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¿Disfruta Montoro subiéndonos los impuestos?

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Los políticos son seres que, estudiados desde la objetividad, resultan asombrosos. Son capaces de decir una cosa y la contraria sin parpadear. De negar la evidencia aunque la tengan delante. De criticar un defecto en su contrincante que todo el mundo puede ver en él. De dirigir los prejuicios de la masa en su beneficio, sin importar las consecuencias.

Y pese a que todas estas características se consideran negativas por la mayor parte de la sociedad, el poder político no deja de crecer y crecer cada día que pasa.

Pero de vez en cuando, ya sea por las circunstancias o por un fallo en el sistema, se cuela en lo más alto de la jerarquía estatal un ser que no debería estar allí.

Hablo, como no puede ser de otra manera, del señor ministro de Hacienda; Don Cristóbal Ricardo Montoro Romero. También conocido como Montoro a secas.

Alguien me podrá decir que no ve la diferencia entre un político corriente y el señor Montoro. Y puede ser así para ojos inexpertos, pero a poca experiencia que se tenga en el estudio del político común, uno se da cuenta de que estamos ante un espécimen que no debería haber llegado tan alto en la cadena alimentaria estatal.

Montoro es un simple técnico de Hacienda elevado por las circunstancias. Se licenció, se doctoró, dio clase de lo único que sabe y entró a servir a los políticos como un lacayo más en la época en la que Rato era la niña bonita de la derecha española.

Seguramente por esa obsesión absurda que tienen los conservadores sobre la superioridad de la gente estudiosa, le cayó un ministerio que hasta entonces no existía y se pasó cuatro años donde, sin la presencia de quienes le hicieron el trabajo en su etapa anterior, pasó sin pena y sin gloria.

Hasta aquí la historia no tiene nada de rara. Muchos políticos empezaron sus carreras siendo herramientas de otros políticos hasta que aprendieron el oficio y consiguieron suficiente poder como para empezar una carrera por su cuenta.

El problema de Montoro es que nunca ha aprendido el oficio. No es un político, sino un tecnócrata incapaz de disimular que le encanta la idea de subirnos los impuestos. Y no porque eso le lleve a mantenerse en el poder, no. Le gusta subirnos los impuestos por el mero hecho de subirlos.

Si alguien duda de esto, por favor, que mire su cara o se fije en su tono de voz cuando habla del tema. No estamos, como en el caso de Soraya o De Guindos, ante la típica cara de circunstancias con el fin de no cabrear al electorado mientras se aseguran el pesebre. Es claramente la cara de alguien que disfruta con su trabajo y es incapaz de disimularlo.

Es un fallo garrafal poner a este hombre en la posición en la que le ha puesto Rajoy. Podemos pensar que las actuaciones políticas no son creíbles y que da igual la cara que pongan, o las palabras que usen cuando toman ciertas medidas, porque éstas hablan por sí solas. Pero lo cierto es que lo políticos, como cualquier otra profesión, llevan perfeccionando su oficio durante siglos, y salirse del guion y mostrar, aunque solo sea un atisbo de sinceridad, mientras actúan en contra de la mayoría, es algo que no les sale gratis.

Que nadie piense que lo critico. Lo que perjudica a un político beneficia a la libertad. Imagine lo que siente un votante del PP al ver cómo el partido al que ha votado no sólo hace lo contrario de lo que defendía, sino que el ministro del ramo se chotea en su cara al hacerlo.

Así que siga así, señor Montoro. Sonría, haga gracias y disfrute. Va a poder degustar durante unos meses, o puede que años, su sueño de someter el dinero, y por ende la libertad, de los españoles a las cuentas que hace en su cuaderno.

Cada sonrisa y cada gracieta harán más por la libertad que cualquier bajada de impuestos, que, por supuesto, jamás acometería este gobierno.

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