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De votos y abstenciones

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La coherencia entre ideas y acciones puede ser una justificación del voto (o la abstención), pero no necesariamente la más importante.

El próximo 28 de abril se celebrarán en España las decimoterceras elecciones generales desde la promulgación de la Constitución de 1978. El 7 de junio de 2018, Pedro Sánchez ganó la moción de censura contra el Gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy, con el apoyo de Unidos Podemos y diversas fuerzas de carácter nacionalista e independentista. El Gobierno del socialista Pedro Sánchez se ha caracterizado por su incapacidad para sacar adelante las medidas y las promesas con las que llegó al cargo, debido en buena parte a su propia incapacidad y a que sus socios de la moción, en especial los independentistas, no le han sido fieles en otros asuntos, pidiendo favores políticos a los que incluso Sánchez no estaba dispuesto a transigir, pues le habría sido demasiado costoso en cuanto a pérdida de votos. El resultado ha sido la conclusión del periodo socialista de la decimosegunda legislatura y la convocatoria de elecciones un mes antes de que se celebren las que nos permitirán elegir los municipios, los Gobiernos de algunas comunidades autónomas y el Parlamento Europeo, que tendrán lugar el 26 de mayo[1]. El español con derecho a voto se encuentra en una recurrente encrucijada: abstenerse o votar, y si es esta última la opción elegida, a quién.

La abstención es, para mí, la opción con un mayor peso de carga ética. El abstencionista se polariza entre dos extremos. El primero sería el de los que consideran que sus objetivos, necesidades, intereses y experiencias vitales están lejos de la vida política, con la que no se quiere mezclar y, en la medida de sus posibilidades, ignora. No tiene por qué tener razones profundas ni un trabajado pensamiento filosófico detrás; su decisión es simplemente la de dar más peso a otros aspectos de su vida. Por lo general, se le reprocha su escaso compromiso o conocimiento del sistema. En el otro polo, estarían los que abominan del sistema político y no quieren participar en él, así como los que consideran que está tan corrupto que no les merece la pena ninguna opción, ya que todas están manchadas. Y, en último lugar, los que consideran que aun siendo necesario un sistema representativo, el actual sistema no cumple las condiciones más básicas de dicha representatividad y, por ello, debe ser reformado, por lo que la abstención es un voto de censura al sistema. Estas dos últimas son las opciones donde lo ético se muestra más claramente, ya que suelen ir acompañadas de una reflexión (a menudo profunda) sobre las circunstancias que impulsan a ellas, dando un fuerte peso a los principios éticos propios, que están por encima de otras consideraciones. Por lo general, el abstencionista suele presentar una mezcla entre la decepción por el sistema y la necesidad de dar importancia a otros aspectos de su vida. El problema que tiene el abstencionismo en la democracia es que una abstención (como un voto) no es importante por sí solo, sino cuando forma parte de un agregado más o menos poderoso cuantitativamente hablando. La abstención sería importante si hubiera algo en la legislación que anulara las elecciones si esta opción llegara a cierto punto. Mientras esto no se produzca, creo que la mayoría de los políticos se contentan con un porcentaje mínimo de participación que legitime el resultado.

El sistema democrático vende que nuestro voto es importante y nos lo creemos[2]. Es una moneda, la única moneda que tenemos cada cierto tiempo, pero a diferencia de lo que ocurre en un mercado, cuando la gastamos puede que tengamos lo contrario de lo que hemos querido adquirir. Y en este punto, quiero incluir el tema de los agregados. Si nuestro voto está en un grupo que puede generar gobierno, existe alguna posibilidad de que medidas políticas que consideramos adecuadas lleguen a buen término; por el contrario, si no es así, si nuestro voto termina en un grupo que no puede generarlo, la única moneda que teníamos habría sido malgastada y solo nos queda, si es que ha sido así, el consuelo de haber votado a lo que hemos considerado más adecuado. En el fondo, el éxito o el fracaso de nuestro voto depende de las decisiones de los demás votantes. Pero el voto compite en otros marcos igual de incontrolables, además del proceloso mundo de los agregados adecuados; votamos en una circunscripción electoral, donde hay un número de candidatos distinto a otras circunscripciones, de forma que el peso de nuestro voto no es el mismo en todo el país. Por si fuera poco, para favorecer la gobernabilidad, se ha desechado la proporcionalidad directa y se usa el Sistema D’Hondt, fruto del cual surge el engañoso concepto de voto útil, que nos mueve por visiones más pragmáticas y menos ideales.

De la misma manera que un abstencionista bascula entre dos polos, el votante también se mueve entre dos extremos a la hora de decidirse por un partido. El primero sería la propia ideología, el ideario de cómo deben ser las cosas o cómo se puede conseguir. En un sentido estricto, habría tantas ideologías como personas hay en el planeta, e incluso éstas cambian con la edad. Los humanos podemos coincidir, pero cada persona tiene su propio ideal, basado en su experiencia vital, conocimientos, aprendizaje e intuiciones, e influido en mayor o menor medida por otras personas. Sería, por tanto, difícil encontrar un partido, un grupo que coincida totalmente, así que estos votantes tienden a elegir partidos o coaliciones que tengan un ideario que les resulte atractivo o los que, por tradición familiar, amistades y personas referentes, o por simple intuición, les gusten como para votarlos.

El segundo polo del votante es el voto instrumental, que es mucho más habitual de lo que podemos pensar. En este caso, el voto se usa para intentar cambiar algo, aunque eso pueda ir en contra de los propios principios. Los objetivos que empujan a este voto suelen ser de dos tipos: desplazar a alguien del poder o impedir que llegue a él. Podríamos pensar que este tipo de voto tiene un carácter racional, que se sostiene sobre algún tipo de estrategia o intención[3], pero yo creo que tiene una fuerte carga emocional, que no tiene por qué ser explicada por la razón. Lo hacemos y punto, agarrándonos a una emoción: el miedo, la esperanza, la ira, el odio, la confianza, etc.

Un potencial votante se encuentra siempre ante un apabullante número de circunstancias externas e internas que hacen que se cambien decisiones sobre la marcha. El yo idealista puede imponerse al pragmático y viceversa, los miedos o las esperanzas pueden hacer decantar el voto en uno u otro sentido, una frase de alguien puede ser determinante para que el abstencionista termine votando o el votante se decante por la abstención… Y dentro de estas circunstancias están las críticas que se hacen sobre la propia acción del voto o la abstención. Como ya he dicho, la abstención puede tener muchas causas, desde la ignorancia al simple desentendimiento, pasando por la desconfianza o la crítica al sistema. No votar es una opción que tenemos, tiene sus justificaciones y es tan noble y responsable como hacerlo. No me parece de recibo esa crítica en la que se dice que, si no se vota, no se tiene derecho a la queja. El sistema hace que participemos continuamente de él, pagando impuestos por ejemplo (el IVA lo pagamos siempre que consumimos), por lo que la crítica está más que justificada; pero es que, aunque nos la arreglemos de alguna manera, no podemos salir del sistema y nos vemos inmersos en él. La obligación de participar en política con el voto (aunque sea nulo o en blanco) sería una medida autoritaria que iría en contra de la libertad.

Votar o abstenerse son estrategias que responden a una realidad compleja. Como ya he dicho, un voto en sí mismo no supone una gran diferencia y una abstención tampoco. Hasta el final del recuento no sabremos su importancia y hasta el final de la legislatura no sabremos si lo votado ha cumplido, tanto en el Gobierno como en la oposición. Cabe preguntarse si, dado el peso de nuestro voto, es necesario perder el tiempo leyéndose todos los programas electorales, para que luego salga algo que no es lo que hemos votado o, si sale, incumple sus promesas. Quizá sea más razonable, de cara a no perder nuestro tiempo, votar por algo con lo que nos sintamos bien, sin tener que explicar las razones y, desde luego, sin explicar por qué, si pensamos de una manera, hemos votado por otros que tienen poco que ver. La coherencia entre ideas y acciones puede ser una justificación del voto (o la abstención), pero no necesariamente la más importante.



[1] El presidente Sánchez ha recibido no pocas críticas por no hacer coincidir todas las elecciones en un único día. Desde mi punto de vista, ha habido razones partidistas para que los candidatos regionales no se vieran influidos por la mala deriva, al principio, de Sánchez en las encuestas, aunque ahora éstas parece que le dan un excelente resultado. Ya veremos el 28 de abril qué hay de cierto en esto.

[2] Es importante, desde un punto de vista finalista, en tanto un conjunto de ellos legitima un resultado y lo hace de forma que no se use un sistema violento, que es otra posibilidad de hacerse con el poder. Pero una vez usado, el voto no vuelve a tener importancia hasta las siguientes elecciones.

[3] Se puede considerar que los apoyados son menos malos que los que están o pueden llegar; también se puede apoyar a un partido para favorecer la gobernabilidad del país y la estabilidad institucional, poniendo el foco en la estabilidad del sistema e intentando minimizar daños. En todos estos casos, no es necesario fijarse en que nuestra acción y nuestras ideas sean coherentes.

 

2 Comentarios

  1. Pienso votar, de momento la
    Pienso votar, de momento la abstención no tiene premio. Entre másteres y tesis desprestigiados, feminismo radicales , memorias históricas , el timo de las subidas de las pensiones y otros vulgares razonamientos , una Iglesia catalana que predica desde los altares romper puentes etc. En todo caso se puede votar y esperar un resiltadoque no depende nada de mi.


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