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Contra la teoría del decrecimiento

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Unas recientes declaraciones de Ursula von der Leyen sobre la supuesta necesidad de adoptar en la UE unas políticas industriales y económicas parcialmente en línea con la Teoría del Decrecimiento me impulsaron definitivamente a escribir este artículo, que llevaba varios meses pensando publicar. Considero que la Teoría del Decrecimiento no necesita excesiva presentación ni explicación para el lector promedio de este tipo de columnas, ya que el decrecimiento es una de las boutades económicas más conocidas de las últimas décadas. Aún así, conviene remarcar en pocas líneas algunos de sus postulados principales.

Teoría del decrecimiento

El núcleo de la Teoría del Decrecimiento se halla en la asunción no probada de que la sostenibilidad medioambiental es incompatible con el crecimiento económico y que, por ende, para maximizar la preservación de los recursos naturales es necesario reducir drásticamente el consumo de bienes y energía lo cual, según los decrecentistas, solo puede lograrse a través de una contracción de la actividad económica a nivel global.

Tan solo escuchando o leyendo brevemente las principales premisas del decrecimiento, nos percatamos no únicamente de que la conclusión o soluciones propuestas por dicha teoría sean innecesarias y contraproducentes, sino que, además, el núcleo de la propia teoría es radicalmente falso. La idea de que el crecimiento económico requiere un incremento de la utilización de recursos naturales es sencillamente contraria a la evidencia. Para hundir dicha premisa basta con observar brevemente como los países desarrollados llevan décadas creciendo mientras su intensidad energética, emisiones de dióxido de carbono y explotación de los principales recursos naturales (como agua o metales) ha caído casi en picado.

Hacerse trampas al solitario

Aunque esta réplica al decrecimiento pueda parecer nítida, me he encontrado muchas ocasiones -sobre todo cuando estaba en la universidad- en las que los defensores del decrecimiento me mostraban un simple gráfico que trataba de demostrar como el PIB nominal a escala global presenta un elevado índice de correlación con la tasa de explotación de recursos naturales para el conjunto del planeta. Pues bien, esto es simplemente hacerse trampas al solitario.

La primera trampa de dicho argumento es que meten todos los recursos naturales en el mismo saco, cuando la composición del cómputo total de recursos naturales ha cambiado casi por completo desde las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial a hoy en día, por ejemplo. Mientras en los 70 el principal recurso natural empleado para la producción industrial y económica era el petróleo (no reciclable), hoy en día la mayoría de los recursos naturales que se emplean son reciclables, haciendo que la comparativa de explotación neta de recursos naturales sea inválida, ya que la destrucción neta de recursos no es ni similar.

Evolución hacia el sector terciario

La segunda trampa del argumento de correlación de los decrecentistas es el hecho de que las tendencias de crecimiento pasadas no son comparables a las actuales, hilando con el párrafo anterior. Por ejemplo, desde después de la Segunda Guerra Mundial hasta bien entrada la década de los 70, en EEUU el crecimiento económico mostraba una elevada correlación con la intensidad energética de la economía americana y las emisiones de dióxido de carbono.

Mientras tanto, a partir de la década de los 80, esta correlación se desvaneció por completo e incluso se volvió casi inversa. Se incrementó el crecimiento económico, pero reduciéndose de manera notable la intensidad energética y las emisiones de dióxido de carbono. Ello fue debido principalmente a los avances tecnológicos. Esto, además, no es una cualidad exclusiva de EE.UU., sino de la curva de desarrollo de prácticamente todos los países desarrollados hoy en día. El hecho de que conforme los países se terciarizan desarrollan tecnologías y métodos de producción que desacoplan el crecimiento económico de la explotación de recursos naturales, es un claro argumento a favor de mayor crecimiento en países como China e India, para que así alcancen dicho punto.

Hemos conquistado la tecnología

Ante esto, lo que muchos decrecentistas argumentan es que aunque el punto de desarrollo suficiente para que el ritmo de emisiones decreciese se alcanzase, no sería lo suficientemente rápido. Es decir, cuando China, India o multitud de países africanos lleguen al punto de desarrollo como para generar crecimiento a la vez que reducen emisiones, ya sería demasiado tarde y el daño causado al medioambiente sería supuestamente irreversible.

Como se pueden imaginar, este argumento también es falso. La causa principal es que la tecnología que países como EE.UU. o muchos países europeos tuvieron que crear para lograr un crecimiento no intensivo en explotación de recursos ya se encuentra plenamente disponible en el mercado. Es decir, los países emergentes no tienen que volver a inventar dicha tecnología, sino simplemente adoptarla, lo que hace que el proceso sea mucho más rápido y acelere el desarrollo de estas naciones. De hecho, esto no es simple teoría o cavilaciones, sino que ya está ocurriendo en el caso de los paneles solares que China está desarrollando e implantando basados en tecnología de desarrollo americano.

Las consecuencias

Una vez que las premisas de la teoría del decrecimiento han sido desmentidas, conviene analizar cuáles serían las consecuencias primarias de la aplicación de esta teoría, y plasmarlas en algunos números. Un decrecimiento global, asumiendo que esto significara como mínimo mantener el PIB mundial en sus niveles actuales, haría que el 15% de la población se estancara en ingresos por debajo de $1.90 al día y cerca del 25% de la población mundial por debajo de $2.50 al día.

Además, esto congelaría la media de ingresos per cápita global en $17.000 anuales, significando que la mayoría de la población mundial jamás alcanzaría nada ni similarmente parecido a los estándares de vida de los países desarrollados hoy en día. No conviene olvidar tampoco que todo ello requeriría empobrecer explícitamente a los ciudadanos de países con una renta superior a $17.000 al año… y no parece que los ciudadanos de estos países vayan a estar por la labor -lógicamente-.

Por lo tanto, tal y como hemos visto, la Teoría del Decrecimiento no tienen en absoluto sentido ni lógica económica. Dicha teoría parte de unas premisas que son radicalmente falsas, ya que se basan en una manipulación de los datos y el análisis de tendencias y, además, las conclusiones a las que llegan los decrecentistas y las propuestas de política económica que surgen de estas son absolutamente destructivas e irrealizables.

Ver también

Un Nobel contra la pobreza. (Álvaro Martín).

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