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El enemigo está en casa

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Uno de los grandes estragos que ha causado la burbuja crediticia es su efecto en la mentalidad de la gente. Ahora creemos que tenemos derecho a todo. Si nuestro Estado gasta el doble de lo que ingresa de forma sistemática, consideramos que tenemos un derecho innegable a que nos presten la diferencia de manera ilimitada y sin condiciones. Sin plantearnos cuándo pretendemos amortizar esa deuda, ni cómo. Y si un día resulta que no nos prestan, entonces hablamos del ataque de los mercados. Nos creemos que nuestro problema es que los malvados especuladores se han levantado con ganas de llevarnos a la bancarrota. Además creemos que aunque no nos presten al menos seguimos teniendo el derecho a que alguien nos rescate de manera gratuita. Es más, tildamos de sinvergüenza a Merkel si se le ocurre poner alguna condición a cambio de darnos el dinero de los alemanes, o de incompetente a Draghi si no imprime dinero con la suficiente velocidad. Creemos que tenemos derecho a seguir despilfarrando a costa de los demás.

Lo que pasa es que la gente tiene la costumbre de no querer regalar su dinero. Los malvados especuladores no son otra cosa que personas ahorrando para su jubilación, y su capital es escaso, no ilimitado. Los ahorradores, y quienes gestionan estos ahorros, tratan de tener cuidado sobre dónde invierten porque si la cosa sale mal se quedan sin jubilación. Cuando los terribles mercados perciben que el riesgo de una inversión es excesiva, buscan otro destino para su capital. El mecanismo es simple. Nada que ver con ataques al euro ni conspiraciones internacionales. Los ahorradores quieren volver a ver su dinero, y no se lo van a regalar al Estado español para que mantenga a toda la casta política que vive a cuerpo de rey.

Sucede que en España, cada vez más y desde prácticamente todas las zonas de espectro ideológico, hay un clamor contra un supuesto enemigo exterior. Arremeten contra los mercados, contra Merkel y contra Draghi, que lo mismo da. En la izquierda y en la derecha. Incluso en medios liberales como Libertad Digital. Dice esta semana José García Domínguez, por poner uno de muchos ejemplos, que "si el BCE se condujese no como lo que es, otro lobby al servicio de Berlín, sino como un verdadero banco central, el Reino de España retribuiría con un interés próximo al tres por ciento su deuda soberana". Son los de fuera los que nos hacen la vida imposible, vamos. Que nos tienen manía y disfrutan viéndonos sufrir.

Un Estado no quiebra porque el Banco Central no imprima lo suficientemente rápido, ni porque los alemanes no se lancen a regalar dinero sin condiciones. Quiebran por el destrozo causado por sus gobernantes sobre la economía. Y nuestro caso no es una excepción. El hecho de que el rescate termine por ser necesario e inminente sólo se debe a una cosa: que el Estado gasta mucho más de lo que ingresa. Así de sencillo. El Gobierno gasta como si estuviéramos en una burbuja, manteniendo un Estado hipertrofiado y una vasta y acomodada clase política tres veces mayor en número que, por ejemplo, la alemana, que tiene casi el doble de población. Y, a su vez, los gobernantes han optado por exprimir a base de impuestos a los ciudadanos y a las empresas para poder seguir manteniendo este despilfarro, resultando, como era de esperar, en un desplome de la actividad económica y, por tanto, de la recaudación.

Existe un método infalible para terminar de un plumazo con el problema de la deuda: el déficit cero. Y sí, se puede sin subir impuestos. Es lógico que desde el Gobierno y la clase política se insista en que es imposible, pues es a ellos a quienes afectaría. Se pueden recortar más de 120.000 millones sólo en duplicidades, empresas públicas innecesarias, cargos nombrados a dedo, asesores inútiles y despilfarros de corte político. Y sin déficit descubriríamos que el problema con los salvajes Merkel y Draghi y el temible ataque de los mercados en realidad no era tal. Se habría esfumado como lo que es, una vulgar excusa para que no nos fijemos en el problema subyacente. Nos quitaríamos la venda de los ojos y veríamos la realidad. Que el BCE tiene prestados a la economía española alrededor del 45% de nuestro PIB, más que la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra a sus respectivos países, por ejemplo. O que Merkel lleva años concediendo rescates a los manirrotos periféricos con el dinero bien ahorrado por los alemanes. Vamos, que no es que nos estén asfixiando, precisamente. Pero sin duda el Gobierno y la clase política prefiere echar las culpas a un supuesto enemigo exterior antes de admitir que el problema son ellos mismos. Como muy bien suele decir Carlos Rodríguez Braun, "el mejor amigo del hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio". Y es que los grandes enemigos de la economía española no están fuera, conspirando contra nosotros. Se sientan en el Congreso de los Diputados.

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