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De escorpiones y políticos

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Una de mis fábulas favoritas es la del escorpión y la rana. Sobre todo por las veces en que veo la cara de sorpresa de la rana, al ser picada, en multitud de ciudadanos al observar atónitos cómo las cajas de ahorros quiebran, descubren al político de turno robando a espuertas o sus pensiones menguan año tras año.

Por desgracia, en la famosa fábula la pobre rana muere, privándonos así de poder observar cómo se queja de la mala suerte que ha tenido al aceptar llevar en su espalda a un escorpión que se comporta como un escorpión, y deseando que la próxima vez que tenga que cargar con otro, éste se comporte como es debido.

Seguramente el autor de la fábula quiso ser benévolo con el pobre animal y mató la estupidez de la rana junto a ella, pero el mundo real es bien distinto.

Es por ello por lo que, después de que varias cajas de ahorro hayan sido rescatadas por el contribuyente, la corrupción política sea noticia día sí y día también, y los servicios públicos se desmoronen mientras aumentan los impuestos, todavía hay que ver a miles de personas pidiendo a gritos banca pública, más poder para los políticos y nuevos servicios públicos.

Y aunque hay mucha rana interesada en ver cómo se cargan a su vecina para quedarse con su parte de la charca, lo cierto es que la mayoría termina siendo víctima de la picadura sin percatarse de cuál ha sido su error.

Y el error no es otro que el de no comprender el mensaje del escorpión cuando está a punto de hundirse junto a su víctima (que sería el mismo que diría cualquier político al provocar un desastre si su naturaleza le permitiera decir la verdad, aunque fuera por una vez en su vida): "no me culpéis a mí, soy un político y en mi naturaleza está hacer las cosas así".

El argumento que se esgrime en contra de esta disculpa es que somos seres humanos, y por tanto, racionales. Si obramos mal es porque queremos y no porque estemos obligados a ello por nuestra naturaleza.

Esto, que en cierta medida es cierto, no es aplicable al caso de los políticos. Y no lo es porque un político no es un ciudadano corriente, es una persona que para llegar a su cargo ha tenido que pasar por ciertos filtros que, por su naturaleza, van descartando a los individuos que son éticos. Y cuanto más alto llegue, más filtros ha tenido que superar.

Piense en ello: si usted se afilia a un partido político de una ciudad mediana. ¿Qué piensa que tiene que hacer para prosperar? Llevarse bien con la suficiente gente del partido como para ganar apoyos. ¿Cómo se consigue eso? Pues muy fácil: mintiendo.

Cualquier político que lea esto dirá que es una exageración propia de un cínico, pero lo cierto es que la única forma de ganarse el apoyo de una persona es que ésta crea que le vas a beneficiar. Y la única forma de aparentar que beneficias a la mayoría (formada por individuos con intereses contrapuestos) es mintiendo (decir a la gente lo que quiere oír).

Por supuesto hay excepciones. Pero no suelen superar los suficientes filtros como para llegar a ningún puesto relevante.

Hay personas de buena voluntad que creen que esto se puede cambiar. Piensan que si bastante gente decente se afilia a un partido político existente o crean uno nuevo el sistema cambiaría y los políticos volverían a ser gente honrada.

Eso es tan absurdo como pretender que las mafias que trafican con droga sean lideradas por gente civilizada, mientras su comercio sigue siendo ilegal. Igual que la ilegalidad de la droga es la que lleva a la cúspide de su distribución a los más violentos de la sociedad, es el exceso de poder político (la capacidad de beneficiar a unos a costa de otros) la que conduce al gobierno a lo más corrupto de la población.

Esta conclusión puede abrumar a mucha gente, ya que el poder político forma parte de la sociedad desde que ésta existe. La única recomendación que se me ocurre para estas personas es que se acuerden de nuevo de la fábula del escorpión y la rana: no tienen que acabar con los escorpiones, solo tienen que negarse a llevarlos a sus espaldas.

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