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El cambio

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Toda idea alternativa al establishment siempre duda en cómo se llevará a la práctica el cambio del viejo sistema al nuevo. Todo tipo de pensamiento sólo puede establecer dos tipos de cambios: el progresivo y el radical.

El ejemplo más exagerado del cambio progresivo tal vez se encuentre en el fabismo, liderado por Sidney y Beatrice Webb, que abogaban por alcanzar el socialismo mediante recetas gradualistas y de cariz reformista. Aunque aparentemente los Webb llegaron a conseguir su objetivo más de 100 años después, la realidad es que los países que llegaron a ser puramente socialistas sólo alcanzaron ese objetivo mediante una revolución. No era el objetivo de los Webb instaurar el Estado del Bienestar, sino la transformación del sistema de producción capitalista por el socialista.

Una de las razones por las cuales la transición y el gradualismo gustan tanto a sus seguidores –ahora en todo el espectro ideológico– es debido a que se enmarca perfectamente en la estructura racional del hombre, el consecuencionalismo. Esta forma de pensar lineal, significa seguir la tendencia actual manteniendo la información como si fuese una constante. Esta forma de observar la realidad no comporta un carácter negativo en sí, porque lleva a acertar en algunos campos como, por ejemplo, el de los negocios. En ellos, el seguidor de tendencia suele tener más éxito que el rupturista. Es más fácil tener éxito al montar un bar que no inventar un nuevo combustible. Este sistema, sin embargo, no funciona en el mundo de las ideas. El porqué queda fuera del objetivo de este artículo.

¿Podría funcionar el método fabiano con el liberalismo? La idea es introducir poco a poco el libre mercado para que la gente vea su carácter positivo: individualidad, libertad, riqueza y bienestar. El problema, es que quién lo implementa son los políticos que no tienen interés alguno en otorgar liberad a la sociedad civil. Fijémonos en las privatizaciones de los años 90 por ejemplo. Éstas, sólo fueron una fuente de financiación rápida para el Estado que siguió manteniendo todo el control sobre el sector de las empresas privatizadas, de las propias compañías con acciones de oro, colocación de amigos en las cúpulas directivas o creación de órganos reguladores. ¿Qué nos hace pensar que si los políticos vuelven a tomar una política "liberal" la hagan correctamente? Nada. No tienen ningún interés en hacerlo. Si todo hombre sólo se mueve por maximizar su utilidad, eso no puede significar que una parte de ellos, los "escogidos", se muevan por leyes ajenas a la acción humana. El gran problema es creer que la sociedad se puede cambiar en una especie de Top–Down social. ¿Qué nos hace pensar que la gente olvidará como si nada las actuales políticas populistas, como ir regalando el dinero de los demás? Pensar así, no es más que una ilusión.

La política no es una causa de lo que es la sociedad, sino un efecto. La gente necesita estar preparada para los cambios, imponerlos sólo crea, primero, el rechazo y, después, la confusión. Observemos el presente otra vez. Cualquier hombre medio (socialista) no versado en el mundo de las ideas le dirá que el liberalismo está triunfando hoy día como muestran las políticas en todo occidente: las guerras, grandes empresas que mantienen el poder con el Gobierno, grupos de presión, intereses ocultos… A esto le llaman neoliberalismo, pero tal concepto sólo es la réplica del capitalismo de estado, del socialismo. Además, hemos creado el rechazo y hemos dado poder al burócrata para que maneje más aún nuestras vidas. Ese fue el error que cometieron los Ordoliberales en el siglo XX. Creían que con un liberalismo social, la libertad crecería. Las consecuencias corrieron en dirección opuesta.

La gente no actúa por buenos principios morales, sino por necesidades. No se puede esperar cambiar de un sistema del bienestar a otro más libre del día para la noche. Las ideas necesitan tiempo para luego irse deslizando muy poco a poco hacia la masa de la sociedad. Y la sociedad sólo actúa, no cuando una idea le deslumbra, sino cuando la anterior es insostenible. En ese momento las personas buscan las alternativas que hay vivas. En el siglo XX fueron los totalitarismos, y en este modelo político nos hemos quedado.

Es, como muchas cosas en la vida, un problema económico, de utilidad. Es más fácil seguir con un sistema conocido, por incómodo que nos resulte, que cambiar a otro incierto. Sólo cuando el día a día se vuelve insostenible hay un cambio rupturista, y sólo de aquí prosigue el gradualismo y el reformismo pero en el sentido inverso al régimen anterior. El gradualismo y el reformismo no son corrientes primarias, sino que las podemos calificar, como se dice en matemáticas, de ruido (tendencias dentro de otra tendencia).

Si perdemos los principios y las ideas, perderemos el fin buscado. La libertad necesita identificar a sus enemigos y derrocarlos para siempre, y estos sólo son aquellos que se creen y son de facto nuestros dueños. El Gobierno y todo lo que a su alrededor se perpetúa es el principal enemigo del hombre libre. Aliarse con él es rendirle sumisión. Si lo hacemos, será él quien nos cambie, como de hecho ya ocurre con aquellos que apoyan a partidos políticos como mal menor. Al final quien gobierna no son las ideas, sino los intereses de los políticos por medio de la fuerza.

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