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Contra la corrección política: Trump vs. Felipe VI

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Felipe VI se ha enfrentado a una situación compleja sin perder las formas: con firmeza, convicción y claridad.

Vivimos en un mundo dominado por políticos: su intromisión en casi todas las áreas de nuestras vidas es evidente y, lo que es aún peor, creciente. Todos ellos, a lo largo de la Historia, han usado la propaganda: hoy en día, esa propaganda es la corrección política.

Da igual el país y, sobre todo, da igual el color político del gobernante: se repiten los mismos mantras en todos los parlamentos, en todos los debates, en todas las campañas electorales, en todos los congresos internacionales, en todas las series de televisión exitosas. El consenso es fundamentalmente socialdemócrata. Más progresista o más conservador, pero siempre orientado a la izquierda.

Todo debe ser políticamente correcto: en la cultura, en la educación, en la prensa. Si es necesario atacar instituciones que han servido para constituir las sociedades tal y como las conocemos hoy, se utiliza adecuadamente un grupo de presión (un sindicato con capacidad de movilización, un colectivo que explote algún tipo de victimismo, etc.) y el político de turno cederá al chantaje. Si no es a la primera, se organiza una manifestación con varios de esos grupos luchando juntos y la chirimoya, en forma de político maduro, cae: ahí es cuando vemos a homosexuales llevando camisetas del Che…

Hay excepciones, claro: pocas, pero son bienvenidas. La excepción más sonada últimamente ha sido la de Donald Trump, por supuesto. Los datos en Estados Unidos muestran la correlación entre ser anticorrecto políticamente y ser pro-Trump: dicha correlación es mayor que con cualquier otro factor, como ser conservador o proteccionista, por ejemplo.

Como ya he dicho en otro artículo anterior, Trump ha conseguido que mucha gente en Estados Unidos se atreva a desafiar ese consenso socialdemócrata. Personalmente, me parece muy positivo: un atentado terrorista cometido por islamistas es un atentado terrorista cometido por islamistas y no otra cosa.

Ahora bien, uno puede mostrarse políticamente incorrecto y no perder las formas: cuando supe que S.M. el Rey Felipe VI iba a pronunciar un discurso en televisión después del referéndum del 1-O en Cataluña, confieso que me temí lo peor. Imaginé toda clase de lugares comunes: diálogo, negociación, más diálogo y más negociación.

Pues me equivoqué: nada de lugares comunes políticamente correctos en su discurso. Lo escuché primero sin verlo, y me gustó: cuando lo vi posteriormente, me gustó más todavía. Aparte de coincidir en el fondo (la letra), me encantaron las formas (la música): la cara, los gestos, el movimiento de las manos, el dedo índice… Ese dedo, enfatizando las palabras pronunciadas en ese momento, simboliza lo políticamente incorrecto del mensaje que quiso transmitir: ningún consultor de imagen nos lo recomendaría, estoy seguro. Rajoy no habría sabido hacerlo. Soraya no hubiera podido ni siquiera intentarlo. Ellos son políticos. Felipe VI no.

No obstante, supuse que la alegría duraría poco: creí que la política acabaría llevándose el gato al agua, como siempre. De hecho, casi todos los políticos hicieron todo lo posible para que la manifestación del domingo siguiente en Barcelona no tuviera nada que ver con ellos, o al menos, no demasiado.

Y después, más de lo mismo: echar agua, dejar pasar el tiempo, hacer como que hacemos algo para no tener que hacer nada, etc. Así que cuando supe que el Presidente del Gobierno iba a estar presente en la entrega de los Premios Princesa de Asturias, me dije: “ya está, se acabó; ahora sí vamos a ver un discurso moderado y tolerante, que evite la confrontación con los golpistas, por supuesto; bueno, golpistas, no exagere señoría, es un decir; han incumplido la ley, pero en fin, sólo un poco, no mucho; y todos hemos cometido errores alguna vez en nuestra vida; realpolitik, y la vida sigue…” O sea, la hora del discurso políticamente correcto que no hizo la primera vez.

Esta vez lo escuché y lo vi: no en directo, pero a los pocos minutos de terminar. Toda la primera parte me pareció ir en esa línea, pero tampoco había mucho margen cuando las palabras de elogio van dirigidas a un equipo de rugby, la verdad. Pero las palabras sobre la Unión Europea me hicieron sospechar que había algo más: “…para que nunca nos permitamos dar un paso atrás, hacia el sectarismo, la arbitrariedad y la división, hacia el horror”.

Claro que había más: “España tiene que hacer frente a un inaceptable intento de secesión en una parte de su territorio nacional, y lo resolverá por medio de sus legítimas instituciones democráticas, dentro del respeto a nuestra Constitución y ateniéndose a los valores y principios de la democracia parlamentaria en la que vivimos desde hace ya 39 años.”

Y más: “Un camino que debemos recorrer acompañados de la razón, la palabra y el respeto a las reglas de convivencia, inspirándonos en tres principios europeos que también son indisociables: la democracia, los derechos fundamentales y el Estado de derecho.”

Para acabar como los toreros buenos, en todo lo alto y hasta donde pone Toledo: “Y en estos tiempos duros y difíciles que vivimos, es necesario más que nunca reivindicar los principios democráticos en los que creemos y en los que se sustenta nuestra vida en común. Son tiempos para la responsabilidad. Nuestros ciudadanos lo merecen, lo necesitan y lo exigen. Unos ciudadanos que desean convivir y progresar en paz y que diariamente ofrecen un ejemplo de sacrificio, entrega y compromiso con su país.”

Es decir, otro discurso contrario a la lógica política del consenso, en un foro mucho más complicado que ante la mesa de su despacho el primer día: desconozco si alguien del gobierno supervisó alguno de los discursos, pero la intuición me dice que no. Hubieran sido políticamente correctos.

Está bien que Trump se enfrente a determinadas élites biempensantes, ya sean estrellas multimillonarias de Hollywood o jugadores de la NFL: pero si quiere aprender a hacerlo bien, que se fije en S.M el Rey Felipe VI y en cómo se ha enfrentado a una situación tan compleja como ésta sin perder las formas. Con firmeza, con convicción, con claridad. Sin insultar a nadie.

1 Comentario

  1. El Estado de Derecho y los
    El Estado de Derecho y los Principios Democráticos son opuestos a los Derechos Fundamentales. Una forma sencilla de ilustrar esta idea es ver cómo el Estado nos insulta diariamente cuando hay gente que se pasa seis meses (con suerte) en lista de espera de cirugía, lo cual no pasaría si el Estado no impidiera la competición en el negocio sanitario. También dificulta el Estado de Derecho el ahorro a lo largo de la vida, con impuestos altos, paro etiológicamente político, excesiva regulación financiera, y programas públicos para paliar el daño que las ideícas de los políticos hacen en la sociedad. Todo esto es otro insulto, peor que cualquiera de los de Trump, en calidad y cantidad. ¿Alguien ha mirado últimamente los libros de texto? No solo están politizados en su contenido los de las enseñanzas medias; también los libros universitarios, los de las carreras técnicas inclusive, están politizados con todas las de la ley. Otro insulto del Estado de Derecho. Qué decir del impuesto sobre la renta, las donaciones o sucesiones, que claramente conculcan el Derecho Fundamental a la Propiedad Privada. Otro insulto. Todos los empresarios son recaudadores de impuestos, y da igual que la obligación de recaudar dinero para el Estado vaya en contra de tu fé: no hay libertad de conciencia plena en Democracia. Esto es más que un insulto, porque la ley obliga a que uno se manche las manos de sangre si quiere vivir dentro de la ley.

    ¿Convivencia? La política consiste en destruir la convivencia que naturalmente aparece entre la gente. Todo debe estar tutelado y regulado, y lo que se salga de eso no vale y es perseguido con saña. Dicen «solo hacemos nuestro trabajo» los trolls que trabajan para el Estado.

    La libertad es condición necesaria para la moralidad. El que quiera cargarse toda la moral de un pueblo, solo tiene que minar su libertad un poco. La inmoralidad que se ve en Cataluña tiene su origen en la destrucción sistemática de las libertades perpetrada por el Estado de Derecho. Recordemos que la Generalidad de Cataluña es una institución hija de del Estado Español. Todo el mal hecho desde la Generalidad ha sido permitido o fomentado desde el Estado Social y Democrático de Derecho de España. Para nuestra mayor vergüenza.

    Hay tres falacias del mundo moderno con las que hay que acabar: la separación de poderes, el imperio de la ley y la soberanía nacional. Hacerlo sería un primer paso para salir definitivamente de la caverna. Necesitamos justicia. Ya sabemos, o deberíamos saber todos, que la justicia no viene con revoluciones ni con pantomimas democráticas, ni con tiranías, ni con «grandes pactos sociales», ni con proteccionismo, ni con ideas románticas, imperiales, republicanas o religiosas. La justicia proviene de la acción recta de cada individuo. La única acción política racional es eliminar obstáculos al comportamiento correcto de los individuos. Esto no forma parte del «proyecto europeo» ni de los EEUU. Lo que defiendo aquí es la idea original de «América», rápidamente traicionada, acuchillada y abandonada por los Padres Fundadores. España está atrasada porque persigue la estela antiliberal de la correción política. Hace falta cambiar el rumbo y liberalizar.


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