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Celebremos San Valentín… o no

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Si no ha pasado nada raro, este artículo habrá sido publicado el 14 de febrero, fecha que tiene algunas anécdotas dignas de mención. Financiado por el ejército de los Estados Unidos y desarrollado por el equipo de los ingenieros de la Universidad de Pensilvania, John Presper Eckert y John William Mauchly, ocupando una superficie total de 167 m2 y con 27 toneladas de peso, es presentado en 1946 el ENIAC (Electronic Numerical Integrator And Computer), la primera computadora electrónica digital de propósito general, capaz de resolver 5.000 sumas o 300 multiplicaciones en un segundo. Eran los albores de la informática, que durante unas cuantas décadas estaría más ligada a los intereses del Estado estadounidense que a las necesidades de sus ciudadanos.

En 1879, Chile ocupa militarmente la localidad de Antofagasta, que era la salida al mar de Bolivia, iniciándose la Guerra del Pacífico, también conocida como la Guerra del Salitre, entre Chile y una alianza entre Bolivia y Perú. Como otros tantos conflictos bélicos, tiene entre sus orígenes algún asunto relacionado con impuestos, alteración de tratados, una difusa línea fronteriza e intereses económicos ligados, en este caso, al negocio del salitre. Bolivia había aplicado un impuesto a la chilena Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta, violando el tratado de límites de 1874, que impedía la aplicación de tasas a las empresas chilenas. El pleito llevó al presidente boliviano a rescindir la licencia de la compañía y a embargar sus bienes, que puso a remate el día 14 de febrero, día en que los chilenos iniciaron las maniobras militares, lo que llevó a Perú a la guerra, en virtud del acuerdo que tenía con Bolivia. Cuando se puso final al conflicto, en 1884, Bolivia había perdido su salida natural al mar, con las implicaciones que, en esa época, tenía la pérdida de un puerto desde el punto de vista del comercio.

En 1929, en Chicago, se produjo la Matanza de San Valentín. A las 10.30 de la mañana, en un garaje del 2122 de la calle North Clark, cuatro hombres armados con la popular metralleta Thompson, la del tambor redondo (de tiro un tanto impreciso y bastante pesada, todo hay que decirlo), dos de ellos vestidos de policías, acribillaban a tiros a siete hombres, cinco de los cuales eran miembros de la banda de George “Bugs” Moran y los otros dos, colaboradores habituales. Detrás del séptuple asesinato, cuya responsabilidad nunca se ha conocido, parecía estar el líder de la banda rival, Al Capone, que luchaba con Moran por el control de la delincuencia organizada de la ciudad. De fondo, la Ley Seca (Ley Volstead), que se había implantado en 1920, que duraría hasta 1933 y que había dado el marco perfecto para que se corrompiera más el sistema, para que las mafias desarrollaran prácticas delincuenciales que usarían después de 1933 para otras prohibiciones estatales, para que hubiera una importante rebaja en la cantidad y la calidad del alcohol vendido, llegando a matar o provocar daños a muchos de sus consumidores, además de encarecerse a niveles nunca antes vistos. La Prohibición tuvo su base moral en movimientos sociales, como el Movimiento por la Templanza, que intentaban, en este caso, arrancar a las personas de la perdición y el pecado, ligados al consumo excesivo de bebidas alcohólicas. Este hecho muestra dos cosas que no han sido bien comprendidas por algunas personas.

La primera es que las prohibiciones estatales sobre servicios y productos demandados, además de generar un mercado negro, crean serios problemas sociales ligados a la represión y al incremento de la violencia y la delincuencia, favoreciendo el crecimiento y la sofisticación de organizaciones mafiosas, además de reducir la calidad de los productos y servicios (obviamente, al estar fuera de la Ley, no hay regulación estatal y la interna, de haberla, es coyuntural e incierta), además de encarecerlos. Los daños provocados por la Ley Seca aún se sufren en el mundo, pues estas mafias evolucionaron y se adaptaron con sus mejorados sistemas. Hoy por hoy, controlan los estupefacientes prohibidos, controlan la prostitución no voluntaria y el tráfico de personas o de armas entre la multitud de conflictos que existen. La segunda es que un mafioso no es un empresario. Es un sujeto que usa la violencia para conseguir sus objetivos y que se mueve al margen de la Ley. No lucha por legalizar lo que le da sus ingresos, sino que trata con el sistema para que este no le perjudique y, si es posible, sí lo haga a su competencia. Es un sistema que aspira al monopolio violento y que, en algún caso, tolera el oligopolio, que siempre es inestable. Tiende a eludir la moral más básica (buscando su beneficio a toda costa), lo que provoca que su propia vida esté en peligro en todo momento, así que no le duelen prendas en usar la fuerza para conseguir sus fines. Un mafioso y un pirata se parecen mucho en sus formas y objetivos; ninguno de ellos es un modelo de conducta y ambos se aprovechan de los modelos estatales que limitan la oferta. Tampoco se puede decir que sean consecuencia del sistema del Estado, pues ellos mismos pueden favorecer este tipo de legalidad tan provechosa, sino más bien son consustanciales al sistema. Son como los empresarios que surgen en torno al Estado de bienestar.

Hasta aquí, algunas de las efemérides de este día tan señalado en el calendario, no por los ordenadores, ni por las guerras, ni por la violencia mafiosa, sino porque muchas parejas del mundo se dan un homenaje romántico y salen a cenar, se regalan detalles o lo celebran de una manera, digamos, más íntima. Quedándonos en la parte comercial, San Valentín es una de las fiestas que molesta a progres y no tan progres, pues consideran que es una celebración totalmente comercial y que favorece el consumismo, del que dicen que es un vicio capitalista, neoliberal y no sé qué cosas más, todas muy feas. Tienen razón, es consumista en el sentido de que la gente hace un gasto y se da un homenaje. ¿Es innecesario? Sí, seguramente en las mentes de los críticos lo es, como contratar Netflix o tener un móvil multimedia de ultimísima generación y muy caro. Quizá ellos, los críticos, no vean innecesario el regalarse por los cumpleaños, pero visto con austeros ojos, lo es. Lo mismo que celebrar las bodas de oro, regalar por Reyes o en Navidad (aunque en este caso, también hay críticos que sólo celebrarían la parte religiosa de la fiesta y se ahorrarían las otras, muy en la línea de los grupos que querían acabar con el uso del alcohol en los años diez del siglo pasado). ¿Es hortera San Valentín? Posiblemente, a mí me lo parece y mucho. ¿Se deben prohibir las cosas horteras? Pues no. Eso de hortera es muy subjetivo. Si fuera así, entraríamos en el negocio de la alta costura y la moda y no dejaríamos títere con cabeza. Hay gente a la que le molesta especialmente Halloween, porque choca frontalmente con el Día de Todos los Santos, que es una cosa más tradicional y, sobre todo, cristiana, mientras lo otro es muy pagano y extranjero.

El progresismo y el conservadurismo están llenos de normas, pero sobre todo, de prejuicios y de visiones muy negativas sobre lo que no son sus modelos morales, éticos y de relaciones sociales. El progresismo, que es más proactivo (siento el uso de la palabra), suele ser más dado a maniobrar para acabar con las normas, tradiciones y prejuicios que no tolera. La ingeniería social ha desarrollado sistemas que atentan directamente, sin ambages, contra los derechos más fundamentales, la vida y la propiedad de los reprimidos. El conservadurismo es más reactivo y suele moverse cuando le pica, lo que no implica que tenga en sus manos grandes herramientas de destrucción que puede usar. Las iglesias cristianas tienen una gran tradición cargándose formas de vida ajenas a su modelo (sí, he puesto iglesias, no Iglesia, porque la católica puede llevar más tiempo, pero las cristianas no católicas han sido tan brutas o más que la primera), así como el islam, que sigue mostrándose especialmente brutal a la hora de reprimir comportamientos indeseables en muchas partes donde tiene poder o influencia.

Volviendo a San Valentín, no creo que sea una fiesta más consumista que un cumpleaños o un viaje vacacional. Quizá el problema radique en que lo hace mucha gente al mismo tiempo y quién lo promueve. El consumismo no es una cosa capitalista y liberal, pese a que muchos lo piensen; el ahorro sí que lo es, y el control sobre lo que se gasta, consume o invierte, pero nunca gastarse el sueldo en cosas de uso inmediato y placer efímero. Eso me resulta mucho más progresista que liberal o conservador. Sin embargo, lo importante es que consumir en San Valentín es libre y voluntario (sí, ya sé, alguno piensa que no, que si no lo hace, su pareja le canta las cuarenta y le deja sin postre durante varios meses, pero ese es otro tema). El problema es que a progresistas y conservadores les gusta o intentan imponer sus sistemas de vida. Hoy prohíben la carne, ayer, la grasa y el azúcar y, un día de estos, prohibirán celebrar los días que consideren comerciales. Así que, querido lector, siéntase libre de salir por San Valentín, incluso derrochando, y aténgase a las consecuencias, sean las que sean, pues eso también es muy liberal: asumir las consecuencias de los actos propios.

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