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Chile y Honduras: un reflejo de la dualidad de América Latina

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De sorpresa puede calificarse que Michelle Bachelet deba acudir a una segunda vuelta en Chile. A pesar de este contratiempo, su victoria no parece peligrar frente a Evelyn Matthei. Marco Ominami no ha generado tantos titulares como en 2009 pero ha defraudado.

Por tanto, tras cuatro años de gobierno de la derecha con Sebastián Piñera, la Concertación retornará al Palacio de la Moneda. La economía chilena sigue siendo de las más sólidas en América Latina, mientras que entre los defectos que presenta su sistema político destaca, como en muchas democracias occidentales, la alta abstención electoral.

Asimismo, el relevo no implicará que los patrones que han caracterizado a este país se alteren, pese a que la izquierda extraparlamentaria "tardó" en asumir la victoria de Piñera en 2009 y ejercieron una oposición más ruidosa que de sustancia, particularmente grupos de estudiantes, para los que la derecha no está legitimada para gobernar, fenómeno que también apreciamos en España.

Chile seguirá siendo un socio fiable en las relaciones internacionales, un país que respeta la seguridad jurídica, que no cuestiona el rol de Estados Unidos y que rechaza deliberadamente entrar en confrontaciones verbales con el bloque albista. Desde el punto de vista comercial, Bachelet mantendrá una de las características más sobresalientes de los años de Piñera como es mirar hacia el Pacífico, lo que a su vez generará que la penetración de China en América Latina persista.

Con menor revuelo mediático que hace 4 años, Honduras ha afrontado elecciones este fin de semana. Entonces, cuando triunfó Porfirio Lobo, el pequeño país centroamericano era poco menos que un paria en la comunidad internacional, recibiendo sanciones y ataques verbales, promocionados por Venezuela, tras la salida obligada del gobierno de Manuel Zelaya, toda vez que éste, siguiendo la estela de algunos de sus referentes ideológicos (Chávez, Ortega…) buscaba perpetuarse en el poder, recurriendo a la clásica treta de modificar la Constitución.

Lobo ha afrontado un contexto complicado, particularmente a nivel doméstico, donde atajar la falta de seguridad ciudadana ha sido su asignatura pendiente, a pesar de sus continuadas llamadas de socorro a Estados Unidos. No obstante, logró reconducir las relaciones internacionales en un contexto que, de partida, presentaba un número de interrogantes que no invitaban al optimismo.

Igualmente, durante estos cuatros años Honduras ha presenciado un fenómeno que iba en paralelo a la gestión de Lobo: la formación del partido Libertad y Refundación, cuya cara visible es Xiomara Castro, la mujer del ex Presidente Zelaya, que a su vez, ha dirigido toda la campaña electoral.

Conocidos los resultados, la reacción del matrimonio Zelaya-Castro ha sido la previsible: rechazo de los mismos, acusaciones de corrupción y proclamación de "su victoria". Nada nuevo, por ejemplo López Obrador en Méjico puso de moda este tipo de interpretaciones que a la postre, sólo ralentizan el traspaso de poderes y lo que es más importante, la puesta en marcha de las principales medidas para frenar los acuciantes problemas que asolan a Honduras. De hecho, Zelaya ha amenazado con salir a las calles y pronto aparecerán los clásicos voceros que propagarán el habitual mantra de que la CIA está detrás de la victoria de Juan Orlando Hernández. Cuando se carece de argumentos sólidos, se fomenta la algarabía gratuita.

De la misma manera, no menos relevante es otro análisis que puede deducirse de los resultados hondureños: nuevo golpe al socialismo del siglo XXI que sigue sin aumentar el número de gobiernos bajo su égida.

En definitiva, Chile y Honduras ilustran que América Latina es una región plagada de contrastes no sólo económicos y sociales, sino políticos. Quienes han optado por la democracia en vez de por la demagogia populista son observados como modelos incluso más allá del continente.

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