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Aumenta la radicalidad, desciende la libertad

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 Este fin de semana hemos asistido a uno de los elementos que caracteriza al nacionalismo visceral catalán. Así, un grupo que se arrogaba la representación de Cataluña, simuló disparar a un edil del PPC. Nada nuevo. Se trata de un fenómeno habitual que puede remontarse a los años de liderazgo de Vidal Quadras y que se mantuvo durante la jefatura de Josep Piqué. Entonces (2003-2007), la excusa consistió en que los populares se oponían a la reforma del Estatuto de Autonomía (1979), argucia política con la que el PSC aspiraba a competir en nacionalismo con CIU o ERC.

En aquel entonces, cualquier discurso o intervención pública de quienes rechazaban la reforma, por ejemplo en las universidades, era boicoteada y los ponentes estigmatizados como "fascistas". En paralelo, la izquierda abertzale, la misma que no ha pedido perdón a las víctimas por los crímenes cometidos por ETA, campaba a sus anchas por los diferentes espacios públicos catalanes.

Es previsible que conforme nos acerquemos a la Diada (11 de septiembre) o a la fecha de la supuesta votación separatista (9 de noviembre), los ataques contra quienes no comulgan con los dogmas rupturistas se multipliquen. Igualmente, lo cual es más grave (o surrealista, o contradictorio) quienes los profieran es muy probable que se amparen en el victimismo, expresado en frases del tipo "España no nos comprende".

Si la solución a este embrollo generado por el nacionalismo catalán son pactos particulares (bilaterales) para satisfacer a una de las partes, en este caso a una comunidad autónoma, entonces sí que el error será mayúsculo ya que, por un lado, el nacionalismo es insaciable, y por otro, se agraviará de manera gratuita al resto de entidades territoriales. Este es el gran elemento del discurso nacionalista: conferir derechos a territorios, no a ciudadanos. Y, en íntima relación con esta tesis, delimitar categorías de ciudadanos, de tal manera que unos son de primera y otros de segunda.

La equidistancia de algunas formaciones políticas, en teoría de ámbito nacional, tampoco ayuda a resolver el problema. Precisamente el PSC, que ahora navega sin un rumbo claro, tuvo la posibilidad de alterar el curso de la historia entre 2003-2010. Sin embargo, no sólo no lo hizo, sino que optó por enfatizar su componente nacionalista, menospreciando de este modo a un amplio porcentaje de sus votantes.

Para encarar de manera exitosa la "cuestión catalana" hará falta mucha pedagogía y elaborar un proyecto a largo plazo ya que la herencia de casi cuatro décadas de nacionalismo identitario es difícil borrarlas de la mente de sus ciudadanos. Además, la condescendencia que se ha percibido en muchas ocasiones por parte de los poderes centrales hacia "el nacionalismo moderado" tampoco ayudará.

En este sentido, se han permitido vulneraciones sistemáticas de los derechos y libertades de los ciudadanos por ejemplo a través de la educación o por mejor decir, de la adulteración de la educación. Buen ejemplo de ello es la visión de 1714 que se enseña a los niños en las escuelas o la interpretación de la Guerra Civil española como un ataque de Franco a Cataluña. Se trata de mantras cuya falsedad ha sido puesta de manifiesto por historiadores, periodistas y juristas catalanes pero que, precisamente por ello, han caído en la categoría de traidores.

Finalmente es más que reprochable el escaso protagonismo que se está dando a aquellas organizaciones de la sociedad civil que desde antiguo vienen luchando contra el nacionalismo obligatorio. Si en el pasado fue el Foro de Babel el que recibió la combinación de insultos-ataques por parte del oficialismo, ahora le toca el turno a Sociedad Civil Catalana, entidad que, salvo en determinados medios y columnas, no ve reflejado su trabajo en defensa de la libertad. Por tanto, menos hablar de pactismo o de seny y más potenciar y publicitar a quienes se levantan contra las murallas que se quieren imponer.

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