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Democracia y libertad

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Con la democracia en la mano, no son pocos los agentes sociales que encuentran justificación y legitimación a atropellos múltiples.

La democracia puede arrasar con todo, enturbiando la vida pública si el orden político acaba por tomar cierta deriva. Con la democracia en la mano, no son pocos los agentes sociales que encuentran justificación y legitimación a atropellos múltiples. Es una herramienta poderosísima en manos de demagogos y de masas fuera de sí.

El Premio Juan de Mariana 2015, Robert Higgs, reflexionó durante su discurso de recepción sobre la glorificada democracia. Parte de su argumentación puede encontrarse en escritos disponibles en internet.

España se halla en una encrucijada de incierta salida tras unos meses de marcado cariz político. El avance de la izquierda y, más concretamente, del populismo es evidente. Esta ola liberticida amenaza con mayor arbitrariedad jurídica, aún más amiguismo (con sus nuevas castas), despilfarro sin pudor, subidas impositivas por doquier, adoctrinamiento político, cultural, educativo y mediático desatados, persecución a minorías con valores no socialistas o comunitaristas. Y, esto, verdaderamente, es un problema para la mera convivencia.

Llevamos padeciendo un tiempo aquello que Higgs denomina “incertidumbre de régimen”, que no es otra cosa que la huida de personas y capitales ante las mareas intervencionistas, caprichosas y cainitas de los dirigentes políticos. La izquierda promete hacerlo más y mejor que el PP, con dosis adicionales de inquina y venganza ante quienes identifican como sus enemigos. La incertidumbre no hará sino acrecentarse.

La democracia en su origen

No es cuestión de ser apocalípticos o dramáticos, es cuestión de que, efectivamente, las fuerzas políticas acaban pudiendo extralimitarse gracias al mayor protagonismo político que adquieren los votos con el tiempo. Es factible, en nombre de la democracia, violentar cada vez más derechos individuales. Es clave entender dónde reside la legitimación del sistema democrático, venerado por la mayoría e imposible de ponerse en duda por ser tabú. En ese sentido, nos decía Higgs, la democracia en la modernidad es lo más parecido a un dogma religioso, habiéndose pasado del origen divino del poder a la transubstanciación de la «voluntad popular» en la persona del gobernante elegido por las urnas. A partir de aquí, el gobernante tiene carta blanca para hacer casi cualquier cosa.

Se pierde de vista, cuando la ciudadanía asume con naturalidad el poder totalitario del gobernante, que la legitimación de un orden político viene del respeto de éste a la libertad de las personas, a sus derechos individuales. La democracia es un sistema de elección de cargos políticos y de su equipo de gestión, pero la estructura de poder, con sus contrapoderes, límites y funciones, es previa. Las mayorías, por tanto, no pueden justificarlo todo. Tienen un límite en origen.

La democracia, como cualquier sistema político, debe analizarse con detenimiento y serenidad. En primera instancia, su utilidad es la de dar voz a las personas en la elección de cargos públicos, aplacando ciertas tentaciones de salirse del sistema político para tomar el poder por la fuerza con derramación de sangre y continuas vendetas. En todo caso, como decimos, los límites de actuación de las administraciones públicas son (o deberían ser) previos, de tal forma que aquello susceptible de dirimirse democráticamente sería muy estrecho. De esta manera, los individuos mantendrían intactas parcelas de actuación sin importar el proceso de elección de los gobernantes, pues en ellas no tendrían potestad de inmiscuirse. Nos hallaríamos ante una situación parecida a una comunidad de vecinos, en la que los asuntos comunes se deciden entre los propietarios tras designarse por votación un presidente, vocales y otros cargos. Estas personas, por estatutos y por un férreo control de sus vecinos, no pueden extralimitarse en sus funciones.

Estamos hablando del Estado mínimo, Montesquieu, los contrapoderes, el constitucionalismo, de electores deseosos de mantener su esfera privada y de desarrollarse conforme a su visión de la vida, como también de ciudadanos vigilantes para que lo público no lo invada todo.

La ilegitimidad del Estado

Siguiendo con la argumentación que ofreció Higgs durante su discurso, con seguridad éste no estaría cómodo ni siquiera con una democracia pretendidamente autolimitada (lamentablemente, muchas veces sólo de forma temporal). Así empezó el republicanismo de EEUU de los Padres Fundadores, y miren ahora lo que tenemos.

Esto no sólo es debido a que el régimen político inocula un virus que, con el paso del tiempo, degenera desde la democracia liberal hasta la demagogia populista. El mal real del sistema, para él, reside en la ilegitimidad del Estado, cualquiera que sea su tamaño o sus iniciales intenciones.

Para empezar, la Escuela de la Elección Pública ya demostró que la “voluntad popular” es una entelequia: no hay forma de agregar las preferencias individuales en un «compuesto» que agrupe todas ellas. Lo más que nos encontramos es un sistema electoral variante según los territorios, que asigna cuotas de poder a legisladores y gobernantes no sujetos ni siquiera al mandato imperativo de sus programas cerrados.

Además, lo peor es que la democracia corrompe moralmente. La coacción, extorsión, robo…, prácticas todas ellas ilegítimas, repugnantes y perseguidas cuando las ejerce un individuo, devienen legales y aceptables tras la coartada de la mayoría. Se puede matar, extorsionar, amenazar de manera impune si se es un agente del gobierno, mientras que a título particular nos veríamos reprendidos socialmente y entre rejas caso de hacer algo mínimamente parecido. Deja de haber normas éticas universales porque los ungidos, glorificados por las urnas, tienen patente de corso para atropellar derechos individuales. La corrupción moral de la población se manifiesta en que los ciudadanos parecen no encontrar la menor de las contradicciones en esta disparidad de criterios jurídicos, legitimando la acción violenta colectiva por la reverencia al sistema político que le da respaldo.

De lo anterior se deriva que para él, como para muchos anarcocapitalistas o liberales, las sociedades abiertas han de defenderse por razones éticas más que porque den un mejor resultado económico o social. Autoimponerse una serie de limitaciones en el ejercicio del poder no es suficiente para otorgar legitimidad: siempre se aprobará alguna medida política que atente contra principios éticos fundamentales, siendo, por consiguiente, una medida ilegítima, no importa su grado.

Demagogia, oclocracia y populismo

La deriva demagógica de los Estados modernos está relacionada con lo apuntado hasta el momento. Asumiendo la democracia como sistema de elección política, ésta probablemente degenerará en oclocracia si no existen los mencionados contrapoderes, cartas de derechos inalienables para minorías y personas, y un ámbito limitado de la esfera pública. Desde Hitler a Chávez, desde las leyes de Jim Crow al fundamentalismo islámico, nos enfrentamos con horror a este recurrente peligro.

Fruto de la desaparición paulatina de los contrapesos al poder político al amparo de las urnas, las crecientes atribuciones estatales constatan una maquinaria de confiscación, intimidación, ingeniería social sin precedentes que aniquila aún más las voluntades y posibilidades de actuación de los seres humanos. Como decía Kuehnelt-Leddihn, no hay nada más «democrático» que el linchamiento realizado por una turba. Las mayorías no legitiman ninguna decisión colectiva si lo que se aprueba carece de cualquier atisbo de ética y justicia.

Tan malo como esto es que, al acaparar el poder político círculos crecientes de las decisiones humanas con el recurso a la demagogia y el populismo, se promueve deliberadamente un conflicto incesante entre los ciudadanos. El conflicto en Cataluña con los idiomas es un claro ejemplo de ello: si a mí no me dejan ser enseñado en un idioma y se me impone otro porque sólo puede imperar uno de carácter oficial, el enconamiento con mis «competidores» y la corrupción moral están servidos de nuevo. Quiénes sacan tajada de este conflicto entre unos ciudadanos que, en una sociedad abierta, no tendrían que ver limitadas sus opciones: los propios políticos y burócratas, quienes aglutinarán poder gracias a la colección de votos y la fuerza representativa de una facción para acabar de forma implacable con la otra. El mal que se crea al ciudadano es gigante al no poder ejercer su libertad, no ver satisfechas sus necesidades en un mercado que probablemente reaccionaría ante éstas creando alternativas y riqueza adicional, al ver que su forma de vida está siendo atacada por sistema y al provocar malestar con el vecino (a veces con verdadera violencia física) con la creación deliberada de escaseces y restricciones ficticias. Por no hablar de que, para más inri, esta persona habitualmente es esquilmada para sostener un sistema que es sumamente injusto y perjudicial para sí.

Una idea muy bonita que apuntó Carlos Rodríguez Braun en su elogio al homenajeado, y que trajo a colación haciéndose eco de Tocqueville, es la idea del paternalismo. Comentaba que la democracia podía llevar a que los dirigentes, en lugar de ser como un padre responsable que pone los mimbres para que su descendencia vuele sola buscando su camino, cayeran en el peor de los paternalismos consistente en que el hijo nunca madurara y fuera absolutamente dependiente.

La oclocracia y el populismo, por tanto, traen toda esta serie de males que impiden la paz y coordinación social:

  • masas encanalladas y cabreadas que han de recurrir al proceso democrático para obtener aquello que de forma particular conseguirían si lo público no se inmiscuyera restringiendo opciones;
  • masas dependientes que no descubren cómo construirse una vida fuera de la política o las subvenciones;
  • un aparato estatal que invade lo divino y lo humano, adoctrinando, repartiendo dádivas, concienciando mentes, laminando al opositor, controlando los recursos de la población, despilfarrando a conciencia;
  • un sistema político, el democrático, incapaz muchas veces de autolimitarse, que legitima actuaciones abyectas de los dirigentes políticos y burócratas.

Las palabras desapasionadas, pero agudas, de Higgs se hacen más necesarias que nunca. No podemos legitimar todo poder político que emana de la soberanía popular por la veneración de un sistema de elección, cuando éste está en todo caso sujeto a los límites previos impuestos al Estado. En el caso particular del análisis de Higgs, no es legítimo el sistema, como hemos visto, ni cuando justifica un poder colectivo en pequeñas dosis si éste es injusto. Por último, el peligro máximo de la democracia es que degenere en demagogia. Muy triste, pero cierto. 

2 Comentarios

  1. En el magnífico libro de Ayn
    En el magnífico libro de Ayn Rand ( «La Rebelión de Atlas») ya se apuntan muchas de las cosas que Ud. describe aquí. Ayn Rand sintetizó, con personajes ficticios, lo que le sucede a cualquier sociedad, donde el colectivismo, el intervencionismo, y la ingeniería social, son la ideología dominante. Sociedades que van de manera inmisericorde a su autodestrucción. Ella, y otros más, supo diagnosticar el virus y además propuso modelos alternativos perfectamente válidos, también hoy en día. Su defensa de la libertad individual, del auténtico Capitalismo de libre mercado (no las basurientas economías mixtas de hoy en día), y su odio al socialismo, en cualquiera de sus variantes, hicieron de este personaje, una de las mentes más brillantes del pasado siglo XX. John Galt representa todo lo que un auténtico ser racional e individualista, creativo e innovador, podría hacer en un nuevo mundo donde la libertad haya triunfado sobre el colectivismo, donde el hombre-masa, idiotizado y alienado por el Estado, simplemente no existiera, más que como una vieja rémora del pasado.

  2. Ensayo reflexivo y agudo.
    Ensayo reflexivo y agudo. Felicitaciones.
    Coincido con la ensayista en que la democracia es un instrumento politico para llegar al absolutismo .. Pero no por «los demagogos y las masas fuera de si». El poder de la «razon de la sin razon» de las masas solo preocuparon a Ortega . El devenir de los ultimos dos siglos de democracia han demostrado que solo el demagogo y no las masas es lo letal para la libertad, Es el poder que el gobernante adquiere por el instinto ireflenablemente humano del beneficio propio, descripto en la teoria (que es pura demostracion) de la eleccion publica. Las masas son solo una anodina mascara, la entelequia de la «voluntad popular» de Rousseau tras la que se oculta la verdadera y unica voluntad, el poder regio de los «elegidos» de las socialdemocracias.
    El rechazo que Higgs, Hoppe , y todo libertario o anarcocapitalista siente por el Estado , es saber que este jamas podra ser limitado y justo. Prevalecera el interes personal del gobernante de turno por sobre el optimo de Pareto. Jamas un politico se regira por las reglas del libre mercado o como minimo el equilibrio de Pareto. La incompetencia natural de «los peores a la cabeza» solo admitirá (y eso es lo triste) la administracion de un Estado bajo la teoria de suma cero: yo gano (robo) , tu ciudadano, pierdes.


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