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Desigualdad, pobreza, ayuda al desarrollo

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Mario Šilar nos recordó una vez más el peligro que tienen las iniciativas planificadoras pretenden resolver el mal llamado “problema” de la desigualdad.

Coincidiendo con el cierre del Congreso de Economía Austríaca, celebrado en Madrid el pasado mes de mayo, tuvo lugar también la penúltima conferencia de la serie Desigualdad y Pobreza, que ha organizado este curso el Centro Diego de Covarrubias (les recuerdo que el Programa lo clausura Carlos Rodríguez Braun el próximo jueves 25 de junio, hablando sobre “Distorsiones de Piketty sobre la desigualdad a través de las novelas de Jane Austen”). Y como seguramente no pudieron asistir muchos miembros del Instituto, aprovecho para contarles sobre ésa y las demás charlas que se ofrecieron en la sede madrileña del Centro Riojano.

Mario Šilar habló sobre “Instituciones, reglas de juego y creación de riqueza: a propósito del debate Acemoglu-Sachs-Easterly”, recordándonos una vez más el peligro que tienen las iniciativas planificadoras (muchas veces, con buena -o discretamente buena- voluntad) que desde tantos organismos internacionales o agencias no gubernamentales pretenden resolver el mal llamado “problema” de la desigualdad. Como veremos enseguida, esa ambición racionalista tan frecuente en la Economía cree tener la capacidad de diseñar y llevar a la práctica métodos incuestionables para el crecimiento económico de los países menos desarrollados. Cuando el resultado final, si no deviene en corrupción y malversación del dinero, resulta enormemente ineficaz: por ejemplo -nos decía- por la desorientación y pérdida de incentivos, que son tan necesarios para el progreso económico y social. Ya conocen a este respecto las propuestas Poverty Cure, en esta misma línea de combatir los perniciosos efectos de una incorrecta ayuda al Tercer Mundo que muchas veces solo consigue asfixiar las incipientes empresas e iniciativas locales, que no pueden seguir adelante contra todo ese aparato de paternalismo benevolente occidental.

Peor es el caso de los fundamentalismos ecologistas, como esa exagerada prevención contra las mosquiteras tratadas con DDT, que al ser prohibidas han elevado sustancialmente la mortalidad por malaria. Eso sí, los huevos de las águilas ratoneras han recuperado el grosor de calcio que tenían antes del uso de estos pesticidas… Cuidamos el medio ambiente y las especies animales y vegetales; pero olvidamos al ser humano. A veces el problema es muy fácil de abordar, como en el caso de los incentivos: ya los escolásticos medievales concluyeron que es mucho mejor la gestión privada de tantos asuntos económicos; lo que serviría hasta, por ejemplo, para optimizar el cuidado de los animales en peligro de extinción. Vicente Boceta lo recordaba a propósito de una imagen de la Presentación, donde se constata el crecimiento de los elefantes en un país que permite la propiedad de las comunidades locales sobre ellos; frente a otro lugar en el que se gestionan estatalmente: es una anécdota, sí, pero que tiene fuerza de categoría.

Sobre los efectos perniciosos de este racionalismo intervencionista habló largamente José Ramón Ferrandis en su charla “Ayuda Oficial al Desarrollo y pobreza: un círculo vicioso”. Sostenía la tesis de una correlación inversa entre ambas cuestiones, ya que la AOD establece un freno en la internacionalización de la Economía, que es lo que verdaderamente consigue el desarrollo de los países más pobres. Proponía, por tanto, una visión positiva de los efectos de la Globalización: mejora del comercio internacional, crecimiento de la inversión extranjera directa y aumento de los flujos de capital.

Por el contrario, criticó la opinión prevalente sobre la bondad de la AOD, en manos de ineficientes organismos internacionales que propicia: la asunción de deudas impagables, por parte de países que no las requieren, pero que se les imponen; el mantenimiento de gobiernos corruptos; la descomposición social y el desmantelamiento del sistema productivo interno; la mentalidad de dependencia; o el despilfarro de recursos y la falta de rigor en su utilización, muchas veces controlada por ocultos intereses de los propios gestores de esa AOD.

También Fernando Eguidazu presentó un discurso muy cercano a éste: “Globalización y pobreza”, insistiendo en reflexionar sobre las verdaderas (y más eficaces) herramientas para ayudar al desarrollo del Tercer Mundo: apertura comercial, favorecer las inversiones extranjeras, consolidar los sistemas democráticos o apoyar el sector privado. Es una curiosa paradoja la constatación de cómo han mejorado muy sustancialmente los índices más consistentes sobre el crecimiento económico, a la vez que sigue extendiéndose con fuerza en la opinión pública (¡y en la académica!) la falsa identidad de globalización=pobreza.

Para no extenderme demasiado, les animo a que consulten la web del Centro Diego de Covarrubias, incluso con el acceso a los vídeos completos de algunas conferencias.

Verán que también intervinieron Diego Sánchez de la Cruz: “Capitalismo y pobreza cero: ¿utopía o realidad?” y el Director de nuestro Instituto, Juan Ramón Rallo: “Desigualdad y capitalismo: los errores de Thomas Piketty”.

1 Comentario

  1. Ante la miseria, el hambre,

    Ante la miseria, el hambre, la enfermedad, la guerra, la persecución…. cabría pensar que la natural empatía nos llevara a todos a encontrar un consenso en torno a las acciones que han acreditado su eficacia ( comercio, inversión extranjera, no intervención, democracia… ).

    Lamentablemente la ideología supera a la empatía y lo esencial no es resolver las ominosas situaciones sino que los diagnósticos sean los doctrinales ( desigualdad, globalización, neoliberalismo…) y los métodos sean los ortodoxos ( intervención, deuda, burocracia… ).

    Acercarse a la miseria con intención enmendadora y encontrarse con el muro de la ideología es una precisa y dura lección sobre lo peor de la condición humana.


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