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Capitalismo y felicidad

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Sostenemos que estas verdades son por sí mismas evidentes: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Probablemente este es el fragmento más famoso de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776); y la incorporación del derecho a la búsqueda de la felicidad, su aportación más original y debatida. Han pasado 230 años y los americanos siguen celebrando su revolucionaria proclamación con un fervor patriótico desconocido en nuestras latitudes. Los Padres Fundadores hicieron de la búsqueda de la felicidad una cuestión política, encomendando a los gobernantes la custodia de las instituciones que permitieran la defensa de éste y del resto de derechos "inalienables" del hombre.

En estos años Estados Unidos ha consolidado su posición como primera potencia económica mundial, pero su hegemonía moral, atacada con renovado ímpetu desde dentro y fuera de sus fronteras con ocasión de la guerra de Irak o, más recientemente, por su apoyo casi incondicional a Israel en la guerra del Líbano, es cuestionada permanentemente y, en no pocas ocasiones, con instrumentos harto ridículos. Tal es el caso del panfleto titulado "El índice de felicidad planetaria" (HPI, en sus siglas inglesas).

Según sus conclusiones Estados Unidos ocuparía el puesto 150 entre los 178 países "estudiados", sería, por lo tanto, un país triste, tristísimo si seguimos nuestra intuición o idea de lo que significa la felicidad y no reparamos en la definición de la misma en la que se ampara este "ranking". Un país lamentable, sólo algo mejor que Costa de Marfil, Ruanda o Sierra Leona… eso sí, bastante más agradable que Rusia, traidora al comunitarismo ecologeta, que se sitúa en el puesto 172, por delante de otros traidores al comunismo como Estonia o Ucrania. ¿Y España? La España del talante deberá conformarse con una meritoria equidistancia, un limbo gris ni triste ni contento, un puesto 87, por delante del libérrimo Hong Kong y del corral feudal Saudita. Pero no se preocupen, que la pérfida Albión, aliada de Bush, se desliza con el dorsal 108 hacia regiones más oscuras. En realidad, el primer país de los Unión Europea que aparece en esta lista prodigiosa es Austria, con un meritorio puesto 61.

¿Y el "top ten"? Casi estoy por dejar que lo adivinen… ¿Recuerdan el anuncio de una conocida marca de licor en el que unos simpáticos lugareños con acento caribeño pretendían huir del estrés a toda costa? Pues eso, junto a un paraíso digno de Gaugin, la isla de Vanuatu en el Pacífico Sur, se encuentran Cuba o Dominica. ¡Cuba! Claro que, en puestos de avanzada felicidad todavía pueden verse lugares como Bhután, Guatemala y otros paraísos bolivarianos. Rigor.

Como se ve, en realidad Estados Unidos, campeón del capitalismo global, sólo es el ejemplo que resulta más revelador de la auténtica intención de este informe: probar que el capitalismo es el responsable de la miseria de muchos, felices a pesar de las dificultades, y culpable de la infelicidad de unos pocos, ricos más que les pese. Casi una reedición del mito del buen salvaje, ocurrencia atribuida a Rousseau, principal aliento intelectual de la Revolución Francesa.

Y es que la metodología empleada para llegar a semejantes conclusiones se basa en una ecuación aparentemente simple:

Felicidad = Vivir mucho tiempo + Identificarse a uno mismo como satisfecho + Usar los recursos naturales en cantidades apropiadas.

Los datos necesarios para rellenar los sumandos de cada país se obtuvieron acudiendo a diferentes estudios, cuyos resultados, a su vez, podrían discutirse, aunque por sí solos no resultan tan evidentemente manipuladores. Al introducir el factor "ecologeta" queda claramente en evidencia la voluntad de medir una cierta "eficiencia" en la consecución de la felicidad, es decir, no se mide la felicidad subjetiva, como queda claro, sino lo que cuesta conseguirla, señalando una doblemente falsa antinomia entre felicidad y riqueza.

La vida, la libertad y la propiedad fueron los ejes del discurso filosófico y político de los revoltosos americanos. Jefferson, responsable principal de la Declaración, no sólo recibió la influencia de Locke, autor del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, sino que formaba parte de un nutrido grupo de intelectuales entre los que se encontraban figuras menos reconocidas por la Historia, tales como el terrible Benjamin Rush, todos ellos materialistas científicos con un elaborado concepto de la naturaleza humana. Elaborado, gris y desconfiado, como lo prueba la redacción de la Constitución americana.

Jefferson estableció que la "búsqueda de la felicidad" era un derecho inalienable. La felicidad es un sentimiento moral y por lo tanto subjetivo. Al dar a los gobiernos la responsabilidad de la defensa de ese derecho, Jefferson y los Padres Fundadores estaban introduciendo una cuña en la privacidad de la persona con consecuencias imprevisibles, pero ciertas para su libertad, como demuestra la historia. Para Jefferson la felicidad era el objetivo de la vida y la virtud el fundamento de la felicidad, por lo tanto no concebía felicidad sin virtud, que es la cualidad indispensable en la reconciliación de los intereses individuales. El tiempo, las enmiendas y un occidente seducido por la maléfica influencia de la revolución de los sans-culottes han devaluado aquel e pluribus unum llegando a la conformación de políticas públicas basadas en dudosas encuestas que, en el caso de la felicidad, pierden u olvidan su carácter individual y dinámico.

Dinamismo imprescindible para comprender que la "búsqueda de la felicidad" nos hace seres fugazmente felices sí, pero productivos. Adelante, capitalismo.

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