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Ciencia y opinión

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No es muy común, aunque a veces suceda, que un opinador profesional, un lego en la materia con vagas nociones y poca profundidad en los conceptos, se aventure a comunicar una impresión, un mero juicio de valor, sobre conclusiones que sean propias de las ciencias naturales. Cuando esto sucede saltan todas las alarmas y el opinador, generalmente, es tachado de ignorante y poco riguroso. Esto, que es una consigna en el mundo de lo "natural", no es ni siquiera una regla de cortesía para con los estudiosos en el orbe de lo "social". De hecho, y dada la terrible confusión en la que se encuentra desde siempre el Hombre en su esfuerzo por comprender e interpretar los fenómenos sociales, pocos de los llamados científicos en este campo evitan confundir ciencia con opinión, distrayéndose de ese modo del que debería ser su principal empeño.

El científico natural presume porque sus hipótesis falsadas, normalmente, tienen una aplicación práctica demostrativa. No obstante, el mito de la exactitud de las ciencias naturales es mera apariencia. Fenómenos que son menos complejos permiten engañar a nuestra mente con notorios resultados prácticos, que en realidad esconden la evidencia de un conocimiento imperfecto, inexacto, del que surgen nuevos problemas, y en cuya profundización siempre crece la complejidad de los fenómenos observados, requiriéndose de un método mucho más amplio y cuidadoso. Las ciencias sociales tienen un objeto de estudio que es más complejo si cabe (Hayek), y no sólo eso, ya que al tratarse de asuntos sobre los que política y moral tienen tanto que ver, resulta dificilísimo deshacerse o evitar los juicios de valor, las opiniones y el dogmatismo.

Uno de los mitos que todavía muchos creen favorable al dominio de las ciencias naturales es la preeminencia del método inductivo. De acuerdo con esta opinión las teorías surgen tras la observación de unos hechos de los que llega a inferirse cierta regularidad. Tras comprobar las dificultades que surgen al aplicar este proceso al ámbito de lo social y la conducta humana, optan por negar la categoría científica a este tipo de estudios, considerándolos tan discutibles como opinables, y así, sometidos a los juicios de valor y el oportunismo político. O incluso peor: tratan de aplicar erróneamente el método que creen propio de las ciencias naturales a las sociales. Cuando en realidad, ni las ciencias naturales avanzan o se caracterizan por ser inductivas, ni lo social o lo conductual se manifiesta en una clase de fenómenos que impidan alcanzar un conocimiento científico sobre ellos, es decir, riguroso, controlable y verificable. El método científico, en cualquier caso, es de tipo deductivo (Popper). La hipótesis, fruto de la imaginación compositiva, de teorías previas, o del a priori consciente, es anterior a su confrontación con los hechos. Es más, la misma elección de hechos y circunstancias, o su relevancia en el proceso de falsación, responden a un criterio predeterminado por la visión previa de las cosas que adopte el investigador. Nuestra mente no puede operar de una manera distinta, ni siquiera cuando los hechos se nos presentan con aparente claridad, o las regularidades son externas, naturales, y creemos entreverlas con sencillez. La ciencia es ante todo una actitud, una manera de conjeturar, de criticar nuestros propios prejuicios, de mantener abierta la posibilidad de falsar incluso las conclusiones que nos resultan inamovibles.

De este modo se avanza tanto en el estudio de los fenómenos naturales como en el de los fenómenos sociales. La diferencia entre unos y otros radica en su grado de complejidad, en la profundidad de ésta y el punto en el que, en cada ámbito, los nuevos problemas exigen un tipo de investigación mucho más amplia y abstracta. Fantasía e imaginación en la dosis y en los cauces oportunos, así es como se expande el conocimiento científico (Einstein dijo algo parecido, y es el mejor ejemplo de cómo un científico natural, a pesar de mantener la actitud correcta y el rigor deseable en su ámbito de estudio, puede llegar a convertirse en un constructivista, defendiendo la posibilidad de centralizar la organización de la sociedad).

Las ciencias sociales se han ganado una merecida mala fama. La mayoría de los que dicen cultivarlas, o bien las niegan construyendo teorías imposible de controlar y falsar (Marx), y que son ajenas a la explicación de los fenómenos tal y como acontecen, o, en todo caso, caen en el complejo que les provoca el éxito técnico de las ciencias naturales, y pretenden aplicar una idea distorsionada del método que creen propio de este tipo de ciencias, utilizándolo como coartada de su contaminación ideológica respecto del objetivo constructivista/intervencionista que tratan de avalar (cientismo). En consecuencia, la opinión domina en el estudio de lo social. No existe opinador que no esté dispuesto a departir con vehemencia sobre estas cuestiones, incluso con el respaldo de lo que creen o defienden como ciencia económica aplicada. Cualquiera tiene una opinión al respecto; todo el mundo se enzarza en peregrinas discusiones que ignoran por completo el estado real del avance científico en la materia. Sirviéndose de las hipótesis que mejor conecten con sus ideas y valores morales o políticos, defienden la incontestabilidad de sus posiciones. Ignoran por completo la entidad de los fenómenos que dicen comprender, concluyendo auténticas entelequias y sofismas.

No se trata de batallar en el campo de lo científico con armas estrictamente ideológicas, porque al hacerlo lo normal es que el prestigio de las ciencias sociales acabe siendo el primer derrotado. A esto es a lo que nos hemos acostumbrado durante los dos últimos siglos, donde, sin embargo, multitud de pensadores han demostrado un ímprobo esfuerzo por conocer, por profundizar, por demostrar sus hipótesis y avanzar dentro de programas de investigación solventes y rigurosos. Lo triste, como decía, es que la controversia política y la opinión hayan despojado de su merecido reconocimiento a las ciencias sociales, centrando la atención prácticamente en exclusiva en quienes han sido y son capaces de justificar casi cualquier idea, apelando a una categoría epistemológica que debería negárseles por completo. De esta manera, al servicio de las ideas, de los movimientos políticos, de los valores y la moral, han quedado relegadas las ciencias sociales, volviéndose cada vez más superficiales, víctimas del complejo, el desprestigio y la manipulación (Keynes).

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