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Ejemplaridad, liderazgo y ética

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Resulta desolador comprobar cómo a una gran parte de la sociedad española no le importa que gobierne un partido que apoya públicamente el régimen chavista.

Vuelvo a pedir disculpas a los lectores no españoles por seguir escribiendo en torno a la situación política de mi país: les hablaba hace unos meses del “sobresalto diario por las denuncias y juicios de casos de corrupción”… y me temo que la cosa no ha mejorado (en España y en todo el mundo, después de los papeles de Panamá). También me quejaba de la incapacidad de nuestros políticos para gestionar el resultado electoral mediante acuerdos satisfactorios para ellos y, sobre todo, para los ciudadanos… y ya lo ven: nuevas elecciones dentro de un mes. Aunque seamos positivos: es verdad que no se ha podido formar un gobierno con representantes del populismo liberticida de Podemos; espero que podamos evitarlo de nuevo en junio a pesar de su coalición estratégica con Izquierda Unida. Resulta desolador comprobar cómo a una gran parte de la sociedad española no le importa que gobierne un partido que, entre otras cosas, apoya públicamente el régimen chavista (cada día están peor las cosas en ese querido país): ¿es éste el futuro que ustedes quieren?

Lo que de nuevo me lleva al tema de las carencias en nuestros partidos y líderes políticos: es urgente encontrar personas ejemplares que sepan regenerar las instituciones de nuestra sociedad. Pensaba sobre ello durante una conferencia del profesor y comunicador Gonzalo Martínez de Miguel (les recomiendo su web: www.liderazgoesencial.com ): aunque suele dirigirse a directivos de empresa, creo que sus reflexiones sirven perfectamente para mejorar la calidad de los representantes públicos. La base del liderazgo esencial radica en el andamiaje interno de la persona: en la fortaleza de su carácter y en su estructura de valores; por el contrario, abunda un liderazgo “periférico” que olvida cuestiones importantes como la vocación de servicio y la integridad. Explicaba también un “círculo de comportamiento” de raíces -así me lo parece- aristotélicas: la creencia (razón), impulsada por la emoción (afectos) lleva a la acción (voluntad), que se plasma en un resultado. Tal vez por eso mismo ha escrito lo siguiente sobre los nuevos partidos emergentes: “La realidad es que hasta que no tengan el poder para tomar decisiones e influir en la vida de sus conciudadanos no podrán demostrar la naturaleza real de su liderazgo. Cómo decía Peter Drucker, reconocido experto en estos asuntos, el liderazgo es más acción que alarde”.

Aunque ya podemos empezar a intuir (justo se cumple un año de las elecciones municipales en España, con el gobierno de esos partidos en Ayuntamientos y Comunidades Autónomas) si son resultados que respetan la libertad y fomentan una consistente regeneración moral: aquí les voy a reconocer mi escepticismo al constatar que los huertos de acelgas en las terrazas de los cabildos, o el cambio del nombre de las calles con supuestos contenidos franquistas no son los mejores ejemplos de una renovación política. Me suenan a intolerancia y a la ineficacia de lo amateur

Y no olvidemos, como señala Martínez de Miguel, que “todo lo que deseamos es aprendido”. Por eso nunca hay que dejar de potenciar la educación y promover su ejercicio libre: estos días, por ejemplo, se celebraba en Valencia una manifestación en defensa de la enseñanza concertada. Y es que el Gobierno de la Generalitat sigue aplicando esos viejos tics intervencionistas: para ellos, el único que puede educar es el Estado…

Precisamente sobre la obsesión estatalizante he leído en esta web sendos análisis que me han parecido de enorme interés: Fernando Herrera escribe con mucho tino sobre el devenir de los paradigmas en la ciencia económica, lamentando cómo el secular modelo aristotélico – escolástico, asumido más recientemente por la Escuela Austriaca, ha venido perdiendo consistencia frente a un enfoque neoclásico, precisamente apoyado con fuerza desde los entornos estatalistas y gubernamentales (por ejemplo, con una fortísima inyección de recursos). También me ha parecido muy acertado José Augusto Domínguez, hablando en esta ocasión sobre nuestro Director Juan R. Rallo y los obispos, en una esclarecedora defensa de la libertad individual: no es incorrecto asimilar unas profundas raíces liberales al pensamiento cristiano, por más que algunos traten de ocultarlas y otros de confundirlas. Domínguez concluye que se equivocaría la derecha si renuncia a esos principios, pues vendría a caer en el mismo estatismo que defienden las izquierdas.

Porque libertad y ética deben ir necesariamente de la mano. Resulta particularmente bochornoso que haya políticos corruptos entre las filas de un partido que defiende la libertad individual y el humanismo cristiano: ese comportamiento inmoral denota una buena dosis de esquizofrenia, o de escasa inteligencia… o ambas cosas. A ver si son capaces de educar mejor a sus líderes, señores del PP: y no se avergüencen de explicar que la verdadera libertad es la elección voluntaria del bien, conocido como bueno por nuestra inteligencia racional. También es posible aspirar a la virtud desde la postura más agnóstica de un republicanismo cívico (y en ocasiones con mejores resultados); pero creo que a la larga construye una sociedad con tics puritanos, o relativistas, o excesivamente utilitarios. No digo nada de las ideologías que consideran el compromiso moral como opio del pueblo y edificio a demoler: eso lleva sencillamente al gulag a todos los que no pensamos como ellos.

Termino con otra propuesta de liderazgo ejemplar, de la que seguramente ya les habré escrito en estos comentarios: la Tetralogía de Javier Gomá (Imitación y experiencia, Aquiles en el gineceo, Ejemplaridad pública y Necesario pero imposible) sobre esta misma cuestión de la Ejemplaridad. Es lo que él denomina “el universal concreto: el ejemplo personal, algo con mucha fuerza didáctica y ontológica, en lo que busqué una antropología, una ética, una política del ejemplo, una teoría jurídica, estética, cultural…”. Hay una edición unitaria de bolsillo que puede ser una buena lectura para sobrevivir este verano postelectoral.

3 Comentarios

  1. Los políticos aspiran a
    Los políticos aspiran a cambiar las cosas, con la mejor de sus intenciones pero desde su particular punto de vista.
    Pretenden que las cosas sean como ellos entienden que es mejor mediante métodos coactivos: los discrepantes tendrán que acatar sus leyes o ir a la cárcel.
    Para imponer esas leyes han de obtener el poder.
    Mesías con ansias de poder para imponerse. Esto los bienintencionados.
    El resto, tramposos buscando dónde robar sin riesgo o vivir del cuento.
    La política será inevitable pero jamás ética.

    • Pues si esa es «la mejor de
      Pues si esa es «la mejor de sus intenciones» Dios nos libre de conocer el resto de ellas.

      Los mesías son los peores de todos. Nada hay tan peligroso para la pacífica humanidad como un carismático.

  2. Muchas gracias, León, por tus
    Muchas gracias, León, por tus palabras. Efectivamente, es una pena que tantos consideren que hay que optar por el liberalismo o el cristianismo, cuando el cristianismo solo tiene sentido en un marco de respeto a la libertad individual.


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