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Cómo se mofó Lubitsch de los totalitarismos

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Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial miles de espectadores deseaban evadirse en las salas de cine de la dolorosa realidad. El director Ernst Lubitsch –antiguo actor de teatro- no sólo llevaba atendiendo con éxito dicha demanda desde hacía años, sino que decidió burlarse elegantemente justo entonces de aquellos totalitarismos que contaban en su época con mayor apoyo popular (el socialismo real y el nazismo). Fruto de ello fue la producción de dos comedias devenidas en clásicos de la cinematografía.

Ninotchka (1939) relata la historia de amor que surge en París entre dos especimenes de mundos contrapuestos, el occidental (capitalista) y el soviético al toparse un vividor de apretada vida social (representado por Melvyn Douglas) con una emisaria comunista gélida y calculadora (Greta Garbo, alias Ninotchka) con motivo de la venta en la capital francesa de unas joyas expropiadas por el Estado soviético a una duquesa de la Rusia blanca.

Toda la película rebosa humor e ingenio. Por primera vez la divina Garbo intervenía en una comedia. Nada más bajar del tren en la estación parisina, la protagonista comenta que el trabajo del porteador de maletas era una injusticia social, a lo que éste le replica que eso dependía de la propina. Seguidamente le preguntan sus enlaces en la ciudad por la URSS después de los juicios (las purgas estalinistas, se entiende) y contesta –sin inmutarse- que tras aquéllos había muchos menos rusos pero los que quedaban eran mejores.

Otro diálogo memorable es el que mantiene el galán protagonista con su mayordomo, aterrado este último ante la perspectiva de tener que compartir, según los cánones marxistas, su cuenta bancaria y sus ahorros con su empleador, un crápula y un derrochador incorregible. Todos los actores secundarios lo bordan, en especial los inolvidables tres delegados soviéticos, subalternos de Ninotchka, que sucumben con deleite a los lujos capitalistas. Esta obra maestra, al parecer una de las favoritas de Lubitsch, fue nominada a cuatro Oscars; lástima que 1939 fuese también el año del estreno de Lo que el viento se llevó y de La diligencia que se llevaron todos los honores. Un excelente guión (Wilder y Brackett) apuntala esta incisiva comedia de la planificada Unión Soviética y sus insoportables servidumbres, algo insólito en el mundo del cine de entonces y de hoy.

El proverbial refinamiento fílmico del judío berlinés Lubitsch se enfocó un poco más tarde, en 1942 (año de la mítica Casablanca), en otra tiranía; esta vez contra la política belicista que los nazis estaban acometiendo en esos momentos. El resultado fue To be or not to be. Otra sátira deslumbrante con un guión de los llamados “de hierro” y un reparto perfecto. Se trata de una parodia a cuenta de la deplorable invasión nazi de Polonia en la que una compañía de actores de teatro, de gira por Varsovia, trata de impedir a toda costa que un profesor espía al servicio de la Gestapo desvelase los nombres de los cabecillas de la resistencia polaca. A tal fin despliegan, disfrazados de nacionalsocialistas, sus propias dotes interpretativas en un festín de situaciones equívocas, brillantes elipsis, gags desaforados y situaciones cada vez más enloquecidas a medida que avanza la trama.

En este enredo también hay una subtrama romántica de celos, desconfianza e infidelidad entre un terceto amoroso formado por el matrimonio protagonista (los actores Tura, encarnados por Jack Benny y Carole Lombard) y un piloto polaco, amante de la sra. Tura. El tan alabado “toque Lubitsch”, consistente en un sutil empleo de la sugerencia y del entrever no explícito, tiene en esta película uno de sus mejores exponentes. La chanza de las vanidades de los actores no fue menor que la dedicada a los nazis. A diferencia de lo que ocurrió dos años antes con el film más simplón El Gran dictador (Chaplin), los críticos de la época no supieron apreciar Ser o no ser y lo tacharon de banal e insensible. Con el tiempo, no obstante, se ha revelado como una magistral mofa del aplastante poder totalitario en el que había bastante de grotesco y de ridículo en toda su aparatosa parafernalia.

Estas dos sofisticadas comedias de Lubitsch son la mejor vacuna contra sendos modos de poder totalitario del siglo XX. ¿Algún director actual osará burlarse así de las tiranías actuales? Lo dudo; la corrección política o la timorata alianza de civilizaciones lo impedirían.

La extensa filmografía de Ernst Lubitsch (una cincuentena de películas mudas y, sobre todo, las veinte sonoras) le acredita como el mejor director de comedia cinematográfica de todos los tiempos. Los dos largometrajes aquí comentadas son, además, hitos primordiales para cualquier cinéfilo. También para todo aquél que tenga algún aprecio por la libertad.

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