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Democracia

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Tradicionalmente se ha venido afirmado que el sistema democrático es la mejor garantía que existe para la defensa de los derechos del individuo. Si estudiamos los países más desarrollados y libres del mundo se puede observar como casi la práctica totalidad se caracterizan por tener como un sistema de gobierno democrático. Parece, por tanto, lógico asumir que la democracia trae aparejada automáticamente mayores cotas de libertad y prosperidad.

Dado el anterior planteamiento podríamos pensar que si los ciudadanos de un país quieren vivir mejor, bastaría con adoptar como sistema de gobierno la democracia. Sin embargo, un análisis más profundo nos indica que esta medida no es suficiente, ya que existen ejemplos históricos de países que pese a ser democráticos, se han caracterizado por un bajo respeto de los derechos del individuo.

Un ejemplo de esta insuficiencia la podemos encontrar en las elecciones alemanas del 31 de julio de 1932. Dicho día, el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP, más conocido como partido nazi) fue el más votado, poniéndose en marcha una maquinaria que tuvo como consecuencia el triste resultado que todos conocemos.

Otro hecho que puede darnos un indicio de que la democracia por sí sola no es suficiente para aumentar de manera sustancial la libertad y la prosperidad lo encontramos en el distinto grado en que éstas están desarrolladas en los diversos países. Existen naciones democráticas que desde su constitución han tenido ciudadanos prósperos y libres, y otras que no han salido de la pobreza.

Si analizamos estas diferencias, nos encontramos que, aunque todas estas naciones tengan por sistema político la democracia, el motivo por el que está implantada varía. Así, en algunos países, la democracia es un fin, y su aplicación permite cualquier medida con tal de que haya sido tomada por el partido votado por la mayoría de los ciudadanos. En otras, sin embargo, es un medio, que busca limitar el poder del gobernante, para así proteger mejor a las personas.

Esta sutil diferencia, en su puesta en práctica, provoca grandes disparidades en el resultado final. Así, en el primer grupo de países, cualquier norma legal es factible, siempre que esté apoyada por la mayoría de la población, sin que exista ningún tipo de cortapisas. En el segundo, una norma que viole los derechos básicos de un único ciudadano, no es válida, aunque esté apoyada por el resto de la población. El resultado es que en la primera situación la democracia se convierte en la tiranía de la mayoría, mientras que en la segunda es una defensa de los derechos individuales.

Un país cuyo sistema democrático sea absoluto, puede permitir un sinfín de atropellos a los derechos individuales. Así, los ciudadanos pueden verse privados de su derecho a expresarse libremente o de sus propiedades, simplemente porque a la mayoría de los votantes hayan elegido a representantes políticos que estimen oportuno adoptar estas medidas. Así, bajo este sistema el robo entre grupos de población, la censura o la corrupción generalizada pueden darse, ya que su clase política está legitimada a tomar cualquier medida siempre que pertenezcan al partido más votado. Sin embargo si el sistema democrático se constituye para defender las garantías individuales y el gobernante no tiene permitido superar estos límites, ningún grupo de población, por grande que sea, puede legitimar la violación de los derechos del ciudadano.

Por tanto debemos concluir que el sistema de gobierno que proporciona la democracia no debe ser ilimitado, sino que debe someterse a los principios rectores que debe guiar a cualquier gobierno que pretenda defender los derechos fundamentales de la persona, es decir, vida, libertad y propiedad. Sólo estando supeditada a estos derechos inalienables, la democracia podrá rendir los resultados que se esperan de ella para la mejor defensa del individuo y para aumentar su prosperidad.

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