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¿Deben subir los tipos de interés?

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Desde hace ya varios meses es tema común de conversación en círculos políticos, periodísticos y económicos, el hecho de si los bancos centrales deberían subir o no los tipos de interés. Los defensores de la subida arguyen que la política de dinero barato que se ha venido siguiendo en los últimos años ha inundado de papel el mercado, y que por tanto, existen tensiones inflacionistas que conviene corregir cuanto antes. Por el contrario, los defensores de tipos de interés bajos afirman que una subida de tipos de interés dificultaría cualquier posible recuperación económica, y que, por lo tanto, lo mejor es dejarlos como están, hasta que se haya iniciado ésta y tenga un carácter firme.

En general, tanto los defensores de una postura como los de otra consideran los tipos de interés como una mera herramienta de política económica. No obstante suelen olvidar la función fundamental que tienen, y que no es otra sino la de retribuir a quien realiza un préstamo.

A la hora de comprar y vender bienes, compradores y vendedores realizan una transacción si previamente han llegado a un acuerdo sobre la contrapartida, que generalmente suele ser una contraprestación de carácter monetario. De igual forma, a la hora de prestar dinero, prestamista y el prestatario, realizarían la operación si previamente se han puesto de acuerdo en la contrapartida, que suele ser el pago de una cierta cantidad de dinero, es decir, el interés. Por lo tanto, al igual que el cruce de la oferta y la demanda de bienes y servicios se produce para una determinada cantidad y a un precio precio, el cruce de la oferta y demanda de dinero se establecería para un importe establecido a un tipo de interés.

Pero, sin embargo, esto no es así, ya que el mercado monetario tiene una peculiaridad y es el monopolio de emisión. Sólo los bancos centrales están autorizados a emitir moneda, y por lo tanto, como monopolio, son ellos quienes fijan la retribución que se va a percibir por dicho dinero. Esos tipos de interés fijados por los bancos centrales van a servir como referencia al resto de operaciones. Así, si los particulares decidiesen depositar su dinero en la banca comercial a un tipo de interés sensiblemente superior al que el banco central realiza sus operaciones, el banco comercial acudirá para financiar sus operaciones al banco central. Por lo tanto, la oferta y la demanda de dinero pasan a no ser factores prioritarios a la hora de fijar los tipos de interés.

Si los tipos de interés se fijasen por el libre cruce de la oferta y la demanda, ahorro e inversión se igualarían. Sin embargo, no sucede así en la realidad, y estos tipos pueden estar fijados en unos importes superiores o inferiores a los que se realizarían las operaciones en un mercado libre. La consecuencia de esto es que el ahorro y la inversión no tienen por qué ser iguales. Así, si los tipos de interés resultasen más bajos de lo que se registrasen en el mercado libre, las empresas e inversores notarían como sus costes de financiación disminuirían. Ello les llevaría a acometer inversiones con muy baja rentabilidad, que no habrían llevado a cabo si los tipos de interés se hubiesen fijado libremente. Por lo tanto se produciría un exceso de inversión que acabaría muy probablemente estallando en forma de burbujas, tal y como ha sucedido en los últimos años. Por el contrario, si los tipos de interés fuesen superiores a los del mercado libre, muchas empresas tendrían unos costes de financiación elevados, y habría inversores que decidirían no acometer proyectos de inversión, ralentizándose la creación y expansión de las empresas.

Adicionalmente si las bajadas artificiales de interés conducen a un aumento de las inversiones, también trae consigo una disminución del ahorro ya que la contraprestación no sería lo suficientemente atractiva. Si se hubiese producido una subida artificial, conjuntamente con una bajada de la inversión habría un aumento del ahorro.

Es por ello por lo que no es aconsejable fijar los tipos de interés simplemente acudiendo a razones políticas de orden macroeconómica, ya que cuando más alejados estén los valores que se establezcan de los que se hubiesen acordado en un mercado libre, mayores perjuicios ocasionará la medida.

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