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Con la Iglesia se han topado

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La impresionante reunión de peregrinos católicos de todo el mundo, congregados el pasado fin de semana en Madrid con motivo de la celebración en esa ciudad de una de las periódicas Jornadas Mundiales de la Juventud, va a traer sin duda muchas y profundas consecuencias. Por lo pronto, la Iglesia Católica ha demostrado una vez más que sigue siendo la organización religiosa más importante del mundo, exhibiendo sus extraordinarias dotes para convocar a millones de personas por encima de razas, lenguas y culturas diferentes en perfecta paz y armonía. Los cronistas del acontecimiento nos relatan el civismo de los asistentes, algo que, ciertamente, no resulta predicable en todos los casos que grandes multitudes se congregan para manifestarse en público. Sometidos a los rigores del bochorno que azota Madrid en verano, los peregrinos no perdieron la compostura. Algunos de ellos, incluso, demostraron que una tendencia natural impulsa a los hombres a aligerarse de ropa en esas condiciones, para escándalo de quienes ridiculizan a todos los católicos como mojigatos, sin observar antes la superposición de visiones sobre el cuerpo humano que los cristianos han legado a la cultura y al arte universales. Imaginen lo que ocurriría en la peregrinación a La Meca, si se produjera una situación así.

Desde una perspectiva humanista, sabemos que esas expresiones multiculturales no constituyen un hecho aislado. Desgraciadamente no he estado todavía en Jerusalén ni en Roma, donde cristianos de todo el mundo celebran pacíficamente sus actos de liturgia, entusiasmados por el marco incomparable que los acompaña. Sin embargo, hace tiempo tuve la ocasión de asistir a una misa en distintas lenguas en la catedral de Santiago de Compostela – lugar santo para los cristianos y, a la vez, simbólico para los españoles– y no dejé de maravillarme del profundo ambiente de hermandad que se respiraba allí. Sin duda uno de los aspectos más brillantes y conmovedores del cristianismo y que lo diferencian de otras religiones que no promueven el amor y el respeto al prójimo.

En sociedades plurales, obviamente, no cabe la unanimidad y pueden y deben encontrarse aspectos más sombríos que los felizmente resaltados el pasado fin de semana en la poliédrica trayectoria de la Iglesia Católica y otras confesiones cristianas. Podemos mencionar dos ejemplos donde su magisterio ha tomado partido por una postura estática y rígida sobre asuntos mundanos o en los que simplemente no ha empleado la diligencia debida para mantenerse coherente con sus propios postulados. Me refiero a la difusión entre los cristianos de la célebre «doctrina social» de la Iglesia expuesta en la Encíclica de León XIII «Rerum Novarum» en 1891. A pesar de algunos destellos atinados en la defensa de la propiedad privada como parte de la libertad de los hombres y de las actualizaciones posteriores como la encíclica «Centesimus Annus» de Juan Pablo II, tan elogiada por grandes economistas, la falta de comprensión de la dinámica del mercado –que es la humanidad entera– ha conducido a muchos católicos hacia opiniones anticapitalistas de forma innecesaria. No por casualidad el viaje intelectual de muchos socialistas comenzó con el aprendizaje de esa doctrina para a continuación dotar de una justificación cuasi religiosa a teorías erróneas como el marxismo. La Iglesia podría estimular el debate y la búsqueda de la verdad sobre estos asuntos y abstenerse de adoptar ninguna doctrina como oficial. Diríase, por lo demás, que la jerarquía católica se empeña en defender el Estado del bienestar por la mala conciencia de no haber resuelto su propia financiación al margen de los gobiernos de los países donde se vio forzada a transigir para subsistir.

El segundo tipo de carencias, aun admitiendo la dificultad para mantener la coherencia entre miles de millones de creyentes y las distintas iglesias nacionales, deriva de la tolerancia hacia determinadas actitudes de obispos que han utilizado dobles raseros para relativizar las claras prohibiciones del quinto y séptimo mandamientos («No matarás» y «no robarás») recurriendo sin ambages a polilogismos marxistas o nacionalistas. Pienso en este momento en el poco edificante ejemplo de algunos prelados católicos frente al terrorismo independentista vasco, pero podrían ampliarse los casos a otras partes del mundo.

No obstante, el argumentario esgrimido por los convocantes de las manifestaciones contra la visita papal y la celebración de esa reunión católica multitudinaria ya alcanzaba niveles pedestres de intolerancia y abierta manipulación de la realidad en los prolegómenos del acontecimiento. Chocante resultaba la súbita preocupación por sus impuestos, destinados según ellos a pagar la estancia de los peregrinos, o la indignación por las bonificaciones en los precios del transporte público mientras se prolongaran las jornadas, promovidas por el gobierno regional de Madrid.

El posterior desarrollo de los acontecimientos demostraría que esa vanguardia de choque goza del apoyo del gobierno actual, aunque algunos de esos defensores de la mugre no lo supieran, el cual les iba a prestar un altavoz callejero privilegiado para que dieran rienda suelta a las expresiones de odio que tuvieran a bien dedicar a los católicos. No de otra manera puede interpretarse el hecho de que se les permitiera circular por zonas aledañas a la Puerta del Sol donde se encontrarían algunos peregrinos, despreciando temerariamente la seguridad y la libertad de estos últimos. Nadie recordó que en 2003 – parece que ha transcurrido una eternidad–, con el entusiasta apoyo de los parlamentarios del PSOE, se tipificaron expresamente como delito (artículo 514.4 CP) este tipo de «contramanifestaciones». Se pensaba obviamente en perseguir el acoso y las amenazas que sufrían los participantes en manifestaciones contra el terrorismo en el País Vasco. Sin embargo, antes al contrario, esa «ratio legis» no resta un ápice a su alcance general y universal, de manera que debería abrirse una instrucción judicial que esclareciera cómo fue posible que la policía desalojara de la Puerta del Sol, escoltándolos, a los peregrinos católicos frente a las coacciones e insultos (¿se pueden subestimar las intenciones de alguien que grita «os vamos a quemar como en el 36«?) de esa turba aparentemente desorganizada que no estaba autorizada a circular por allí. Luego vendrían las cargas policiales contra algunos de estos sujetos (…y las acusaciones de provocadores a los peregrinos por parte de elementos del PSOE) pero ello no puede servir para ocultar las responsabilidades del gobierno y su delegada y de los amedrentadores.

Constituye ya un lugar común decir que el actual gobierno español ha fomentado estas actitudes. Forman parte de sus «señas de identidad», tal como recomienda el «deconstructor» de cabecera Juan Goytisolo, viejo inspirador literario del neosocialismo posmoderno español. Pero hay algo peor y más inquietante, de cara al futuro próximo, donde, probablemente, los católicos querrán olvidar los desagradables incidentes frente al éxito de las sucesivas reuniones presididas por el Papa. Aunque los grupos violentos son minoritarios, solo llevan hasta sus últimas consecuencias la feroz manipulación y propaganda guerra civilista y anticatólica que defienden muchos seguidores del gobierno.

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