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De inflación, hormigas y cigarras

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El tiempo es un medio escaso que economizamos en el transcurso de nuestras acciones. Así, cuando nos planteamos un determinado objetivo, preferimos alcanzar éste antes que después, ya que no disponemos de todo el tiempo del mundo. Estancarnos con un proyecto determinado nos impediría proponernos nuevas metas.

Desde un punto de vista psicológico, el tiempo se revela subjetivamente más escaso conforme las personas maduran. El discurrir del tiempo lo sentimos (valoramos) de manera distinta con el paso de los años: es sin duda más apremiante cuando llegamos a edades más avanzadas. Un niño casi nunca se agobia por cumplir años; de hecho, está deseoso de ser "mayor".

Bien es sabido que sociedades y culturas reaccionan de manera distinta ante la problemática del tiempo. Ya sea por motivos religiosos, por una ética de trabajo transmitida de generación en generación, etc., lo cierto es que existen muchas comunidades (asiáticos, judíos, puritanos…) que prefieren posponer gratificaciones en el corto plazo para obtener mayores recompensas en el futuro. En la terminología empleada por el economista Böhm Bawerk, esta gente estaría manifestando una baja preferencia temporal. Por el contrario, quien actúa para satisfacer necesidades presentes sin tener un horizonte temporal amplio, estaría revelando una alta preferencia temporal.

Hay que tener en cuenta, ya estemos analizando desde una perspectiva psicológica o económica (praxeológica), que al ser humano le cuesta mucho esfuerzo renunciar a satisfacciones presentes a cambio de recompensas futuras. Sólo lo hará si el premio ulterior es tal que mejore con creces aquello a lo que ha tenido que renunciar en todo ese proceso.

En cualquier caso, esta costosa renuncia tiende a redundar en un gran empuje civilizador no sólo desde un punto de vista social o moral, sino económico: mayor ahorro, mayor capital en la economía y alargamiento de estructuras productivas sin las que no habrían surgido, entre otros, avances científicos y técnicos en los campos de la medicina, el transporte o la mejora de las condiciones laborales.

Que una sociedad entera manifieste una preferencia temporal alta tiene consecuencias desastrosas para la supervivencia y desarrollo de dicho grupo humano. Para verlo con claridad basta llevarlo al extremo. Si nadie planifica hacia el futuro (disculpen el pleonasmo), si no se ahorra y se consume toda la riqueza presente, indefectiblemente nos encontraremos ante un paisaje maltusiano: la presión de la población sobre los recursos sería tan fuerte que los pocos bienes que encontráramos útiles los "agotaríamos" sin remisión. En un panorama gris como el expuesto, los individuos (casi depredadores) rivalizarían, por ejemplo, por la madera de los árboles como fuente de calor; y no invertirían (lo que es equivalente a posponer una gratificación) en reforestar o en descubrir y poner en producción medios alternativos con los que procurarse dicho fin (carbón, petróleo…).

Un interesante estudio sociológico consistiría en indagar qué elementos hacen que los grupos humanos presenten pautas de comportamiento favorables a horizontes temporales más o menos largos. Pero sin necesidad de salirnos de la economía, podemos identificar un factor clave en la manifestación de comportamientos con elevada preferencia temporal, con los perniciosos efectos que ha conllevado en aquello que no se ve: la temida inflación.

A priori, puede parecernos que la perseverancia, la espera y la futura recompensa nada tienen que ver con la inflación. A menudo se habla en economía de "incentivos" y, más concretamente, de incentivos institucionales. El saqueo, el fraude o el engaño, en definitiva, la falta de mecanismos de defensa de los derechos de propiedad, sabemos que no fomentarán procesos de ahorro e inversión como los descritos arriba. En tales casos, ¿cuál será el premio que compense la espera en las gratificaciones? Ninguno.

Con los procesos inflacionarios pasa algo semejante. Sin entrar en los evidentes episodios de hiperinflación, nos centraremos en aquellos que se derivan del abaratamiento de las condiciones de crédito por debajo de los niveles de ahorro de la sociedad.

El ejemplo de España nos ayudará a comprender mejor cómo esta expansión crediticia altera la preferencia temporal de los individuos por una doble vía. Cuando se producen fenómenos inflacionistas marcados, el dinero pierde capacidad de compra con mucha velocidad. Los precios de los inmuebles, por ejemplo, han subido con crecimientos anuales de más de dos dígitos. Sin duda, quien haya optado por ahorrar frente a comprar, quien haya optado por la prudencia –considerando que no tenía aseguradas aún sus rentas salariales futuras–, a la postre ha sido "un primo". En procesos inflacionistas, el dinero quema entre los dedos. Pierden los ahorradores y ganan los que se hallan fuertemente endeudados. Fomenta el gasto frente a la prudencia y el ahorro.

La segunda vía tiene su origen en el llamado efecto riqueza. Es más, el motivo por el que los gobiernos ponen en marcha políticas de crédito barato es precisamente el de crear este efecto riqueza (especialmente, en el sector industrial), pese a que, por la teoría del ciclo, sepamos que conduce a una distorsión en la estructura productiva del país, a expansión y crisis. Pero ¿por qué nos sentimos más ricos y en qué medida afecta esto a nuestras decisiones prudentes de previsión y ahorro?

Respondiendo a la primera pregunta, confluyen simultáneamente varios factores: los bajos tipos de interés no sólo son aprovechados por la industria, sino por los consumidores: relajando las condiciones de concesión de crédito y con tipos bajos, tenemos mayor capacidad de compra y tomamos decisiones de inversión creyendo que siempre se mantendrán los tipos a esos niveles reducidos.

Por otro lado, la expansión crediticia llega en primer lugar a una o varias industrias (en España al sector de la construcción) distorsionando los precios relativos. Es decir, se produce una escalada de precios en un determinado activo (inmuebles, financieros), lo cual hace que, de la noche a la mañana, los poseedores de dichos bienes y los que los adquieren al iniciarse la vorágine inflacionista, ven incrementada su riqueza de forma notable. Por las mismas, el hecho de que una industria esté cosechando beneficios espectaculares (que parece nunca van a acabar) hace crecer la pelota: cada vez más crédito y mayor inversión se dirigen hacia dicho sector revalorizándose aún más los activos.

Esto sin duda nos proporciona la tercera respuesta de por qué nos sentimos más ricos. No sólo al individuo de a pie le quema el dinero entre los dedos, no sólo ha visto revalorizar sus activos si los poseía ya o se ha endeudado al principio, sino que además en estas épocas alcistas, donde hay sectores industriales muy fructíferos, tienden a reducirse el paro y a incrementarse las retribuciones salariales. De nuevo, nos sentimos más ricos.

Deliberadamente, he empleado en varias ocasiones la frase "sentirnos más ricos". Y con ello respondemos a la segunda parte de nuestra pregunta: en qué medida el efecto riqueza afecta a nuestras decisiones de consumo. Si bien están muy influidas por el elemento cultural (valores familiares, religión…), este "dinero fácil" nos hace introducirnos en un terreno resbaladizo, entre psicológico y económico. Dar un "pelotazo" de un día para otro y convertirnos en "nuevos ricos" puede distorsionar nuestra idea de cómo se crea riqueza (no olvidemos que a un boom crediticio de estas características le sigue un crash). Viene a ser como si nos tocara el premio gordo: ¿ha sido suerte? ¿Ha sido por ser el más listo del barrio? ¿De dónde procede esa riqueza repentina (similar a la de aquellos futbolistas o boxeadores que se ven sobrepasados por fama, poder y dinero)? Esta sensación de que la riqueza no proviene de perseverar o de haber ideado y puesto en marcha un plan exitoso con el que satisfacer necesidades de otros, puede empujarnos claramente a no valorar la dificultad que se deriva de una creación de riqueza "más sana", esto es, no inflacionista.

Hemos dicho al principio que posponer gratificaciones requiere un esfuerzo al que se accede por una recompensa futura mayor. Para qué posponer nada si el maná cae del cielo hoy, ya mismo, y sin esfuerzo. Los incentivos se ven rotos por muchos frentes, como se ha visto. Aunque nos hemos centrado en los económicos, estos efectos también son sociales, como estamos experimentando ya en España.

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