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Ciclos políticos

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La crisis económica, del modo en se manifiesta y se percibe en España, está llamada a llevarse por delante a buena parte de la clase política actual. Por un lado la del PSOE y sus dirigentes actuales que, lejos de resultar comparativamente beneficiados por los escándalos del PP valenciano, parecen seguir perdiendo en las encuestas.

¿Un cambio de ciclo en la vida política española? Tal vez, pero no solamente el estamento político es el afectado; son los españoles los que, aquejados de ciertos males, acabarán trasladando su dolor a los de arriba.

El actual equipo dirigente del PSOE se subió a lomos de la impopularidad inducida con altas dosis de demagogia a la que tan proclives somos. A lomos de la impopularidad y de la expansión de la burbuja financiera que hizo de la construcción de viviendas y de los productos financieros (¡qué horror!) asentados en ella el principal activo de nuestra economía. Ya van dos legislaturas y el señor Zapatero sigue sin poder obtener una mayoría absoluta, cosa que sólo a Suárez y a Calvo Sotelo les ocurrió. El primero no acabó su segundo mandato y el segundo estuvo veinte meses en La Moncloa. No es que Zapatero no pueda lograr un tercer mandato por orden estadística, pero hoy, dadas las circunstancias económicas y las dificultades que, por ellas, tendrá para que los presupuestos del Estado le sirvan como compradores de votos, el futuro se le presenta amenazador.

A pesar de ello otros son los signos de que el cambio será más profundo y, pudiendo el PSOE repetir cuatro años más en la Presidencia, se va haciendo costoso que lo haga con los actuales dirigentes. Y, pudiendo el PP acceder a ese poder, también les resultará difícil a sus actuales líderes estar ahí para disfrutarlo. La crisis económica deja las vergüenzas de los gobernantes al aire y éstas no pueden ser, al menos a largo plazo, más que aproximado reflejo de la de los gobernados.

Mal que pese a quien sea parece bastante cierto el aserto de Dicey cuando asegura que "hablando grosso modo los deseos permanentes de la porción representativa del parlamento apenas puede, a largo plazo, diferir de los deseos del pueblo". Y esto vale para la España actual. ¿Qué debemos pensar, pues, de nosotros? Pues que no hay un nosotros uniforme, pero sí un clima extendido de mediocridad que hace que una masa crítica de españoles promocione políticos de su nivel. Y esa masa crítica está comenzando a repudiar a los políticos por no repudiarse a sí misma, que es de quien debiera estar cansada. Debería repudiar el permanente recurso a la subvención, ese meterse mutuamente la mano unos en los bolsillos de otros y las administraciones en la de todos. Pero no lo hará, con lo que la siguiente generación de políticos que surjan tras la defenestración de éstos sólo tendrá que ser hábil hablando de cambio y hacer que en absoluto decaiga, antes al contrario, el omnímodo deseo de ser un perpetuo free-rider. O sea, que nada cambie.

La derecha española tiene la experiencia de saber administrar los momentos de expansión crediticia y el perverso crecimiento que provoca. Puede que ese recuerdo aún le sirva para asumir el mando en La Moncloa, pero sólo será creíble con una cúpula dirigente nueva en el PP.

La izquierda, por el contrario, debe renovar sus caras para no morir en 2010. Con la actual política prosindical sólo podrá empeorar la situación económica y esto le traerá, probablemente, la muerte política a manos de los suyos. Una acción audaz, improbable aunque no al ciento por ciento, de Zapatero, tirando por la borda el cariño sindical y a la mayor parte de su equipo, le daría una dosis de oxígeno.

Lo que me preocupa de veras no es nada de todo esto, sino que los estados siguen creciendo, que tras la muerte de una generación de políticos, las posibilidades de que la siguiente adopte medidas de reducción del Estado sólo dependen de la decidida opinión de una masa crítica de individuos activos que se sepan tales.

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