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Bolígrafos para la democracia

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No me refiero a una ONG inspirada por Robert Dahl, ni tampoco pretendo hacer una reflexión sobre el republicanismo de los Discorsi de Maquiavelo. Mi objetivo es más modesto: ilustrar la utilidad de los métodos cuantitativos y experimentales en las ciencias sociales pese a sus críticos.

El sociólogo marxista Bourdieu, cuya aportación al conocimiento es indirectamente proporcional a su fama, es el autor de una de las críticas más cacareadas a los métodos cuantitativos. En particular, el francés despreciaba los estudios de opinión pública, en su opinión estructuralmente sesgados porque sus objetivos no eran otros que perpetuar el statu quo y reproducir y legitimar los valores de la clase opresora.

Es cierto que la opinión pública es más que una encuesta, y que con relativa frecuencia los investigadores realizan un juicio a priori sobre lo que preocupa a los ciudadanos, dejando fuera de su investigación temas relevantes. No obstante, otras veces los sondeos ayudan a desmontar el discurso de la élite y dan la voz al pueblo en asuntos fundamentales. Precisamente eso ocurrió en Nicaragua tras las elecciones presidenciales de 1990, las primeras libres tras la dictadura de Daniel Ortega.

La sorprendente victoria de Violeta Chamorro, quien aventajó al socialista en 14 puntos porcentuales, es para muchos un misterio, pues las encuestas previas dieron ganador al líder sandinista. Sin embargo, un experimento posterior demostró que más que un problema técnico, el fallo se debió al miedo.

Los investigadores diseñaron tres muestras homogéneas de la población, dos experimentales y una de control. El tratamiento consistió en el bolígrafo de los encuestadores: un grupo llevaba uno en el que se leía "Ortega presidente", otro exhibía el nombre de la coalición opositora, "UNO". Los encuestadores del grupo de control no portaban ningún signo partidista. La pregunta era bien sencilla: "¿A quién votó en las presidenciales?".

Los resultados fueron tan llamativos como la comparación entre las encuestas preelectorales y la votación real. La muestra de encuestadores aparentemente sandinistas dio la victoria a Daniel Ortega con el 62% de los votos, casi el doble del porcentaje que el dictador había obtenido en las elecciones. El grupo de control también se mostró favorable a los sandinistas, mientras que los encuestadores presuntamente chamorristas consiguieron unos resultados casi idénticos a los reales (Bischoping & Schuman, American Journal of Political Science, 1992: 331-351). Es decir, que todo lo que quedó de la experiencia socialista en Nicaragua, además del colapso económico, la guerra y el genocidio de los indios misquitos, fue un inmenso terror. Triste legado y sin duda motivo de vergüenza y bochorno para los progres europeos y norteamericanos que durante los años del FSLN se aficionaron al turismo político. Los testimonios de arrepentimiento son escasos, y en casi todos los casos, incompletos. El a menudo plagiado y raramente reconocido Pareto ya había advertido en su Manual de Economía Política que la religión jacobino-socialista fomentaba una piedad morbosa de cuya fe sería muy difícil abjurar.

Infelizmente, la democracia no ha conseguido desterrar ni la corrupción ni la oligarquización de la política nicaragüense. Si a esto le sumamos la división en el campo liberal-democrático y la labor conjunta de zapa de somocistas y sandinistas, el panorama político de Nicaragua tras las elecciones generales del cinco de noviembre no puede ser peor: mayoría sandinista en el legislativo y nueva presidencia de Daniel Ortega, aunque tal vez esto pueda ser evitado si se produce una segunda vuelta en la elección presidencial.

El etnocentrismo, la arrogancia y el cinismo llevan en ocasiones a considerar que algunos países no tienen remedio, mientras que aquí todos son iguales. En efecto, la diferencia entre unos y otros puede en algunos casos limitarse a unos cuantos grados de intervencionismo y clientelismo. Pero existe otra, cualitativa y fundamental, que desde la abulia de las sociedades ricas es difícil de percibir: el derecho al pataleo, mínima expresión de la irrenunciable libertad de expresión que unos permitirán y otros se afanarán por reprimir.

Entre el business as usual (el salvadoreño Francisco Flores es la excepción que confirma la regla) y la nueva revolución, no cabe la displicente neutralidad del libero-pijo de Primer Mundo, quien contempla el mundo desde su cómoda torre de marfil, o que víctima de cierto elitismo pseudoleninista (el radical chic también es transversal) se imagina una Arcadia surgida necesariamente tras la hecatombe. Muchos ecuatorianos y nicaragüenses les responderían que en estos momentos más vale dejar la revolución para otro día.

Bolígrafos para la libertad y gafas para la miopía. También la nuestra.

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