a Cataluña una nación), fue asumido por la bancada socialista sin rechistar públicamente, otra cosa bien distinta es lo que algunos manifestaron en privado.

Asimismo, en otras ocasiones, la reforma estatutaria se empleó para estigmatizar al Partido Popular, y en las más, simplemente fue munición para engordar el victimismo de CIU y ERC. De aquel banquete sufrimos ahora una molesta digestión en forma de fractura social. En los próximos meses, el diagnóstico podría ser aún más negativo.

En Reino Unido, por el contrario, los diputados pueden expresar (y votar) pública y privadamente su postura hacia materias cuyo grado de sensibilidad varía. Al respecto, Europa es una de las que más estimula el binomio libertad de pensamiento-disidencia, aunque en ocasiones las posturas eurófobas van asociadas a proyectos utópicos, sólo realizables desde el nostálgico y pretérito aislamiento de la Inglaterra Victoriana.

2 Comentarios

  1. Aprender en cabeza ajena es

    Aprender en cabeza ajena es siempre excepcional, aprender de otra cultura política, es insólito, y aprender de los británicos, nos resulta urticante.

    Por ejemplo, en la política española, «seguir a rajatabla una postura que no se comparte, sólo genera problemas» a medio plazo aunque el cese fulminante no te permite comprobarlo; o encontrar un euroescéptico en el parlamento español es una curiosidad.

    La inmediata política británica se presenta apasionante pero dudo que didáctica.

  2. Alferdo Crespo

    Alferdo Crespo
    Muy bueno tu ensayo, pero no comparto tu ultimo párrafo ..»el utópico proyecto aislacionista de la nostálgica Inglaterra victoriana..» no es simplemente una postura eurófoba, Existen serios agravantes económicos internos que favorecen esta tendencia eurófoba de los ciudadanos de la City .
    Sus contribuyentes que suman el 63%, están cansados que la enorme y difusa burocracia de Bruselas siga siendo el destinatario y administrador de sus impuestos. Ese ha sido el caballo de Troya del éxito de Cameron. Hay que ver ahora que dice el referendo prometido, si se pone en peligro el status quo de la inmensa estructura financiera de la City londinense con la CE.

    La burocracia desmedida que ha creado la troika, está encendiendo las ideas separatistas de Escocia dando letra a su oportunista casta socialista y su «virtud» maquiavélica que «al príncipe nunca le faltaran razones para justificar su inobservancia » Aunque estas solo sean el espejismo de evitar el expolio de Londres para pasar al celestial no menos asfixiante Leviatan impositivo de la región Euro.


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