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¿Aquí paz y después gloria?

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El aluvión de noticias y los rumores sobre las maniobras que deben subyacer a la sintonía –hasta para expresar la discordia– entre los mensajes del gobierno y los de la banda terrorista ETA impiden ver el bosque de un guión repetido de forma repugnante demasiadas veces.

De nuevo, ante la inminente celebración de unos comicios electorales, se pone en marcha una farsa infame, donde los actores, que son al mismo tiempo guionistas, comienzan la actuación. No cabe duda que uno de los mayores placeres para esta pléyade de pícaros que detentan el poder en España consiste en mantener ese último resorte que distingue al poderoso del débil: reservarse la potestad de pronunciar lo que es legal e ilegal. Estar por encima de la ley. Esto es, actuar de forma arbitraria esgrimiendo la legitimidad que confiere –se apresuran a pregonar estos aprendices de brujo– la aritmética parlamentaria para hacer y deshacer lo que quieran. A menudo, cuando los estigmatizados críticos de estos apaños con una banda de criminales amalgamados por una ideología colectivista y esotéricamente milenarista espetan al primero su "debilidad" frente a los terroristas, yerran ingenuamente el diagnóstico.

Los gobernantes españoles o, mejor, los tiranos a los que los españoles en su conjunto han consentido durante largos años toda suerte de tropelías sin apenas rechistar no son débiles frente a una banda de dos mil miembros activos –y acaso doscientos mil pasivos– que solo en algunas zonas del País Vasco constituye un poder de facto paralelo. Al principio de esta historia, marcada por el error letal de conceder la amnistía a sujetos reos de asesinato en los primeros años de la Transición, pudo esgrimirse que el apoyo de regímenes totalitarios y la falta de colaboración internacional de supuestos países aliados –léase Francia– dificultaban el desmantelamiento de la ETA.

Pero esa coartada se acabó hace bastante tiempo. Una banda, por muchos apoyos que sume entre una población, acostumbrada, por cierto, a observar la impunidad añadida de que gozan los terroristas frente a los demás delincuentes, no puede compararse con un Estado como el español, moderada, pero no rematadamente, ineficaz e ineficiente, como tantos otros.

Éste cuenta con ingentes recursos económicos y humanos y, si sus gobernantes se lo proponen de veras, puede destinar a decenas de miles de policías, centenares de espías y decenas de jueces y fiscales a investigar las actividades de esos terroristas, detenerlos y juzgarlos. Por otro lado, aunque el fanatismo y el mesianismo del que hacen gala los ideólogos de la ETA sea parangonable a los imperantes en otros lugares del mundo donde parecen enquistados, como ocurre en ciertos países iberoamericanos e Irlanda del Norte, también saltan a la vista las diferencias entre las sociedades sobre las que se proyectan. Aunque la insidiosa extorsión de la banda ha destrozado la vida de miles de personas y enviado al exilio a otras decenas de miles, lo cierto es que el País Vasco continúa siendo una región relativamente próspera económicamente y dista mucho todavía de ser el infierno socialista en el Cantábrico que sueñan sus autoproclamados libertadores. Dentro de ese contexto, los etarras tampoco han reclutado masas de asesinos entre jovencitos pendientes de aprobar la enseñanza secundaria obligatoria, por mucho que los programas impartidos durante años de hegemonía nacionalista hayan sembrado de odio y mentiras la conciencia de varias generaciones.

Descartado que nos encontremos ante muestras de debilidad, se hace preciso plantear claramente qué ocurre en España para que sea el único país europeo donde su gobierno no ha relegado a la marginalidad al principal grupo terrorista local. Siempre dispuestos a saltarse la ley de una manera u otra, recordemos que los dirigentes actuales de la PSOE, herederos del GAL pero investidos de manos libres gracias a su mesianismo socialista, han ensayado políticas nada improvisadas para moldear la mentalidad de los españoles y exprimir las posibilidades del sistema electoral actual, urdiendo una trama de apoyos externos a su grupo que les permita detentar el poder en el gobierno central y el mayor número de comunidades autónomas y ayuntamientos sin abolir formalmente la democracia.

Cualquiera que sean sus motivaciones, uno de los puntales que han arrojado sobre la sociedad que dominan ideológicamente ha sido esa patraña de conseguir "la paz en el País Vasco" como eufemismo para describir el resultado que se derivaría de una colaboración estratégica para que los terroristas dejen de matar y alterar las relaciones de fuerzas en las elecciones. Bien sea por incapacidad o bien por malicia de los políticos del PP, quienes podrían intentar un discurso alternativo pero no lo hacen, lo cierto es que su tarea se ve facilitada por esa ausencia. Evidentemente el miedo puede adormecer conciencias, pero los beneficios que se pueden obtener de su canalización siempre han fascinado a los teóricos socialistas. Parece que fue el siglo pasado debido a la ausencia de análisis con perspectiva en casi todos los medios, pero los socialistas no solo instaron la aprobación de una moción en el Congreso de los Diputados que otorgaba carta blanca al gobierno para tomar las decisiones que estimara convenientes en una primera fase de esta negociación, sino que buscaron y obtuvieron un aval rocambolesco del Parlamento Europeo en octubre de 2006 por un estrecho margen.

Aconsejada otra vez la jugada en vísperas de otras elecciones en mayo de 2011, el gobierno de Rodríguez Zapatero muestra concesiones y la ETA se congratula el domingo de resurrección, día elegido por el difunto Sabino Arana para celebrar el día de la Patria Vasca. Niega negociaciones con la banda terrorista, pero al mismo tiempo abre las puertas para que las siglas que patrocina a los miembros de la banda (ahora se llama Bildu) participen en las elecciones municipales. Bien es cierto que retuerce las dotes para el disimulo utilizando las instrucciones del fiscal (de cuya supuesta independencia del gobierno ya ni se habla) para que impugne algunas candidaturas de esa coalición, pero… salve a otras. Los beneficios penitenciarios para los miembros de la ETA y los aparentes despistes sobre el control de la libertad provisional de otros gotean las portadas de los medios de comunicación, incrementando la sensación de inevitabilidad de las decisiones y de que el gobierno realmente lucha pero se enfrenta a imponderables en su sacrificada tarea.

Es difícil prever si esta recompensa a los terroristas por haber asesinado durante años invocando razones políticas cuajará en primera instancia, pero tiene bastantes posibilidades, dada la desarticulación de sus críticos y el ninguneo de las víctimas que simplemente quieren justicia. Lo que sí está claro es que los elementos que se conjugan juegan con la subversión de un régimen constitucional que hace aguas por todos los costados. El apaño que están urdiendo estos aliados de ahora anuncia luchas brutales por el poder en el futuro, dada la concepción totalitaria de ambos. No habrá ni paz ni gloria.

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