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Aprendices de brujo

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Si algo hay que reconocerle al socialismo es su capacidad para reemplazar su indigencia científica con sobresalientes dosis de demagogia. Sin calentarse mucho la cabeza, hasta tenemos donde elegir para erradicar la pobreza y acabar con los males de este mundo. Si optamos por la ortodoxia tardomarxista, bastará con devolverle al trabajador lo que es suyo –la plusvalía que el capitalista le arrebata en forma de rentas del capital–. Si preferimos la redistribución de la riqueza que propone, sin ir más lejos, un Joaquín Estefanía, no tenemos más que confiscar la riqueza de esa decena de millar de familias cuyo patrimonio supera el PIB anual del conjunto de las naciones más pobres del planeta.

Las implicaciones teóricas de la teoría de la plusvalía pueden apreciarse con un sencillo ejemplo. Imagine el lector un edificio lleno de apartamentos propiedad de, digamos, cincuenta viejecitas distintas que tienen alquiladas dichas residencias a cincuenta familias también diferentes. Cada apartamento se alquila por 600€/mes. El mantenimiento y la vigilancia del edificio están a cargo de un portero, que es el único asalariado de la finca. Pues nada, según los marxistas, las viejecitas habrían de quedarse sin sus pensiones de 600€ al mes para que el empleado de la finca pudiera cobrar los ¡30.000€ mensuales! a los que «tiene derecho», recuperando toda la plusvalía que le están extrayendo como rendimientos del capital. Por algo dicen en Cuba que no hay nada como ser portero bajo el socialismo.

Una primera aproximación a las limitaciones respecto a la redistribución del capital quizás puedan apreciarse con el mismo ejemplo anterior. Con una renta por apartamento de 7.200€ anuales y valorados dichos inmuebles a un múltiplo de 30 veces su renta (216.000€), los socialistas, con su increíble perspicacia, han descubierto que cada viejecita tiene una riqueza equivalente a las rentas anuales que serían suficientes para dar una vivienda digna a 30 familias. Vamos que el problema no es que el edificio sólo tenga cabida para 50 familias, sino que la riqueza está mal distribuida. Con quitarle a las viejecitas sus apartamentos, 1.500 familias más podrían ser alojadas… en el mismo edificio. Toma ya.

Si el ejemplo de los inmuebles ya es chocante, cuando para aliviar la pobreza nos ponemos a «redistribuir» como renta el valor cotizado de las empresas, la cosa es todavía más esperpéntica. En este caso nos encontramos además con que las acciones cotizan muy por encima del precio de coste de cada uno de sus componentes. Así por ejemplo la fortuna de Sergei Bind y Larry Page, fundadores de Google y dos de los treinta hombres más ricos del mundo, consiste esencialmente en un paquete de acciones de una compañía que cotiza a sesenta veces lo que dejó de beneficio el año pasado y a más de diez veces su valor contable (el coste de cada uno de los elementos adquiridos). O, dicho de otro modo, en su valoración tienen mucha más importancia sus expectativas de crecimiento que el material informático o los locales que tiene la compañía.

En resumidas cuentas, el valor de una buena empresa es como el de una gallina de los huevos de oro. Sólo es posible comprenderlo por su capacidad para generar beneficios futuros y éstos sólo pueden ser generados si se la deja vivir y funcionar. Los socialistas siguen viviendo de espaldas –no se sabe si por supina ignorancia o por pura mala fe– al hecho de que riqueza y renta son dos magnitudes distintas. Así, cada vez que los socialistas toman el poder, millares de estas gallinas de oro son sacrificadas en el altar de la envidia, quedándose con el despiece las élites de la robolución. Aunque la pérdida neta de riqueza sea bestial y la pobreza no haga más que agravarse y generalizarse, dichas élites políticas alcanzan un poder y bienestar con el que jamás podrían haber soñado. La inteligentsia convenientemente bien engrasada se encarga del resto del trabajo.

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