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El fenómeno ‘woke’: cuando el capitalismo corrompe la sociedad

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Vivek Ramaswamy es un empresario de éxito, posiblemente millonario tras salir de la empresa farmacéutica que fundó (Roivant Inc.) para dedicarse en cuerpo, alma y dinero a luchar contra el fenómeno woke. Su lucha se ha traducido, de momento, en una candidatura a las primarias presidenciales del partido Republicano en los EEUU. Y también en un par de libros, uno de ellos Woke, Inc., que he leído recientemente.

Se trata de un ensayo muy, muy recomendable. Su lectura interesará a todos los defensores de la libertad, por la descripción teórica y empírica que hace de las nuevas formas en que está siendo atacada. Sinceramente, yo me esperaba un panfleto sensacionalista de pim-pam-pum al woke, no por ello exento de interés, pero me he encontrado algo mucho más profundo y que, por tanto, da más juego para la reflexión.

¿Pueden los ricos dictar la moral?

La gran pregunta de fondo que plantea el libro es la siguiente: ¿puede la gente que tiene el dinero fijar las normas morales de la sociedad? En otras palabras, ¿se puede utilizar el poder en el mercado para establecer reglas morales? Obsérvese que hay dos cuestiones implícitas, si atendemos a la ambigüedad del verbo, así que agotado el recurso retórico y por ser más riguroso, las desplegaré debidamente:

  • ¿Es posible utilizar el poder de mercado para establecer reglas morales?
  • ¿Es deseable o moralmente aceptable que los capitalistas con poder de mercado establezcan dichas reglas?

Para Ramaswamy, las respuestas son “Sí” y “No”, respectivamente. En cuanto a la primera pregunta, se puede constatar empíricamente que el capitalismo, el funcionamiento de mercado, contribuye a cambiar los valores sociales. El ejemplo usado por Ramaswamy es el de las castas en la India y cómo el sistema desapareció a efectos prácticos cuando se implantó el capitalismo. En suma, la influencia sociedad-mercado es bidireccional, tampoco podía ser de otra forma.

Aislar las instituciones del mercado

A la segunda pregunta, Ramaswamy responde con un sonoro “No”. Y propugna que los valores de la sociedad se han de definir con independencia del dinero, por procesos democráticos. Ello le lleva a elaborar un verdadero programa de propuestas para aislar las instituciones democráticas del mercado e impedir que éste interfiera con aquellas, propuestas que posiblemente constituyan la base de su programa electoral.

Ninguna de las anteriores preguntas me parece que sean fáciles de responder, y no estoy seguro de compartir las respuestas de Ramaswamy. Obsérvese que el análisis es independiente del fenómeno concreto, el fenómeno woke, en que las enmarca el autor.

Bruno Leoni y Friedrich A. Hayek

Los indicios que me hacen dudar de las respuestas que Ramaswamy son las apelaciones al poder de mercado, algo que no existe en un mercado libre, y a los mecanismos democráticos como forma de establecer los valores de la sociedad, algo en contradicción con el origen evolutivo de las normas que nos describen Leoni y Hayek.

Siguiendo a estos últimos, sabemos que las costumbres y los valores sociales no es algo que surja de instituciones democráticas como el Congreso de los EEUU. La existencia de normas y valores sociales es consustancial a las comunidades y precede con mucho la existencia de los Estados y los sistemas democráticos. Ello prueba que su conformación no exige ni necesita de una democracia.

El origen de dichas entidades es evolutivo: los individuos se van dotando paulatinamente de normas y valores conforme se suscitan conflictos entre ellos y para tratar de evitar que se reproduzcan una y otra vez. Esos usos y costumbres se aceptan implícitamente por la comunidad en cada nueva transacción. Y están sujetos a modificación conforme las necesidades y preferencias de la sociedad varían, sin requerir para ello procesos formales de validación externos a la sociedad que los utiliza.

Del derecho a los códigos

Es por ello que en la antigua Roma y hasta cierto punto en el derecho anglosajón, los jueces, ante un conflicto, más que juzgar basándose en unas leyes existentes, tenían que descubrir cómo se estaban resolviendo problemas similares en la comunidad, para aplicar una solución análoga al caso que se le presentaba. Para este descubrimiento contaban con la inestimable ayuda de los jurisconsultos y, posteriormente, de los llamados códigos, en que se recopilaban para el uso por el juez las soluciones que se venían dando a diversos conflictos. Todo esto lo cuenta Bruno Leoni en su libro La libertad y la ley. Es en una época posterior, posiblemente empezando con la Revolución Francesa, que unos cuantos iluminados representantes del pueblo se arrogan el poder de definir esas normas y valores.

Siguiendo el método de las construcciones imaginarias de Mises, ahora nos toca ver si en este escenario en que se describe, sucintamente, cómo aparecen las normas en una sociedad no intervenida, sería posible que alguien con poder de mercado, léase muchos recursos, alterara las normas contra los intereses del resto de la sociedad.

Normas y memética

En realidad, las normas no son más que un tipo concreto de “meme” y, como tal, están sujetas a la memética. La reproducción de memes tiene un coste y por tanto requiere recursos. En principio, quien disponga de muchos recursos podría, a base de reproducirlos, extender los memes de su preferencia en la comunidad. La cuestión es que si esas normas son contrarias a los intereses de los individuos integrantes, no será fácil que estos dediquen sus recursos propios a extender el meme así inoculado. Ello haría que la única forma de que el meme/norma se mantuviera en el tiempo fuera por la constante inyección de recursos para su mantenimiento por parte de la empresa con poder de mercado.

Dado que estas inversiones no le son rentables (en principio, no hay generación de ingresos por tratar de que una norma sea aceptada), tendería a perder los recursos así gastados, y en algún momento cesaría de promover el meme, por lo que éste a su vez tendería a desaparecer. En el medio plazo, por tanto, ninguna empresa, por mucho poder de mercado que tenga, parece capaz de alterar las normas de la sociedad contra el interés de esta misma. Así queda respondida, en el ámbito teórico de una sociedad no intervenida, la primera cuestión de Ramaswamy.

El papel del prestigio

¿Qué hay de la segunda? ¿Sería deseable que las empresas con poder de mercado impusieran dichos valores morales? No me atrevo a dar una respuesta contundente, pero sí querría compartir una primera aproximación al problema. En un mercado no intervenido, la única forma en que las empresas pueden conseguir “poder”, esto es, recursos, es mediante el servicio a los restantes individuos. En la medida en que anticipen correctamente las necesidades de los demás individuos y el valor que tienen para ellos, serán capaces de obtener mayor rentabilidad de los recursos que en ello inviertan. Si lo hacen de forma excepcional, acumularán una cantidad de recursos igualmente excepcional.

Estos individuos excepcionales en acertar con las necesidades de sus congéneres adquirirían lógicamente un gran prestigio, aparte de riquezas (prestigio y riquezas con los envidiosos atacan en nuestro país con todas sus fuerzas). Quizá por ello, la unión de recursos y prestigio, tendrían más fácil que sus propuestas de normas y valores fueran aceptadas por los demás; precisamente sobre la base de un desempeño excepcional acreditado. Nótese que este análisis es compatible con el anterior, puesto que entonces asumíamos que la norma promovida iba contra el interés de la sociedad, asunción que ahora no hacemos.

Woke Inc.

De ahí a qué dichas normas fueran deseables para la sociedad hay un gran trecho lógico que no me atrevo a saltar. Sí tiendo a creer que sus propuestas serían buenas y, desde luego, mejores que las que se obtienen de procesos democráticos en que cualquier mindungui, sin haber demostrado capacidad alguna para incrementar el bienestar social, puede definirlas.

Con esto, queda esbozada una posible respuesta teórica a las preguntas básicas planteadas en Woke Inc., una posible respuesta que es válida para una sociedad no intervenida. Obviamente, la sociedad estadounidense no es una son sociedad no intervenida, como no lo es casi ninguna del mundo. En todas, hay que convivir con el Estado. ¿Y qué pasa entonces con dichas respuestas?

Lo veremos. Bueno, de hecho, lo estamos viendo ya, pero yo lo contaré en otro artículo.

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